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Opinión

  • | 1987/12/14 00:00

    CANTO AL POETA NEGRETE

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Hace ya muchos años -muchos más de los que quisiera recordar este viejo y triste corazón- conoci en San Bernardo del Viento al primer poeta de qué tuve noticia; Se llamaba Humberto Negrete. Era un hombre fornido y huraño, usaba unas abarcas de cuero cimarrón, se tocaba la cabeza cuadrada con un sombrero de concha y vivía encorvado bajo el peso de su mochila de fique. Tenía la mandíbula angulosa.
Negrete se ganaba la vida, durante la semana, con un alambique clandestino que tenia escondido en las afueras del pueblo, a la orilla del río, y se escapaba nadando, corriente arriba, cada vez que la policía le practicaba un allanamiento. Producía un ron sin destilar que se llamaba tapa - de tusa. Con tres tragos de ese aguarrás entre pecho y espalda, en los días de fiestas patronales, la gente era capaz de torear cuatro cebúes juntos en la corraleja.
El aguardiente de Negrete tenía otras aplicaciones distintas a las corporales. Las mujeres lo usaban para ablandar la carne cecina, que llevaba cuatro días oreándose al sol, colgada de los alambres de los patios. Mi compadre Peinado, que era el plomero del pueblo, lo utilizaba exitosamente para destupir cañerías y pelar alambres eléctricos.
Pero cuando despuntaba el sábado, con su franela nueva, los vecinos veían pasar a Negrete, silencioso como siempre, camino de Lorica, abriéndose camino entre la maleza con un foete de guayacán. En la tipografía de Zapata, con los residuos de papel que quedaban de los carteles mortuorios, le imprimian sus poemas: historias de velorios y casamientos, noticias de nacimientos, chismes de la aldea, llantos por las mujeres esquivas, relatos de leyendas perdidas.
Al día siguiente, como era domingo de mercado, Negrete llenaba su mochila con los volantes y se iba en romería por los pueblos del Bajo Sinú, madrugando con las garzas: San Antero, Gallinazo, Trementíno, Cotoca, Cotorra, la plaza de Cereté.
Se subía a un banquito de madera, en medio del gentío que vendía cosecha y compraba mercancía, y con su vozarrón de trueno leía sus versos. La muchedumbre campesina lo escuchaba con la devoción que suscitan los profetas. Después, atontado por los aplausos, saludaba modestamente con el sombrero y repartía las hojas a cinco centavos cada una. Los labriegos pobres las compraban para pegarlas en las paredes del rancho, al lado del Corazón de Jesús. Tuve una colección completa de los poemas de Negrete, hasta hace un par de años, en que algún ladrón se alzó con ellas sin saber el daño que le estaba haciendo a mi alma.
Me he acordado de Negrete porque esta semana, en el Centro de Convenciones de Bogotá, un puñado de locos sin oficio hemos decidido reunirnos para decirle a la poesia que ahora tiene la palabra. Que queremos rescatar esa vieja tradición según la cual este es un país de buenos y malos poetas. Que deseamos hacerlo antes de que los hambres malos terminen por quitarnos lo último que nos queda: ese verso que ondea, como una bandera, en el espíritu de cada colombiano.
Le hemos pedido a la gente, a través de los medios de comunicación, que elija el mejor verso de Colombia. Antonio Panesso, que es tan perspicaz y sarcástico, ha escrito que hubiera sido más fácil seleccionar nuestros peores versos. De eso se trata: de ponerle un poco de canto y alegria a esta vida que nos está agobiando, de revolver el oro con la escoria, de mezclar lo que vale la pena con la estrofa de barriada, Flórez y De Greiff Juntos, el Túerto López con las melodías de carrilera.
Yo voto en esta página, públicamente, por mis dos poetas favoritos. El uno es un viejo amigo que trabaja en la Administración de Impuestos Nacionales. Nadie lo conoce. Pero su caso me estremece las entrañas porque se necesita tener perrenque en el alma para escribir un verso de amor entre dos declaraciones de renta. O para corregir una endecha al lado del número de identificación tributaria de una compañía limitada. Por esa misma razón, el poeta Carlos Martín, el piedracelista de la llánura, dice que el más hermoso verso castellano lo escribió un tendero de Villavicencio, que estaba cambiando de negocio y puso en su puerta este letrero: "Liquidación total de la existencia" Si éso no es existencialismo, que Bretón se vaya para la mierda.
Y el otro es, naturalmente, el poeta Negrete. ¿O acaso hay algo más poético en esta vida que fabricar ron de contrabando el lunes y vender versos de pueblo en pueblo los domingos? Eso era, más o menos, lo que hacia Villón en París. La semejanza que hay entre San Bernardo del Viento y París es la misma que hay entre Villón y el viejo Negrete. Es la poesía...
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