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Opinión

  • | 2017/01/24 15:50

    Soporte vital

    En el Foro “Colombia 2017” que transcurre mientras escribo estas palabras, se plantean los principales retos para el país en medio del giro global hacia derechas nacionalistas, la estabilización de precios petroleros, los posconflictos, las reformas tributarias y jurídicas, el debate antitaurino entre muchos aspectos.

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Y surge la pregunta acerca de la relevancia de la gestión ambiental, que nunca se sabe si proviene de una especie de sentimiento moral que como gusano de la conciencia colectiva se instaló en la sociedad o es una preocupación de fondo acerca de la persistencia de lo humano en el planeta.

“Keep calm and carry on” sugería el analista económico JP Rathbone, indicando que toda predicción precisa está condenada ante la complejidad de los hechos, y que la mejor alternativa es la serenidad. Esta serenidad, en términos del devenir de los ecosistemas, representa la estabilidad y persistencia de procesos lentos que garantizan el funcionamiento de los sistemas de soporte vital en medio de las grandes transformaciones del paisaje debidos a la deforestación, las agriculturas depredadoras y las ganaderías erosivas, las actividades económicas insensibles a su conexión y la incapacidad de la sociedad de reconocer su dependencia de la diversidad biológica.

El Ministro Cárdenas planteó la necesidad de tomar decisiones duras de corto plazo con el fin de garantizar la salud económica de tiempos venideros. Igual ocurre con la ecología: si queremos existir en 50 años, hay que tomar decisiones impopulares, aparentemente en contravía. La inversión en estabilidad ecológica aún se ve como gasto, pese a la evidencia de que sin ella no tenemos como afrontar el cambio climático y sus efectos letales en la agricultura, la salud o la infraestructura.

Además, aún se confunde el mantenimiento (precario) de un sistema de áreas protegidas con la gestión de los sistemas de soporte vital: como si una economía sana estuviera representada por unas pocas empresas prósperas gracias a las gabelas de los sistemas legales y tributarios.

Mantener el crecimiento, sin sacrificar los sistemas de soporte vital y la meta de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, es indispensable. Colombia puede hacerlo si integra la biodiversidad a la planeación agropecuaria, que de hecho es el lugar donde nació, su casa natural, pues son los campesinos, pescadores, indígenas y empresarios del sector quienes administran día a día la complejidad física y biológica del territorio.

La regulación hídrica, de la fertilidad del suelo, de las contribuciones de los polinizadores y microorganismos, dependen del manejo adecuado de las poblaciones de plantas y animales en el paisaje, que a su vez es un resultado colateral del que depende el ecoturismo.

Para el 2017 entonces, garantizar la salud de los sistemas de soporte vital debe ser una prioridad tan importante como la construcción de las 4G, la sustitución de la minería ilegal o la expansión urbana e industrial.

No se trata de financiar una actividad superflua, postergable o coyuntural, sino una deuda de la política intersectorial para la cual la implementación de los acuerdos de paz traerá una oportunidad: necesitamos cimientos firmes en la construcción de la sostenibilidad del desarrollo rural.

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