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Opinión

  • | 2017/06/08 07:58

    El ruido de las candidaturas alternativas

    La incógnita de las candidaturas alternativas es que no se sabe a ciencia cierta si son parte del régimen o alternativa al régimen.

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La sátira que circula en las redes sociales en las que aparece el expresidente Álvaro Uribe ofreciendo a través de un megáfono toda suerte de cachivaches, ropa, ungüentos y comida callejera (Vea Uribe vendiendo cachivaches) es, je je je, la mejor representación del momento político colombiano: una miscelánea de personajes que aspiran a hacerse con el sillón presidencial situado en Bogotá. Colombia es una región geográfica de Latinoamérica en la que las dos formaciones políticas tradicionales (liberal y conservadora) desaparecieron como tales, y las nuevas se entretienen en pequeñeces electorales.

En sentido estricto Colombia no es un Estado. Es un gobierno central con extensos espacios territoriales ocupados por poderes de facto que imponen las reglas que mejor se ajustan a sus negocios. Esto nunca lo han reconocido las empresas oligárquico-electorales que han gobernado a Colombia, máxime en los últimos lustros en los que han encontrado en la gente comandada por «Tirofijo», el arquetipo de chivo expiatorio para justificar su incompetencia. La rebelión negra en el Andén Pacífico, la huelga general de maestros y otras revueltas ciudadanas que parecen tomar forma en Colombia son la nueva realidad, una bomba de relojería que parece estallar en la cara de la élite pro-elite que aspira a seguir gobernando en 2018.

Los selfies alrededor de unos platos sin viandas y copas vacías, las rabietas, lo mismo que los melancólicos trinos de Twitter dados a conocer por la interminable lista de candidaturas alternativas, no parecen interpretar los reclamos de la mayoría social de Colombia que se expresa en un lenguaje menos trascendental. La incógnita de las candidaturas alternativas es que no se sabe a ciencia cierta qué son: parte del régimen o alternativa al régimen. No sé hasta qué punto las ambigüedades son útiles en un país en el que la mayoría social está en rebeldía, protestando en la calle contra las políticas hechas por una minoría de comediantes que ocupan las curules en el Congreso. El Congreso es la institución más desacreditada de Colombia, como quedó demostrado en el vergonzoso affaire de Saúl Cruz, un mentiroso funcionario del Senado que comercia con los votos de los «honorables congresistas» a la manera de los mercachifles y se pasea por el Capitolio con el mismo desparpajo que lo hace por la cocina de su casa.

Los candidatos del régimen, así como la mayoría de los aspirantes alternativos se guían por unas encuestas cuyos indicadores sitúan el tema de la implementación de los acuerdos de paz en un lugar subalterno. Nada más falso. Colombia es un lugar en los que la mayoría del electorado lo hace por una cara. Por la cara de un líder que descifre las emociones momentáneas de la gente. Los que votan por unas ideas son la minoría. Con las minorías no se ganan elecciones. Lo escribo por enésima vez: la mayoría de colombianos elegirá caras, no programas. Otra cosa es que, elegida la cara, esa mismísima cara sacuda los cimientos de la sociedad con un programa a favor de la mayoría social de Colombia o gobierne para una minoría como ha sucedido en cien años.

Por capricho de unos magistrados de la Corte, la implementación de los acuerdos de paz quedó en manos de la clase política, no en manos de los mecanismos tripartitos creados para el efecto. Esto significa que en Colombia habrá un proceso de Desarme, Desmovilización y Reintegración (DDR) de la guerrilla, pero no un proceso de paz. Un proceso de paz es mucho más que un DDR. Es una lastima que cuatro años de diálogo social se vayan por las alcantarillas. Sin embargo, no soy pesimista, habrá una solución a la colombiana: a trompicones y chambonadas. Como se hacen las cosas en Colombia desde el año 1 de la República.

En política, como en el fútbol, no hay que salir a pelear todos los balones. Pero un balón en la área propia, tal como la implementación de los acuerdos de paz, hay que pelearlo con pies y cabeza a riesgo de encajar un gol. Lo peor es encajar un autogol. Es lo que están haciendo algunos de los que integran la interminable lista de candidaturas alternativas. Puede que el inmediatismo, la mala cara y la chicanería no les permita a estos amigos divisar en el horizonte el peligro que significa para Colombia la transformación de la violencia. Cuando hay posibilidades de alterar para bien el rumbo del país mediante la implementación de los acuerdos de paz, optan por la frivolidad y el ruido. El ruido se lo lleva el viento. Hasta es posible que en los meses que vienen aparezca un tipo haciendo muchísimo ruido y pulverice al resto de candidaturas.

En resumen. La cosa se pone jodida en el mundo alternativo si todos quieren ser presidentes. Más jodida aún si las llamadas candidaturas alternativas le muestran los taches a la nueva agrupación política derivada de la transición de la guerrilla. Rejodida la vaina si retrocedemos 1.111 pasos por cuenta de una derrota en toda línea en 2018. Luego queda el consuelo de los candidatos alternativos derrotados que, al igual que Dorian Gray, querrán achacarle la culpa al diablo de su envejecimiento. ¡Fuiste tú, compañero Dorian Gray, quien pactó con el diablo!

Yezid Arteta Dávila
* Escritor y analista político
En Twitter: @Yezid_Ar_D
Blog: En el puente: a las seis es la cita

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