Lunes, 5 de diciembre de 2016

| 2008/10/18 00:00

Cadenas de oro

Sólo faltó que un miembro de sus comités de apoyo hubiera salido a denunciar que a Íngrid le habían robado el premio Nobel de Paz

Cadenas de oro

El viernes 10 de octubre, cuando la Academia sueca anunció que el nuevo premio Nobel de Paz era para el ex presidente Finlandés Martti Ahtisaari, un reconocido y veterano mediador de paz en conflictos como el de Kosovo, los comités de apoyo de Íngrid Betancourt reaccionaron con una declaración de guerra muy poco apropiada para una ceremonia en la que la paz es la gran convidada.

Lejos de felicitar a Ahtisaari, como se estila en estos casos, el comunicado cuestionó a la Academia por haberlo escogido. “Estamos muy decepcionados”, fueron sus palabras. Y como si esto no fuera suficiente, dieron a entender que Íngrid estaba muy por encima del ex presidente finlandés, a quien se le consideró como un mediador de paz de poca monta, “muy lejos de Mandela o del Dalai Lama”. Si el comunicado no hubiera sido firmado por Olivier Roubi, el presidente de la Federación Internacional de los Comités de Apoyo a Íngrid Betancourt (Ficib), y quien se ha convertido prácticamente en su jefe de prensa desde su llegada a París, Íngrid habría podido separarse de éstas y otras embarradas cometidas por sus comités de apoyo.

Sin embargo, a estas alturas le va quedar difícil decir que todas estas descachadas son culpa de su jefe de prensa. Tanto el comunicado enviado a los medios franceses invitándolos a una rueda de prensa en la que ella daría su discurso de aceptación del premio en un lujoso hotel, como el que enviaron a la prensa bajo embargo, en el que explicaban las razones por las cuales este galardón le había sido entregado, son dos episodios garciamarquianos que dejan muy mal parados a Íngrid y compañía.
Sólo faltó que un miembro de esos comités de apoyo hubiera salido a denunciar que a ella le habían robado el premio Nobel de la Paz, como sucede con las candidatas colombianas en el concurso de Miss Universo –que siempre quedan de finalistas, pero sospechosamente nunca ganan–.

Lo cierto es que por cuenta de esas descachadas, esa misma prensa que ayer la catapultó como ícono de la resistencia y de la indignidad del secuestro, hoy ha empezado a criticarla no sólo por su falta de decoro en este episodio, sino por su fascinación por el poder y por los poderosos –a Íngrid sólo se le ha visto fotografiada con presidentes de Estado y con el Papa–, una imagen que resulta contradictoria con el mensaje de paz y reconciliación que da no sólo en sus discursos, sino en sus apresurados comunicados. En ellos se dice por ejemplo que “Íngrid Betancourt, encarna hoy el drama internacional de los rehenes”, pero en la realidad cada vez es más difícil explicar por qué una persona que representa semejante drama escoge para dar sus ruedas de prensa costosos hoteles de cinco estrellas.

Este episodio podría ser hasta pintoresco de no ser porque de por medio están las vidas de los demás secuestrados que se están pudriendo en la selva colombiana y a quienes ella y otros liberados prometieron no olvidar. Yo confieso que siempre he sido bastante crítica de estos comités pro Íngrid y hasta hoy considero que fue a pesar de éstos, no gracias a ellos, que Íngrid y otros de los cautivos por las Farc consiguieron su libertad. A Íngrid no la liberaron sus comités, sino el presidente Uribe. Y ese proceso que terminó en la Operación Jaque lo inició, no el comité de Íngrid sino una mujer colombiana, esposa de uno de los secuestrados y cuya historia aún no ha sido contada: me refiero a Ángela de Pérez, esposa de Luis Eladio Pérez. Desesperada de tantos desencantos y de tantos maltratos –José Obdulio le dijo un día que los secuestrados eran pacientes terminales– y viendo que las cosas no se movían por la vía de la familia de Íngrid, una vía que para las demás familias de los secuestrados siempre fue bastante lejana, Ángela decidió replantear el esquema y tocar otras puertas en compañía de varios de los familiares de secuestrados. Ese camino la condujo hasta donde el presidente Chávez. Y fue tal su empeño, que consiguió que el presidente Uribe lo aceptara como facilitador, lo cual permitió la liberación de los primeros secuestrados, entre ellos su propio marido. Hoy todo el mundo sabe que fue por estas liberaciones –y ahora sabemos que también la de los norteamericanos– que el Ejército colombiano pudo concebir la Operación Jaque. Por eso resulta bastante irónico que sean esos comités de Íngrid los que invoquen ser los grandes adalides en la liberación de los secuestrados en Colombia, cuando en realidad poco hicieron en ese proceso.

A pesar de estos nefastos comités de apoyo, yo sí pensé que una vez liberada, Íngrid iba a retomar la antorcha dejada por Ángela de Pérez. Al menos eso creí cuando la vi salir del avión convertida en otra mujer, una mujer que se veía cambiada por el dolor y que decía estar comprometida en buscar la liberación de los que se quedaron. Hoy no estoy tan segura de que eso siga siendo cierto. La Íngrid que se ve revoloteando entre poderosos, que no quiere volver a Colombia, parece presa de otras cadenas. Ghandi decía que “los grilletes de oro son mucho peores que los de hierro”. Ojalá me equivoque.
 

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