Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 2016/08/11 12:50

Pelea de hermanas

El paro camionero dejó varias agresiones contra la prensa. La protesta no tiene por qué terminar generando un clima desfavorable contra los periodistas. Protesta y libertad de prensa son hermanas.

Camilo Vallejo Giraldo. Foto: Semana.com

La foto fue tomada desde al aire. Enfoca hacia abajo alguna de las vías de Boyacá y sobre el pavimento se ve un aviso inmenso de letras blancas y mayúsculas. Dice: “¡RCN FUERA NO GRATOS! BOYACÁ”. Apareció en medio del pasado paro de camioneros. Representa de alguna forma una tensión equivocada que en Colombia se ha venido abriendo paso en los últimos meses: una contienda trágica entre dos derechos hermanados por la libertad de expresión, el derecho a la protesta y el derecho a la libertad de prensa.

Durante 45 días, los camioneros hicieron valer su derecho a la protesta. Le exigieron al gobierno mientras manifestaban, se movilizaban y bloqueaban algunas carreteras del país. Sin embargo, en algunas regiones, cuando los periodistas llegaban al lugar de los hechos eran agredidos por los manifestantes y eran expulsados a la fuerza de la escena de la noticia.

Yezid López, de RCN Radio, y Albeiro Giraldo, camarógrafo de CM&, fueron agredidos verbal y físicamente en Manizales por algunos camioneros, incluso al segundo le dañaron sus equipos. Días más tarde, en la misma ciudad, a Andrea Cardona de Caracol Radio los manifestantes le intentaron arrebatar su grabadora. En Bogotá, Javier Jules, de RCN Radio, tuvo que irse de las cercanías del Ministerio de Transporte porque los transportadores le arrojaron cáscaras de fruta. María Camila Orozco, de CM&, y Juan Jacobo Castellanos, de Caracol Noticias, se fueron de Duitama cuando los camioneros les exigieron salir, después de intentar cubrir el funeral del manifestante asesinado en los enfrentamientos con el ESMAD. En alguno de los últimos días del paro, a Alexei Castaño de Caracol Radio lo obligaron, a punta de agresiones, a borrar el material que había grabado.

La verdad no fue bueno el balance del paro camionero en términos de libertad de prensa. Lo más triste, que es lo que nos debe llevar a la reflexión, es que los agresores fueron los mismos manifestantes, los camioneros, los ciudadanos que protestaban. Pareciera no ser suficiente con que el Estado sea ya un constante agresor de los periodistas durante las protestas (a través de la Policía Nacional y el ESMAD). Ahora los manifestantes se han convertido en otro foco de riesgo para los que quieren informar y opinar. Lo peor es que se nos está volviendo normal y recurrente, pues también durante el paro organizado por la Cumbre Agraria, en mayo de este año, 8 periodistas fueron agredidos de diferentes maneras por los manifestantes.

Criticar a los medios de comunicación y a los periodistas puede ser una actitud deseable en una democracia, donde los ciudadanos deliberan con los medios, los increpan, les exigen, no les pasan lo que sea. Sin embargo, cuando la reacción ciudadana contra los medios va más allá de la crítica y pasa al “¡FUERA!”, a la exclusión, a la estigmatización, a la restricción ilegal, a la agresión, todo comienza a tener cara de censura.

Pero peor aún, con todo esto se empieza a generar un ambiente que no es favorable para el ejercicio de informar e informarse. Si lo que empieza como crítica termina desconociendo al periodista como un valor para la pluralidad y la democracia, de alguna forma se motiva un clima en el que se vuelve justificable la violencia contra la prensa. Y ese clima termina haciendo parecer que agredir a un periodista es un tema menor, incluso nos hace creer que es razonable, por “tendenciosos”, por “comprados”, por “amigos del Gobierno”, por “mediocres”, simplemente por no hablar como nos gustaría que hablara, y así hasta que la vida del periodista o su actividad no valgan mayor cosa.

La posición de los ciudadanos, incluso cuando protestan, debe ser la contraria: que ese clima desfavorable para la prensa no aparezca. Criticar los medios, si se quiere, pero reconocer su oficio y su derecho y su valor para la sociedad. Porque justo en ese mal clima para los periodistas es cuando aparecen, ahora sí, los verdaderos victimarios tradicionales, como los grupos criminales y los funcionarios del Estado que violentan a los reporteros de manera impune y con motivos supuestamente razonables. Sería una tragedia que la protesta, que no es más que otra cara de la libertad de expresión, se consolidara como un foco de desconocimiento y exclusión del periodismo y la libertad de prensa.

Si este nuevo país de la paz debe madurar para que la protesta sea cada más fuerte y reconocida, también la protesta tendrá que madurar para que se entiendan dos cosas: primero, que siempre que se proteste por temas de interés público podrán aparecer periodistas con el derecho a informar y opinar; segundo, que los periodistas no aparecerán con un deber de apoyar o impulsar la protesta, sino con la posibilidad de opinar distinto e informar incluso aquello que los manifestantes no quieren que se diga. Que la protesta y la libertad de prensa vuelvan a ser hermanas.

*Coordinador de Defensa y Atención a Periodistas. Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP) - @CamiloVallejoG

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