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Opinión

  • | 2001/02/12 00:00

    Calidad de exportación

    Somos capaces de producir de todo, pero sobre todo cosas que sirvan para disfrazar la droga

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Donald Rumsfeld, el nuevo secretario de Defensa de los Estados Unidos, acaba de explicar ante el Senado de su país que la importancia de Colombia como exportadora de drogas ilícitas no es tan grande como le habían hecho creer al doctor Andrés Pastrana. “Yo estoy convencido —dijo Rumsfeld: y es el primer funcionario público norteamericano de cierta categoría que reconoce la evidencia— de que el problema de la droga es en gran parte un problema de demanda, y si la demanda persiste la droga encontrará la manera de llegar. Si no es de Colombia será de otra parte”. Evidencia, ya digo. El tráfico de drogas ilícitas no existe porque haya campesinos en el Putumayo que las siembren, ni narcos que las exporten: sino porque en los Estados Unidos y en Europa hay millones de consumidores decididos a adquirirlas a cualquier precio. Pero como ya es cosa decidida, y en buena parte financiada, que los cultivos de Colombia se acaben por las buenas o por las malas, el negocio se irá, como dice Rumsfeld, a “otra parte”. Y lo perderá Colombia. Tanto para su bien —quizás se acaben las mafias, aunque están demasiado hondamente enquistadas, quizás se acaben incluso las guerrillas, aunque me asombraría— como para su mal: nos quedaremos sin el único producto de exportación tropical que tiene rentabilidad en el mercado mundial. Ya nos pasó con la quina. La corteza de ese árbol, que se usaba para tratar el paludismo y la malaria y fue esencial durante dos o tres siglos para garantizar que los cardenales romanos no se murieran de fiebres durante los cónclaves para elegir Papa en la Roma infestada de mosquitos de los pantanos pontinos, dejó de exportarla Colombia cuando los químicos de los laboratorios alemanes descubrieron la manera de sintetizar la quinina. Ya nos pasó con el bálsamo de Tolú, un expectorante natural sustituido por todos los antigripales de las multinacionales farmacéuticas norteamericanas. Ya nos pasó con el caucho, que las empresas madereras inglesas se llevaron del Caquetá para sembrarlo en Malasia y acabó siendo reemplazado por los plásticos. Del auge del caucho sólo nos quedó La Vorágine de José Eustasio Rivera. De la quina y el bálsamo, ni eso. De las drogas de ahora, sólo la corrupción de este país hasta los tuétanos. Pero, cabe preguntarles a nuestros gobiernos plagados de economistas graduados en las mejores universidades del mundo, ¿por qué Colombia no exporta sino eso? Postres: café, cacao, banano, azúcar. O drogas: quina, marihuana, cocaína. ¿Es que no somos capaces de producir nada distinto? Sí somos capaces. Leo en el periódico de hace cuatro o cinco días que decomisaron en el aeropuerto 12 kilos de cocaína “camuflados en una manguera recubierta por 250 metros de soga para alpinismo”. Luego, además de cocaína, somos capaces de producir mangueras recubiertas de soga para alpinismo. Lo cual implica una sofisticación tecnológica ante la cual palidecen inclusive hazañas industriales tan notables como la del astillero de submarinos de Facatativá o la del laboratorio químico, descubierto también hace unos pocos días, que producía en Pasto toneladas de medicamentos a base de cemento, boñiga y tinturas vegetales para teñir tapetes artesanales de fique. Somos capaces de producir de todo, digo, pero sólo usamos esa capacidad para producir cosas que sirvan para disfrazar una exportación de droga. Postes de concreto: sí, pero huecos. Pañales desechables para bebés: sí, pero rellenos de heroína. Cocos: sí, pero con su carne y su leche sustituidas por pasta de coca. Computadores: sí, pero con las tripas electrónicas forradas de látex de amapola. Aceites pesados para motores de avión: sí, pero sólo para que su olor disfrace ante los perros de los aeropuertos el aroma de la marihuana. Frutas: pero en cada semilla lustrosa de papaya va un gránulo de cocaína. Libros: la doble pasta de cartón oculta un doble fondo. Peceras de una lámina transparente que parece metacrilato pero que en realidad está hecha de heroína prensada: y los peces ornamentales que van dentro tienen en la vejiga bolsitas de cocaína. Implantes de cirugía plástica para tetas y nalgas: pero no son de colágeno, sino de… sí: de cocaína. Producimos de todo. Dátiles. Pájaros tropicales disecados. Niños muertos. Ataúdes de maderas preciosas. Zapatos de tacón. Cuadros y esculturas. Proyectiles balísticos con cabeza de uranio empobrecido, pero ahuecados en la punta. Porque todo lo que producimos va vaciado y relleno. ¿Empanadas? Sí, también. Y submarinos. Y ahora eso se nos acaba, porque el nuevo secretario de Defensa de los Estados Unidos anuncia que su país va a empezar a importar las drogas de “otra parte” distinta de Colombia. Qué lástima. Bueno, nos queda el consuelo de que Colombia sigue siendo el primer exportador de dólares falsificados del mundo, que se imprimen en pequeñas imprentas de garaje de Duitama, de Neiva o de Magangué. Son dólares más perfectos que los que garantiza la mismísima Reserva Federal de los Estados Unidos; y nosotros, según ella, fabricamos el 80 por ciento de los que circulan por el mundo. Y, como sin duda todos mis lectores saben, los billetes de dólar se utilizan para esnifar cocaína.
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