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Opinión

  • | 2008/10/11 00:00

    Bush y Cabas

    No soporto este lastimero protocolo del primer mundo. ¿O alguno se imagina a Madonna cantando en la Casa de Nari ante Uribe, doña Lina y César Mauricio Velásquez?

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Entiendo que es fácil criticar al presidente Bush, pero al menos por esta vez me permito salir en su defensa. Porque alguien tiene que defender a esos pobres líderes mundiales que ya no pueden trabajar tranquilos por andar recibiendo niños vallenatos y demás representantes de nuestro folclor.

Lo digo por la presentación que hizo Cabas este jueves en la Casa Blanca, el mismo día en que Wall Street se hacía trizas y seguía en caída libre la economía gringa, despeñada en el vacío como no sucedía desde la recesión del 29.

Supongo que, en medio de tanta angustia, el Presidente debió despertarse, repasar su agenda y enterarse de que tenía que recibir a un músico colombiano.

—¿Otro? ¿Pero no acababan de venir unos que cantaban vallenato?

Sí, otro, Presidente: es por el día de la hispanidad. Un invento al que le agregaron este tipo de celebraciones hace poco: de lo contrario, Jimmy Carter habría tenido que aguantarse a Claudia de Colombia; Ronald Reagan a Raúl Santi, y Bush padre a Fausto o Los Carrangueros de Ráquira.

—Pero es que el mundo entero se está quebrando.

No importa, Presidente: otro.

De modo que el pobre Bush tuvo que sentarse en primera fila y oír Colombia tierra querida sin entender absolutamente nada, mientras rogaba mentalmente para que se acabara de una vez el concierto del ¿nicaragüense?, ¿boliviano?, ¿panameño?: en fin, del latino ese que tenía enfrente suyo, y que cantaba henchido de orgullo patrio una canción rara ante la cual él, como Presidente, tenía que mostrarse interesado, mover el pie con algo de ritmo y pedir repetición, “one more, one more”, mientras por dentro pensaba en la crisis.

Supongo que lo decía no tanto porque de verdad quisiera quedarse oyendo bullerengues en lugar de irse a trabajar, sino porque a estas alturas Bush ya debe saber lo que pasa con los colombianos después de que cantan en la Casa Blanca.
Me imagino a Ricardo Leyva, el mánager de Cabas, arrinconando a Laura Bush para rogarle ayuda con un lugar para hacer conciertos en Bogotá; al sonidista pidiendo una revista y fósforos para usar el baño; al bajista vendiéndole CD a la comitiva de Bush, y a los demás miembros de la banda gorreando trago para salir prendidos, y sacando en bolsas comida del buffet para ahorrar los viáticos.

Y no porque sean los músicos de Cabas, sino porque son colombianos. Y los colombianos somos así. Recuerdo hace unos meses lo que sucedió cuando Jorge Celedón se presentó allí mismo, en la Casa Blanca, y cantaba a grito herido “Ay, qué bonita que es la vida/ es bonita hasta la muerte/ con aguardiente y tequila”.

Que un presidente ex alcohólico como Bush no hablara español para entender semejante incitación a una mezcla de tragos tan bárbara ayudó a que el concierto no fuera peor: porque una vez terminó de cantar Celedón, y el Presidente gringo se subió a la tarima a saludarlo, a alguien se le ocurrió sacar una cámara digital para tomarles una foto y ahí fue Troya: se subieron siete primos, tres sobrinos y 12 amigos del cantante que querían salir en el retrato; casi hacen caer a Bush, a quien uno de ellos le ponía los dedos en forma de ‘V’ sobre la cabeza. Y sin mayor vergüenza el tipo que tenía la cámara le pidió a un miembro del servicio secreto que tomara la foto, para que él no se quedara sin salir.

Y no porque hayan sido los músicos de Celedón, sino porque eran colombianos. Y a mí me encanta ser colombiano, pero esta versión pálida y musical de colonialismo, en la cual cantar en la Casa Blanca despierta tanto orgullo en quienes interpretan las canciones, como pereza en quienes tienen que escucharlas, me produce una mezcla de ternura y tristeza dura de sobrellevar.

No soporto ese lastimero protocolo del Primer Mundo, lleno de conmiseración con los del Tercero, que nunca sucede al revés: ¿o alguno se imagina a Madonna cantando en la Casa de Nari ante Uribe, doña Lina y César Mauricio Velásquez?

Y tampoco soporto que por primera vez deba compadecer a un presidente gringo tan tonto como Bush. Pero lo hago ahora: lo duro de ser Bush es que mientras cae el Dow Jones y Wall Street se revienta, él tiene que recibir a un mechudo extraño, que canta una canción extraña, y hacer buena cara mientras dilapida unos minutos cruciales para salvar la economía del mundo entero. Nadie se ha puesto en sus zapatos. Me permito hacerlo ahora. Y aclarar que, en ese orden de ideas, el verdadero culpable de la crisis económica planetaria es el señor Andrés Cabas.
 
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