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Opinión

  • | 2016/04/12 13:13

    Adaptación zombi

    En medio de la transición Niño-Niña, se impone la obligación de superar el modelo 70 del crecimiento como panacea y asumir los costos reales de la economía verde.

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En un momento lleno de esperanza un pequeño grupo de campesinos reunido a la vera de la vía que baja hacia Landázuri desde Vélez expresaba su alegría por el retorno al terruño. Gente que tuvo que abandonar su predio hace más de una década, había logrado regresar. Y con luz en el rostro decían “esto está todo nuevo, podemos volver a empezar”. Pero lo decían mirando al bosque, una selva andina de montaña mitad original, mitad rastrojo, en suelos verticales y  pantanosos que apenas si dan pancoger, pero que son el área de recarga de acuíferos de una gigantesca cuenca del Magdalena. En medio, centenares de espectaculares cavernas (algunas ya saqueadas) que cualquier país envidiaría como fuente de un programa de educación, recreación y turismo, seguramente más rentable que el hambre con dos vacas.

Esta semana ha sido pródiga en reflexiones acerca de la historia reciente, en medio de riesgo de apagones, vías por encima de humedales, dragado de ríos, hambre infantil. Todas ellas relativas a lo que antes se llamaba “subdesarrollo”. Pareciera que el atraso de 30, 40  o 50 años en infraestructura e institucionalidad, en su mayor parte debido al conflicto armado y la corrupción derivada (¿o es al revés?), debería solucionarse con un salto cualitativo, al menos hasta el presente. Un gesto revolucionario en sí mismo, sin duda, comparado con lo que proponen los candidatos republicanos made in USA o sus primos globalizados, pero completamente insuficiente: el desarrollo, sin sostenibilidad, ha demostrado ser un mito suicida. Démonos la oportunidad, al menos, de cometer errores distintos…

En medio de la transición Niño-Niña, que acecha, sin evidencia de ser aún síntoma de cambio climático, se impone la obligación de superar el modelo 70 del crecimiento como panacea y asumir los costos reales de la economía verde: porque si hay que desarrollar agroindustria, autopistas, represas o ciudades, que requieren minería a gran escala, hay que invertir proporcionalmente en infraestructura ecológica por fuera de las áreas protegidas, la mejor fuente de adaptación climática y ambiental. No hay cómo dejarla “para después, cuando superemos la crisis fiscal”, ni hacerla depender de una renta petrolera que va hacia la explotación de no convencionales, pues en esa senda no hay un después, como todas las ciencias contemporáneas tratan de mostrar; la verdad más incómoda. Sin un presupuesto adecuado para la innovación y para la gestión ambiental vinculada, sin una apuesta real por la sostenibilidad anclada en los acuerdos de La Habana, ese desarrollo solo nos llevará a un futuro zombi.

*Directora General Instituto Humboldt

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