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Opinión

  • | 2015/08/20 10:17

    La paz y un periodismo sin fuerza

    Para el país no es un secreto que los periodistas van a contarnos el posconflicto. Tampoco es un secreto que el éxito de la paz depende de cómo nos la cuenten en noticias.

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Somos tan conscientes de eso, que desde que comenzaron los diálogos en La Habana estamos llenos de reflexiones sobre el papel de los periodistas en el fin de la guerra.

Ahora bien, es correcto reflexionar sobre los contenidos informativos que los reporteros deberán producir en la época de paz. Pero es igual de pertinente pensar sobre la fuerza y la capacidad que ellos tendrán en esta labor. Veamos.

En cualquier lugar se fomenta la reflexión sobre “la importancia de los medios en la construcción de escenarios de paz”. En todas se unen para discutir cuál debe ser el periodismo que narrará la transición del conflicto al posconflicto. Todos están pensando en el contenido de lo que se debe informar, cómo escribirlo, cómo tratar los temas delicados, cómo agarrar las cosas por el lado que no explotan.

Sobre los contenidos que deben presentar los periodistas hay que tener claro que la misión de los periodistas no es conseguir la paz, primero es la de informar (así lo explicó hace poco Miguel Ángel Bastenier). Ahora bien, cosa distinta es que se construyan noticias que respeten la paz como deber y derecho de los colombianos, o que desde la veracidad y, sobre todo, desde la imparcialidad que le corresponde a todo periodista, se cambien las prácticas que antes pudieron llevar a la profundización de los discursos de la guerra.

En el marco del posconflicto, los contenidos periodísticos serán trascendentales al menos en dos niveles: para la reconstrucción de la memoria y para el posicionamiento simbólico de las víctimas.
En el primer caso, el periodista actúa como alguien que resalta lo que no puede olvidarse. En este caso es útil la lectura de Aleida Assmann, quien diferencia la “memoria de almacenamiento” de la “memoria funcional”. Si se viera a la memoria colectiva como un gran cúmulo de relatos y de datos, que es incomprensible en su totalidad (memoria de almacenamiento), el periodismo  rescata aquello que se debe salvar del olvido, aquello que es suficiente para reconstruir el pasado que se quiere hacer valer en el presente (memoria funcional), y de esa manera no repetirlo, transformarnos.

En el segundo caso, los medios son los que tienen la posibilidad de que el posconflicto se construya a partir de las víctimas. Son ellos los que pueden trata construir vectores de información y de memoria en los que se rescaten las formas de vida de los campesinos, de las mujeres, de los indígenas, de las comunidades afro. No se trata de que solo se informe sobre víctimas, o sobre sus versiones, se trata de mostrarlas menos como gente que llora o se lamenta, y presentarlas más como ciudadanos con discursos autónomos y propositivos. (Un buen estudio lo hizo el CITpax junto a la Pontificia Universidad Javeriana, en el libro “El lugar de las víctimas en Colombia”).

Hasta aquí sobre los contenidos periodísticos para el posconflicto. Lo que poco nos hemos preguntado es si los medios y los periodistas tienen la fuerza para asumir este rol en la transición. Hablamos de cómo deben escribir los periodistas como si con ellos no hubiera ocurrido nada durante este tiempo de violencia. Por ratos no vemos que la guerra también pasó por las cabinas de radio y por las imprentas.
Además, paralelo a la guerra, o como consecuencia, se ha asentado una dinámica de mercado que le da a algunos medios, como los nacionales, unos privilegios excesivos, mientras los medios regionales y comunitarios siguen adelante con serios problemas de gestión.

Al no pensar en la capacidad de los periodistas para el posconflicto, pasamos por alto que en las regiones el tejido comunicativo está gravemente herido. Tenemos un periodismo sin fuerza. Emisoras comunitarias cerradas, a punto de cerrar, o simplemente inexistentes. Pueblos que solo pueden oír emisoras militares. Ciudades sin periódicos que se publiquen con recurrencia. Medios controlados por la pauta oficial. Medios mendigando la pauta comercial. Periodistas con ingresos infames, sin ingresos.
Como si fuera poco, los reporteros viven con miedo, autocensurados. A veces no parece, pero es solo porque se acostumbraron. Hay regiones con temas vedados o temas que los medios no se atreven a tocar porque se les puede ir la vida con eso: las violaciones derechos humanos, la corrupción administrativa, la alianza entre partidos políticos y criminales. ¿Es posible contar el posconflicto sin que los periodistas puedan hablar de eso?

Quizás estamos con la fe puesta en que el posconflicto desparecerá estas dificultades de los periodistas del país. Quizás estamos perdiendo de vista que el periodismo, en sí mismo, necesita una transición hacia la paz, y no solo en el lenguaje y los cubrimientos, también en su capacidad para informar.

Si se dice que los medios deberían promover una información para la paz, también necesitan una transformación en el modo como ha operado su mercado. Si se dice que los periodistas deberían facilitar lenguajes y discursos de reconciliación, necesitan primero ser reparados. Solo si le devolvemos la fuerza a los periodistas, tendremos una plataforma sólida para contar y representar el posconflicto, las víctimas y la memoria.

Entre bambalinas: Sobre este tema de la reparación a periodistas, escribiré en una próxima oportunidad.

*Abogado y periodista. Asesor legal de la Fundación para la Libertad de Prensa.
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