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Opinión

  • | 2008/03/08 00:00

    Cadáver exquisito

    Ahora tenemos un nuevo cuerpo, una nueva historia para el cadáver de un mito. La muerte de 'Raúl Reyes' no fue la fuga desesperada sino el exceso de confianza en su guarida.

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Hace casi 15 años Colombia celebraba la caída del más temible de sus bandidos. Descalzo, encima de un techo de teja, como un gato viejo moría Pablo Escobar en Medellín. Ethel Gilmour, una artista norteamericana hija adoptiva de Antioquia, se encargó del mejor de los retratos para el capo en desgracia. Un muñequito diminuto sobre un tejar inmenso y repetido.

Ver el cadáver de un mito del crimen será siempre una especie de revelación, una imagen necesaria para la curiosidad y la venganza colectivas. Sobre todo en este país lleno de deudas de sangre. Los policías levantan sus manos o ríen socarrones, intentando guardar la mueca del guasón para los cuarteles; los fisgones buscan una alhaja perdida, un despojo que los haga cómplices de la Historia. Por momentos la escena de triunfo y muerte nos hace pensar en una victoria deportiva. El éxito de un Estado que todavía debe cifrar su supervivencia en la mira de sus tiradores.

El entierro de Pablo Escobar demostró que los demonios pueden ser santos populares. La foto del capo boca abajo estaba en las primeras páginas y miles se fueron al cementerio para intentar tocar su cuerpo todavía con algunos poderes.

Unos años antes había sido la exhibición del cuerpo de Rodríguez Gacha, con la nariz destrozada por un tiro de fusil, encabezando la fila rigurosa de su cuadrilla, en una especie de macabra formación militar. Firmes y de cara al cielo. Al lado del mexicano estaba su hijo, como segundo al mando, y luego cinco hombres de su guardia de forajidos en estricto orden de estatura. Aunque Gacha cantaba rancheras no tenía la gracia de Pablo y su entierro fue más silencioso. El gobierno de entonces, por boca de Carlos Lemos como ministro de la política, se decidió por una frase del cajón del sastre o el zapatero: “La muerte de una persona no nos puede alegrar, pero en este caso se siente un gran alivio”. Y para que cerremos el mismo círculo de nuestros bandidos, nuestros triunfos y nuestras tragedias, digamos que el presidente de Estados Unidos en ese entonces, George Bush, encabezó la lista de las personalidades que felicitó a Colombia.

Ahora tenemos un nuevo cuerpo, una nueva historia para el cadáver de un mito. Reyes no cayó bajo las urgencias del amor filial que traicionaron a los dos grandes capos. Tampoco luce el aire de fiera acorralada que mostraron Gacha y Escobar, ese aire desvalido del combatiente con su última tropa incluidos hijos y compadres, disparando más para dejar constancia de su valor y su rabia que para buscar una victoria. Lo suyo no fue la fuga desesperada sino el exceso de confianza en su guarida. Sólo un ojo destrozado nos dice que su sueño será bien largo. Algún guerrillero con memoria lírica le podrá dedicar los versos de Rimbaud para el Soldado dormido: “Duerme entre los gladiolos y sueña junto al río… Duerme en medio del sol con la mano en el pecho / inmóvil. Ya no aspira su nariz el perfume. / Tiene dos manchas rojas su costado derecho.” Pero Reyes no deja mucho espacio para los arrebatos poéticos en su epitafio. A cambio luce el escudo de la risa macabra de Marulanda sobre la panza y la palabra paz como prueba del último cinismo.
Ahora como en un chiste viejo, el cuerpo de Reyes lo reclaman una supuesta esposa, una supuesta secta amorosa y un supuesto abogado. Que entre el diablo y escoja.





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