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Opinión

  • | 2017/03/17 09:37

    Falsos profetas

    Con tan poco interés por la verdad y tanto amor por la hipérbole, va a ser difícil dilucidar qué pasó realmente en la campaña del 2010.

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Horas después de que el presidente Juan Manuel Santos negó conocer sobre el aporte financiero de Odebrecht a su campaña del 2010, pulularon sondeos como la sección Sí o No de RCN Televisión y el Opinómetro, que preguntaban a los colombianos qué tanto le creían al primer mandatario. En el primero, apenas el 9 % de los 15.000 participantes le dio el beneficio de la duda a Santos. En el segundo, el 10 %. Curiosamente, esa cifra de crédulos es incluso menor que sus encuestas de favorabilidad. En otras palabras, sólo la base más santista está dispuesta a ver las pruebas antes de emitir un juicio de valor.

No es un fenómeno criollo. Vivimos en un mundo donde pesa cada vez más lo que creo antes que cualquier evidencia. Así ocurre en el Estados Unidos de Donald Trump. Sus seguidores confían tanto en él, que hasta son capaces de ignorar uno o más de sus sentidos (entre ellos el común). Trump ha insistido en que más personas asistieron a su inauguración que a la de Barack Obama. Las fotos y las imágenes dicen otra cosa. Es evidente que fue muy superior la afluencia del público de su predecesor. Menos para Trump y sus simpatizantes. El Washington Post hizo un muestreo a 1.388 estadounidenses donde les preguntó en cuál foto había más gente. El 15 % de los trumpistas compartieron la percepción equivocada del hoy mandatario.

En Colombia, la polarización entre uribistas y antiuribistas nos está llevando por el mismo camino de la irracionalidad. Para la muestra dos ejemplos, uno de cada bando:
El sábado 11 de febrero el presidente Santos conversó telefónicamente con su homólogo estadounidense, Donald Trump. Al finalizar la llamada, como es común, la Presidencia de la República emitió un comunicado sobre el diálogo entre los dos mandatarios. Apenas el lunes por la noche la Casa Blanca divulgó su resumen de lo hablado. En el intervalo de  48 horas y de manera creciente, circuló por redes (Twitter, whatsapp) la versión de que Santos estaba mintiendo. Que la tal conversación no existió. Quedé atónito: a nadie se le ocurriría inventarse semejante embuste. Violaría la confianza entre dos países aliados y un sinnúmero de protocolos diplomáticos. Pero tuvo credibilidad entre dirigentes uribistas como el director del Centro Democrático Fernando Londoño Hoyos, quien difundió, sin titubear, la fábula en su programa La Hora de la Verdad. Y muchos oyentes le siguieron el juego.
Los antifuribistas tampoco se salvan. Circula por internet, desde mediados del 2014, una foto del expresidente Álvaro Uribe comiendo a campo abierto. Al fondo está el entonces ministro de Defensa, Camilo Ospina. Sería insignificante si no fuera porque al exfuncionario lo confunden en redes sociales con un sanguinario jefe paramilitar. La imagen aparece frecuentemente en los twitters de columnistas, izquierdistas y otros críticos, con la frase “Uribe en Ralito… al fondo el narco paramilitar Ramón Isaza”. Se ha desmentido múltiples veces y nada. Es tanto el convencimiento en un sector de los presuntos vínculos del exmandatario con las autodefensas, que, como los simpatizantes de Trump, parecen incapaces de aceptar su error. Confirman la frase sabia de  George Orwell: “Ver lo que está en frente de su nariz requiere de una lucha constante”.

En este ambiente general, donde prima la desinformación antes que el interés por la verdad, no va a ser fácil dilucidar qué pasó realmente en la campaña del 2010. Los primeros indicios no son alentadores. Es como si no tuviéramos memoria. Todo se analiza desde el sesgo de marzo del 2017. Hechos irrefutables pasan inadvertidos o minimizados. En las elecciones del 2010, Santos y Uribe eran como mellizos siameses. El primero garantizaba la continuidad del legado del segundo. Esa era la promesa y por algo varios funcionarios de Uribe II trabajaron en la administración de Santos I. No les queda nada bien a uribistas rasgarse hoy las vestiduras ni a los santistas ignorar sus relaciones pasadas.

Tampoco es serio el comunicado del partido Alianza Verde donde se alega que con los dos millones de afiches “le tumbaron las elecciones”.  Cuando al candidato de uno lo doblan en la primera vuelta (46 % a 21 %) y casi lo triplican en la segunda (9 millones a 3,6 millones), es preferible evitar la hipérbole.

Hablando de hipérbole, equiparar la donación de la que fuera una de las empresas insignes de América Latina con los millones de dólares del cartel de Cali a la campaña de Ernesto Samper me recuerda la tendencia del periodismo gringo de ponerle “gate” a cada escándalo. Puede ser vendedor, pero refleja una falta de análisis y rigor, cada vez más necesarios en este mundo de noticias falsas. Y más en la Colombia de hoy.
 
En Twitter  Fonzi65

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