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Opinión

  • | 1988/04/18 00:00

    CAMPEON MUNDIAL DE LA LOTERIA

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Cuando yo vivía en Barranquilla, con una camisola de algodón, el pelo a la espalda y unas sandalias de misionero, era ligeramente vago, un poco trabajador, totalmente alegre y plenamente feliz. Tenía para mi disfrute el sol más blanco del mundo, un carro de guarapo de tamarindo en la Plaza de San Nicolás, caribañolas doradas y los racimos de caviar de mojarra que venden en las playas de Puerto Salgar.
De noche, cuando terminábamos de trabajar sin camisa para cerrar la primera página del periódico, nos reuníamos en las terrazas de "El Mediterráneo" a comer filete y cebollas sazonadas con miel. Los griegos preparaban helado de guanabana con el mismo sabor que tenía la ambrosía de sus dioses en las montañas olímpicas.
Cuando se marchaban los demás comensales, y los perros empezaban a ladrar en el vecindario, sacábamos la lotería de figuritas para jugar a veinte centavos el cartón. El jefe de aquella parranda nocturna era "Bombillo", un mesero que había nacido en Honda pero que, con el paso de los años, llegó a convertirse en uno de los costeños más auténticos que he visto en mi vida.
Lo mejor de la lotería no eran los pesos que uno pudiera ganarse, y que servían para redondear el desmedrado sueldo y cancelar los vales del restaurante, sino el espectáculo incomparable de "Bombillo" cantando las figuras que salían de la bolsa de tela. Tenía una metáfora para describir cada dibujo, una alegoría, un lenguaje cifrado, una especie de germania que en los caminos prodigiosos de las tierras caribes sólo entendemos los que nos hemos gastado media existencia jugando lotería, desentrañando sus secretos y tratando de adivinar las nuevas definiciones.
Cuando " Bombillo" alzaba el cartón a la altura de sus ojos, para verlo claramente a la luz de esa luna barranquillera que es radiante y azul, exclamaba como si estuviera recitando: "La que templaba Gardel para cantarse sus tangos". Nosotros comprendíamos de inmediato que acababa de salir la guitarra. "El que muere en la carretera por cruzarse donde no debe" era un sapo verde y gordo pintado con tiza. Los sapos, humanos o anima!es, tienen la costumbre de meterse donde nadie los ha llamado, y "Bombillo", que era filósofo como todo mesero que se respete, lo sabía sin lugar a equivocarse.
Pero si el arte de cantar la lotería de figuritas era un alarde de imaginación y de talento creativo, era todavía más complejo hacerlo con la lotería de números. Mujeres, hombres y vagos se congregaban en los comedores de esas casas solariegas del Sinú, las sabanas de Bolívar o los barrios de Cartagena, a mitigar la modorra de las dos de la tarde jugando lotería mientras el sol crepitaba como granos de maiz sobre el techo de zinc.
Todo el mundo alerta. Ojo a que no hagan trampa. Que nadie marque con una uña de garfio las fichas de madera. Y el grito del pregonero, la voz que estalla en el caldo pegajoso de la sofocación:
Seisén, Titipán y Mucura:
tierra de mucho llover,
donde los niños de teta
solicitan por mujer...
Los tres nombres con que empezaba la estrofa correspondian a tres islas del archipiélago de San Bernardo, situado frente a Tolú. ¿Y qué diablos tiene que ver eso con la lotería de números? se preguntarán ustedes, con toda razón. Nada. Y ahí es donde está la gracia. La verdad sencilla es que la palabra "Seisén" se parece a la pronunciación del número 6. Asi era como cantaban la aparición del 6. Pero, después de tantos años, todavía me pregunto si los niños de esas tierras eran tan apasionados como para andar buscando mujer con malas intenciones cuando aún no habían destetado.
"Los patos en la laguna sin esperanza ninguna" significaba que habia salido el 22. No hay nada que se parezca más a un pato que un número 2 bien pintado. "Septiembre, el mes del carángano", era el número 7. El carángano era una plaga, una especie de grillo, que asolaba las cosechas por los lados de Corozal.
Me haría interminable. Pero es que acabo de recibir una carta, desde San Juan de Nepomuceno, en la cual el Comité Organizador del Primer Campeonato Mundial de la Lotería de Números me nombra jurado en su concurso. Acepto ir, ni más faltaba, pero no en calidad de juez sino de participante. El mayor orgullo de mi vida es haber sido el rey del canto de lotería durante tres años en San Bernardo del Viento. Nadie me ganaba inventando definiciones Me contrataban en fiestas y julepes. La gente pagaba su boleta para oírme pregonar. Hasta que llegó la niña Carmita Behaine, que se pasaba el día entero entrenando a solas en su dormitorio, y me venció tras una competencia de tres días con sus noches.
Desde entonces, apabullado por la verguenza, me fui del pueblo, exiliado por la deshonra, y me hice periodista para ganarme la vida. Me hice periodista, precisamente, porque no sabía hacer nada más. Solamente cantar la lotería: tristeza me da el cantar... Sin cola son los sapos y sin cola Dios te ve: cómo tendrán los talones los que llegaron a pie... Las canillas de las Padilla... Palo parao...
En fin. Búsquenme la lengua para que ustedes vean. Téngase niña Carmita, porque estoy pensando en regresar por mi título. Y ahí sí: hasta que llovio en Riohacha...
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