Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2016/06/29 11:00

Ambiente para la paz y paz para el ambiente

La destrucción de los ecosistemas y el calentamiento global constituyen amenazas colectivas que ya empañan el horizonte de todas las partes comprometidas en el conflicto colombiano.

Brigitte Baptiste. Foto: Juan Carlos Sierra-Revista SEMANA

Si reconocemos que buena parte del conflicto armado en Colombia tiene raíces históricas en los modos de apropiación o producción de riqueza, entendemos que las maneras de ver e intervenir el territorio, con todo y sus condiciones ecológicas constituyen un elemento fundamental de la construcción de convivencia. Lamentablemente el mito de El Dorado nos dañó la cabeza hace siglos y muchos colombianos consideran que la única manera de disfrutar bien la vida es “enguacarse”, es decir, “ganársela fácil”.

La ausencia de valores de respeto hacia los bosques, los ríos, las ciénagas, las playas o las montañas, la fauna y la flora es solo comparable con la expectativa especulativa de la mina de oro o de esmeraldas, de arena o piedra, o inclusive la petrolera, que solo pueden manejarse con una institucionalidad tremendamente robusta o derivan en mafia. Indudablemente el país va en ese camino, pero aún se sienten los efectos de una historia extractivista que marcó la diferencia fundamental en el valor del trabajo como generador de riqueza. Por ese mismo motivo, la cultura del narco y todas las ilegalidades cuentan y descuentan, pues no hay justicia que valga cuando la mayoría prefiere “cortar camino” y buscar su comodidad al menor plazo, así el riesgo sea muy alto. Porque considerar el mundo y sus sistemas de soporte vital como premios de un gigantesco casino es la estrategia más estúpida que pueda concebir una cultura.

Pero la destrucción de los ecosistemas y el calentamiento global constituyen amenazas colectivas que ya empañan el horizonte de todas las partes comprometidas en el conflicto colombiano: es obvio que el plazo del colapso ambiental no permite justificar ya la “justicia económica y social” por las armas, pues la guerra acelera el deterioro y no queda nada por redistribuir. Recordemos además que el sistema solar más cercano, así sea tenga planetas más amigables con la vida, aún queda a varios años luz de distancia…

La paz, entendida como la capacidad de convivir en un territorio, implica acuerdos éticos acerca de la manera de construir riqueza o bienestar (no siempre son lo mismo) y los plazos lícitos para ello: la sostenibilidad parte de esta premisa de justicia ambiental, no cargar el deterioro causado por nuestras ambiciones en los hombros de nuestros hijos o nietos; mucho menos en los de los demás. Los ODS reconocen que sin integridad ecológica es imposible ofrecer a la sociedad alimento, agua, salud, mucho menos sentido de dignidad: por ello luchamos por construir una Tierra con unos mínimos vitales para todos y unos umbrales de transformación que nos permitan operar, a largo plazo, en un espacio de seguridad compartida. Y esta seguridad solo la pueden garantizar más y mejor gobierno, más y mejor institucionalidad; más y mejor justicia social.

Para Colombia la firma del fin del conflicto armado significa el principio del conflicto hablado, la búsqueda de nuevos acuerdos para habitar y compartir uno de los territorios más biodiversos y ricos en aguas e historias del planeta, un vividero inigualable si aceptamos aplicar nuestro ingenio al disfrute colectivo y generoso que aún nos ofrece la naturaleza pese a lo mal que la hemos tratado hasta el momento. ¡Apoyemos la firma de esta paz!

* Directora Instituto Humboldt

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