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Opinión

  • | 2017/08/31 07:58

    Feminismo campesino

    Bienvenidas pues las nuevas mujeres campesinas, que no por ello están confinadas, a la construcción de un país más justo, más diverso, más gozoso.

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En días pasados se reunieron en Cantagallo cerca de 200 mujeres campesinas de todo el país para hablar de su historia, experiencia y sus proyecciones en el proceso de paz. La razón es simple, las heridas de la guerra se acumularon en la entraña de las familias rotas, del hambre de los hijos, de la doble victimización derivada de la violencia silenciosa que utilizando la ideología de género patriarcal justifica el abuso sexual como arma de guerra.

La respuesta, una búsqueda de sanación, de reconstrucción identitaria, de reposicionamiento en la sociedad; un proyecto político en el cual desean transitar con prudencia partiendo desde la intimidad, la necesidad de encontrar palabras propias y la voluntad de convertirse en agentes de paz a partir de la reflexión sobre el significado de ser mujer en el campo y en el postconflicto.

Paralelamente a ese encuentro, avanza una revolución dentro de las antiguas FARC, donde el empoderamiento armado de las combatientes, también sujeto a sus propios conflictos internos, se manifiesta con un cuestionamiento al rol de las mujeres tras la guerra, a su papel en los proyectos de desarrollo rural integral y reconciliación.

Pocas están dispuestas a ceder su autonomía, construida tras un arduo proceso que también comprometió sus cuerpos, los de los hijos y familias. Las mujeres farianas, como se identifica este segmento del nuevo movimiento político, traerán indudablemente muchas sorpresas a su propuesta política, pues el ideario de la ruralidad deberá ajustarse al feminismo del siglo 21: mujeres empoderadas, capaces de ocupar cualquier posición en la sociedad, que cuestionan y deciden con plena consciencia el tipo de familia y los roles que desean asumir o compartir en ella. Mujeres que no volverán a encerrarse en la cocina o “el hogar” nunca más.

Y también al tiempo, para mostrar que no se trata de un fenómeno aislado o ideológicamente sesgado, la Policía Metropolitana de Santa Marta convocaba a la ciudadanía a un encuentro contra la violencia hacia la mujer, resultado de más de tres años de trabajo académico y reflexivo acerca de la naturalidad absurda con la que el machismo caribeño define la sujeción sexual y los roles de la mujer en la sociedad, reflejados en unas estadísticas de feminicidio y violencia aún pobres pero alarmantes, ocultas tras los eventos de la guerra.

La construcción de la mujer colombiana, rural y urbana, refleja una revolución profunda en el pensamiento social que se verá cada vez más reflejada en el Estado de Derecho y en las prácticas cotidianas.

Un proceso que también debe ayudar a liberar a los hombres de su triste carga de imponer el orden a las patadas, un fenómeno para nada natural pero que muchas corrientes de pensamiento intentan justificar como la única fuente de legitimidad en la construcción de género y de las relaciones sexuales.

Para las personas LGBTI este movimiento de renovación representa también un ejercicio liberador, por cuanto la construcción de la nueva femineidad colombiana está basada en la diversidad, la solidaridad y el respeto, los únicos ingredientes que se necesitan para la convivencia creativa.

Pensar las categorías del bienestar desde la intimidad del cuerpo, el cuidado de los hijos, la calidad de la alimentación y el bienestar ambiental no es una prerrogativa de la mujer, pero se ha convertido en la mejor fuente de empoderamiento para todas las personas, pues se trata de reposicionar valores fundamentales de la sociedad. Bienvenidas pues las nuevas mujeres campesinas, que no por ello están confinadas, a la construcción de un país más justo, más diverso, más gozoso.


Brigitte Baptiste
Directora Instituto Humboldt

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