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Opinión

  • | 2012/06/12 00:00

    Camilo Durán

    Sobre ese ser humano, dueño de las travesuras escolares más divertidas, osadas y creativas es que me detengo hoy sin haberlo olvidado nunca.

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Enfrentar la inesperada ausencia de Camilo es una cosa más para la que no me preparé, por ello, en un alarde de estúpida honestidad empiezo así estas líneas que, si sigo siendo honesto, son más para mí que para él. Dicen que unos segundos antes de morir, se nos aparece la película final de los acontecimientos ocurridos en el tiempo que, para bien o para mal, hemos permanecido sobre este anacrónico planeta. Aun no aparece mi película y en cambio he tenido que ver muchas más de las que hubiera querido sobre las vidas de familiares, amigos y seres admirables.

Hoy, cuando se descorre el telón para ver inexorablemente la de Camilo, me sorprende y me emociona hasta las lágrimas el derroche de gracia, de cariño, de generosidad, de humor… inteligencia, sabiduría, espíritu crítico… les juro que podría extenderme en esta lista; que enmarca y adorna la vida de quien fue mucho, mucho más que el hombre público que hoy despiden los compañeros y oyentes de Caracol y algunos corredores de bolsa.

Sobre ese ser humano, dueño de las travesuras escolares más divertidas, osadas y creativas es que me detengo hoy sin haberlo olvidado nunca. Gané un año cuando la vida me depositó al lado de Julio, su hermano, y de Camilo; porque hoy entiendo que a diferencia de lo que muchos puedan creer, no perdemos años de colegio si la coyuntura nos ubica al lado de quienes serán definitivos en nuestra existencia. Durán no era el único… era el mayor y eso le confirió una especie de paternidad y de regencia entre sus compañeros de colegio que nadie le cuestionó jamás; por su don de gentes y porque nunca fue ni quiso ser más que nadie.

Fui beneficiado con una amistad muy especial, diluida apenas porque la vida traza caminos distintos a los seres pero no por otra forma de distanciamiento, recuperada sin embargo en años recientes al compartir en casas contiguas labores periodísticas y amigos comunes que hoy, como yo, tienen que empezar a aprender a vivir sin su existencia terrenal. Camilo me mostró las honduras poéticas de la Bossa Nova desde sus vinilos de Vinicius, de Jobim, de Gilberto y de Jorge Ben; con Camilo jugamos king en el estudio entrañable de su casa de la calle 93 con carrera 11 y con Camilo cantamos en una tuna, lamentable como todas, que se transportaba en las madrugadas en una van de propiedad de su familia; de esas noches parte el acervo enorme y afortunado de estupideces que aun hoy nos matan de la risa. La generosidad de sus padres regaló a sus hijos y por añadidura a todos sus compañeros de colegio la mejor parranda vallenata que se haya vivido en Bogotá al culminar el bachillerato, la mejor porque era la nuestra y de ella quedó para siempre ese “gran amigo” con que Jorge Oñate se había coronado rey. Con Camilo nos acercamos a las filosofías críticas de Jaume Perich, tratando de inventar las propias con la urgente necesidad de ser, alguna vez, medianamente inteligentes.

Tengo claro que muchos somos, hoy, lo que empezamos a ser con Camilo. Tengo claro también que esos mismos y algunos más ya lo estamos extrañando de una manera insoportable, porque con él la vida era más inteligente y más graciosa. Es triste el final de la película de Camilo porque termina sin él… de repente y sin aviso. A Michín, su mamá; A Luisa Fernanda Lafaurie, a sus dos hijos, a Julio, Vicente, Pablo, Francisco; a sus tres hermanas María, Rosario y Silvia mi cariño y toda mi compañía. Y a él, si lo tuviera en frente, le diría… no puede dejarnos así, ¡eso no se hace!

 
Junio 9 del 2012.
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