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Opinión

  • | 2016/06/23 09:57

    ¿Tiene soltura, mijito?

    La noticia del hallazgo de una variante genética de E coli poco amigable con los humanos y resistente a los antibióticos ha hecho sonar las alarmas del sistema de salud global.

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Así decía mi abuelita, en rolo, cuando de niños nos atacaba el “mal de estómago”, generalmente por comer exceso de mugre y no lavarnos las manos. Nos daba risa después cuando pedían que bailáramos así, con soltura, sin saber que la diarrea o enfermedad gastroinstestinal aguda era producida por una crisis ecológica en las tripas, un desarreglo total de la comunidad microbiana que nos habita y que en plena simbiosis, nos permite digerir la gigantesca variedad de nutrientes que los humanos hemos aprendido a consumir, adobados recientemente por colorantes, edulcorantes y conservantes de todo tipo. La inmensa capacidad adaptativa que ha permitido a nuestra especie colonizar el planeta entero en menos de 50.000 años se debe a su vez a la capacidad de las bacterias de colonizarnos y conectarnos con los alimentos propios de cada ecosistema: no es lo mismo vivir en una región andina a 4000 metros de altura que en las costas mediterráneas. Las bebidas o alimentos fermentados típicos de muchas regiones son un descubrimiento adaptativo que fomenta la estabilidad microbiológica de cada cultura local, por eso no es bueno exponerse a ellos en medio de un largo  trayecto de viaje. Pasar de una dieta a otra cuando viajamos implica normalmente un “shock” biogeográfico, es decir, un desplazamiento de las especies que componen las comunidades intestinales, bien sea paulatino o súbito: un colapso ambiental producto de la nostalgia ecosistémica.

Nuestro cuerpo acoge miles de tipos de bacterias gracias que las identifica o aprende a reconocerlas mediante el sistema inmune (en parte por comer mugre, precisamente). Sin embargo, cuando hay una variación muy grande en la genética de quienes nos colonizan, las rechazamos y expulsamos, o se convierten en fuente de problemas, incluso mortales. Uno de nuestros simbiontes más abundantes es la Escheria coli, una bacteria que viaja amablemente con la civilización desde que tenemos memoria intestinal (recordemos que las tripas son el segundo cerebro del cuerpo, por eso amamos y odiamos visceralmente…) y que como toda bacteria, tiene una gigantesca capacidad mutagénica, es decir, evolutiva. La noticia del hallazgo de una variante genética de E coli poco amigable con los humanos y resistente a los antibióticos ha hecho sonar las alarmas del sistema de salud global: nada está más interconectado en el planeta que la flora microbiana, pues sus genes son capaces de viajar por aire, tierra y agua expandiendo la nueva información de intestino en intestino con una facilidad asombrosa.

No sabemos si la modificación de la E coli es producto de la maduración planetaria acelerada en este Antropoceno por nuestra propia densidad de heces, proporcional al crecimiento poblacional, o por el CO2 incrementado por la industrialización, con un calor adicional que representa presiones adaptativas importantes a todos los organismos. Se anuncia ya que 2016 será el año más caliente de la historia de la humanidad, según todos los pronósticos, al tiempo que cierta evidencia reciente indica que nuestros sistemas inmunológicos están mostrando signos preocupantes de desequilibrio, manifiestos en un incremento no explicado de síndromes autoinmunes en las últimas dos décadas. En pocas palabras, nuestra evolución biológica no parece haberse estabilizado, como algunos académicos presumían hace cierto tiempo.

Lo paradójico es que, a pesar del consejo, ante este problema lo menos aconsejable es lavarse las manos…

*Directora Instituto Humboldt

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