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Opinión

  • | 2010/12/11 00:00

    Calmando a José Obdulio

    Caminaba de un lado a otro de su apartamento de intelectual: casi tumba las porcelanas de Lladró y los cuadros de Gordillo.

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Soy lo que soy gracias a José Obdulio, mi gran tutor intelectual. Antes de conocerlo no sabía quién era Goebbels y ni siquiera había oído a Richard Clayderman. No sabía nada de nada. Era un ignorante.

Hasta que, como en la antigua Grecia, irrumpió en mi vida José Obdulio, mi maestro, cuya luz iluminó también a Ernesto Yamhure, a Saúl Hernández y tantos otros discípulos afortunados. Recuerdo que nos juntábamos en un jardín de Palacio, al aire libre. José Obdulio aparecía desnudo, apenas envuelto en una sábana y con una ramita de palma de cera sobre la oreja, para imitar a Platón. Decía que le gustaba Platón, que le recordaba la tradición de lavado que había en su familia.

Por eso, tan pronto salió el jueves pasado un cable de WikiLeaks según el cual el general Óscar Naranjo le habría dicho al embajador gringo que José Obdulio estaba implicado en el caso de las 'chuzadas', me pareció que debía visitar a mi maestro. Pobre. Ahora todos lo persiguen. Colombia es un país lleno de parásitos.

Estaba descontrolado: caminaba de un lado a otro, aceleradamente, entre las innumerables obras de arte de su apartamento de intelectual. Por poco tumba las porcelanas de Lladró y los cuadros de Gordillo: esos cuadros con unos gamines tan realistas que algunos sonaron para ocupar cargos oficiales en el gobierno pasado.

-¡Hola, maestro! -lo saludé emocionado.

-¡Vamos a defender un gobierno de varones! -comenzó a gritar fuera de control. ¡A luchar contra la bigornia! ¡Levantemos el fervor uribista!

-Tranquilo, tranquilo -le dije, y me fui acercando con cautela, para neutralizarlo.

-¡Traidores! ¡Canallas! ¡Pirobos! -aullaba desquiciado.

Logré llegar a su lado y lo abracé repentina y decididamente. Entonces el maestro se desvaneció en mis brazos y se deshizo en llanto mientras yo lo llevaba contra mi pecho para consolarlo.

-Ya, ya -susurré, mientras le peinaba las hebras de la calva-. Ya pasó todo.

De su boca salían unos hondos espasmos de llanto que no solo me partían el alma, sino que, sobre todo, me ensuciaban la camisa. Ah, suspiraba para mis adentros, no queda nada de ese maestro arrogante que cabeceaba con destreza los huevos que le lanzaban los estudiantes.

-¡Naranjo es un traidor! -balbució entre pucheros-. ¡Peligroso mantenerlo en el entorno!

-Sí, maestro -le dije por seguirle la cuerda, mientras continuaba apretándolo contra mi tórax-: ¿hacemos que aparezca en Ocaña vestido de guerrillero? ¿Nos creerán?

-¡Ah, bigornia maldita! ¡Todos me persiguen: Jojoy, Santos, Naranjo! ¿Cómo sobreviví?

-Ya, minino, ya -lo consolé como si fuera un gatito indefenso-. Ya pasó. Tranquilo.

Me conmovía. Estoy seguro de que los uribistas más agresivos lo son porque crecieron sin cariño. Sus padres los regañaban en público; los obligaban a sacar las manos del bolsillo, no solo para evitar conductas de mala educación, sino para que cupieran más cosas en su interior.

Así debió ser con José Obdulio, que castañeteaba en mis brazos.

-No todo está perdido -le dije con cariño-. Está Panamá. Allá se van a adaptar rápido. Hay caballos. A Martinelli también le gustan los negocios. Y no hay sombreros aguadeños, pero está el famoso Panamá hat, que es muy bonito.

-¡Somos varones! -reaccionó repentinamente-. ¡El presidente Uribe es un varón!

-Tanto que tiene tres huevos -lo calmé.

Le puse el concierto de Luis Cobos que siempre lo relajaba, pero no sirvió de nada. Estaba ido.

-¡Somos gente intachable! -gritó nuevamente inquieto.

-Sí -le concedí-, sobre todo en el tarjetón.

-¡Fernando Londoño, Rito Alejo, todos tenía razón! ¡Malnacido Naranjo! ¡Canalla! ¡Garbimba!

-Tranquilo, maestro, que la gente no es boba y sabe a quién creerle: si a un egregio filósofo de la montaña, como usted, o a ese aparecido general de cuatro soles.

-Pero que ladren -continuó sin oírme-: ladran, luego cabalgamos.

-No, maestro: ladran, luego es 'el Pincher'. Voy a abrirle la puerta.

Efectivamente era 'el Pincher'; tan pronto lo vio, a José Obdulio se le encharcaron los ojos:

-Somos varones, pero huye, Andrés Felipe, vete antes de que a ti también te persigan los sabuesos.

No era un mal consejo: parece que el Inpec está consiguiendo ya no un brazalete, sino un collar electrónico, por si acaso.

Acurrucado en el piso, José Obdulio se balanceaba hacia delante y hacia atrás con la mirada perdida en un punto fijo. Tiritaba. Entonces decidí llamar a la Clínica Monserrat, para pedir una ambulancia.

-Un gobierno de varones -repetía entre dientes.

-Ya, ya, minino, no más con eso -me senté a su lado.

-Soy varón, soy varón -temblaba contra mi pecho.

-Sí, sí, minino, ya.

Cuando los enfermeros ingresaron, yo mismo ayudé a ponerle la camisa de fuerza.

No fue fácil conseguir cupo en la clínica. Tuvieron que anticipar la salida de Noemí para disponer de un cuarto. A ella, previamente, la valoró un psiquiatra, lo cual fue bueno: a estas alturas de su carrera política, la única persona que puede valorar a Noemí es un psiquiatra.

En el forcejeo por sacar a José Obdulio, los enfermeros tumbaron la porcelana de un payaso que llora, en una triste alegoría de la situación. Una vez dejé instalado al maestro en el hospital, me fui a la casa y lavé la camisa. Y en honor a él, la lavé en un platón.
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