Sábado, 3 de diciembre de 2016

| 2016/06/07 15:17

Ir al Colegio Verde

Ahí siguen los conflictos en el territorio, más graves, más ingobernables…

Brigitte Baptiste. Foto: Juan Carlos Sierra-Revista SEMANA

Hace 30 años, cuando era estudiante de biología, costaba trabajo reunir para el pasaje y la comida que implicaba asistir a las impresionantes sesiones que se organizaban en Villa de Leyva, en el Claustro de San Francisco y que fueron parte seminal de lo que sería el movimiento ambiental colombiano. Y costaba, porque sabía que Margarita Marino de Botero, quien las organizó año tras año como una “escuela de verano” sudaba cada tiquete aéreo, cada fotocopia, cada noche de hotel requerida para atraer la pléyade de invitados que ofrecía su interpretación de la crisis ecológica a los privilegiados asistentes.

Conocí de lejos personas como Oswaldo Sunkel, Héctor Sejenovich, Héctor Alimonda y Mario Opazo (que se quedó), muchos de ellos miembros de la CEPAL, influenciados por las preguntas de fondo del modelo de desarrollo latinoamericano, que incluso aún no hablaba de biodiversidad, solo de recursos naturales. Los paneles y debates que moderaba el círculo de voluntarios del Colegio Verde eran de verdad impresionantes: jornadas continuas de diálogo abierto, mesas de trabajo, propuestas de política económica y social que incidirían años más tarde en la Constitución de 1991 y en la creación del Ministerio de Ambiente, y que entonces eran mucho más visionarias de lo que hoy se trata de hacer: la invención de los “Concejos Verdes” (con c) como mecanismo de gobernanza de todos los municipios colombianos fue precursora y tan genuinamente perturbadora del statu quo, que la clase política rápidamente reaccionó cortándole las alas y convirtiendo un ejercicio de democracia participativa formal en un remedo de institucionalidad paralela, sin ninguna capacidad de incidencia. Ahí siguen los conflictos en el territorio, más graves, más ingobernables…

Hoy agradezco a Margarita porque nos dejaba colar a sesiones que requerían largas caminadas nocturnas (no alcanzaba para hotel), a sus colaboradores y amigos que nos daban de comer y beber, a los maestros que la rodearon sin cobrar nunca un peso, por ese espacio fundamental en la historia de Colombia, que no empezó cuando crearon Google y bien puede no aparecer en la memoria oficial pero está vigente en quienes esta semana, brindamos por lo que hizo y sigue haciendo. Salud, por siempre.

* Directora Instituto Humboldt

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