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Opinión

  • | 2011/12/07 00:00

    Brujas en el fútbol, que las hay las hay

    Terminaba la década de los ochentas. Las grandes mafias del narcotráfico campeaban, llenaban de terror al país -hacían y deshacían- y como no podía ser de otra forma, todo se veía reflejado en el fútbol.

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Terminaba la década de los ochentas. Las grandes mafias del narcotráfico campeaban, llenaban de terror al país -hacían y deshacían- y como no podía ser de otra forma, todo se veía reflejado en el fútbol.

Los peces chicos compraban, para su equipo, goles inexistentes ante el Pereira. Peces algo más grandes ganaban campeonatos gracias a penales por faltas a doce metros del área contra Santa Fe, o llevaban al equipo de sus amores al borde de la gloria continental en tres ocasiones consecutivas.

El pez más grande se dio incluso el lujo de saborear aquella gloria continental esquiva a los otros, aunque no con el equipo de sus amores sino con el de sus intereses. Todo porque, como tipo inteligente que era, se dio cuenta de que los tours en Toyota a los árbitros –por las calles de Medellín y Bogotá- resultaban más persuasivos que las meretrices en el hotel del equipo visitante.

Como todo acaba, el ensueño se rompió al poco tiempo con el secuestro de un árbitro, la muerte de otro y la suspensión del campeonato. Todo en un diciembre de 1989, en el que parecía que el fútbol profesional colombiano había tocado fondo.

Pasaron los años, los grandes capos cayeron, las grandes mafias llegaron incluso a transmutarse en Estado y gobernar, mientras todo en el país se hacía más sutil.

Sutileza que se refleja en hechos cotidianos, como que en pleno 2011, ya nadie en Colombia manda a recoger en helicóptero a la banda de mariachis, para llevarlos a una hacienda con grifos de oro y animales africanos, porque es más fácil irlos a ver a algún sitio en la esquina de la 116 con 19.

Tan sutil se ha vuelto todo que en el fútbol –para ser campeón- no hay necesidad de ensuciarse las manos secuestrando árbitros, tampoco matándolos, y ni siquiera sacándolos de paseo. Todo porque la Liga Postobón más que un torneo de fútbol parece de poker o de dominó, y a este paso se terminará resolviendo en un escritorio –el de la Comisión Disciplinaria de la Dimayor- y no en una cancha.

En el mismo escritorio de la Comisión Disciplinaria, en el que se decidió que un incómodo Pasto se fuera a la B hace un par de años -gracias a la quita de puntos por agresión a un juez en su estadio- las leyes matemáticas más básicas y los principios de derecho más elementales han pasado ahora a un segundo plano. Todo gracias a unas decisiones que si no fuera por lo sutil que éste país se ha vuelto, permitirían evocar, en el lector malicioso, los desenfrenados años ochenta.

Por citar los casos más recientes, no entiende uno, por mucho esfuerzo que haga –obvio, si uno tiene estructura mental enfocada en la legalidad- cómo en el Quindío-Nacional se resolvió quitar los puntos al primero, sin dárselos al segundo. No cabe en ninguna cabeza el hecho de que por un lado se esté admitiendo que la intervención de un técnico suspendido afectó el normal desarrollo del partido –lo que se evidencia en la quita de puntos- sin que se repare con los mismos puntos a su contraparte, presuntamente afectada por la infracción presentada.

Quizás a alguien no le convenía –podrá pensar el lector malicioso- que esos 3 puntos en cabeza de Nacional dejaran por fuera de los ocho a un tercero. Al fin y al cabo poco pataleo iban a hacer los dueños del equipo verde, quienes por un lado se deben consolar con haber ganado ya el título del primer semestre, y por el otro no iban a hacer mucha bulla, pues al fin y al cabo no van a poner en evidencia la vulgaridad de un torneo que ellos mismos están metiendo mucha plata. Matemáticas pocas. Derecho nulo. Dudas todas.

Si el lector malicioso, es además una persona decente, y por ende ajena a los intríngulis dirigenciales del fútbol colombiano, se devanará también los sesos tratando de entender, ya ni siquiera desde un punto de vista legal, sino apenas ético, la decisión tomada por la comisión de marras en relación con lo acontecido en Tunja el pasado sábado.

Tanta oscuridad, para lado y lado, deja atónito a cualquiera. Insinuaciones del presidente del Chicó sobre cambios en el informe por parte del árbitro, después de una reunión a puerta cerrada con el presidente del Junior. Incertidumbre absoluta sobre el elemento que causó la lesión al juez de línea, así como sobre el cómo y el quién lo lanzó, preguntas obvias que en el marco del debido proceso se hubieran debido tomar en cuenta, pero no en el mundo Dimayor.

Para colmo, y sin entrar a juzgar si había lugar o no a sanción o si debió o no haberse dado por terminado el partido, la cuasi salomónica medida de solo dar un solo punto al Junior sí que deja dudas. Tomada la decisión, correcta o incorrecta, de que la falta de garantías ameritaba terminar el partido, los tres puntos debieron haber ido a parar a Barranquilla, con transparencia, sin manto oscuro, con un criterio de igualdad, tal como en el caso de Pasto, cuando los tres puntos pasaron a manos de su rival. Nuevamente, matemáticas pocas. Derecho nulo. Dudas absolutas. ¿Ética?

En un país donde las cosas desaparecen sin explicación y ante la indiferencia general se robaron Bogotá y al parecer vendieron el Chocó, tal vez sea un detalle menor que la dichosa Comisión Disciplinaria haya resuelto desaparecer, a su extraña conveniencia, también los puntos en los partidos. Igual ya a nadie sorprende que la Dimayor, sus directivos y sus comisiones –así como sus siameses de la Federación- le hayan chupado al fútbol colombiano absolutamente todo, hasta su dignidad.

Hay que aceptar más bien, de una vez por todas, que -sutilmente- sin sangre y sin tiros, el fútbol colombiano en este diciembre de 2011 está nuevamente tocando fondo. Mejor no pensar que como en aquel de 1989, porque al fin y al cabo, en este país ya preferimos no creer en brujas.

Pero que las hay las hay.

P.D. Buen viaje al olimpo de los grandes, y ante todo de los buenos, Doctor Sócrates. Gracias por tanta magia.

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