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Opinión

  • | 1984/06/11 00:00

    CAPERUCITA Y EL COMPUTADOR

    Los cuentos de hadas también han resistido las embestidas de la evolución

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Por culpa de una cosita recién nacida a la que hay que cambiarle los pañales en los cortos intervalos que dejan sus principales aficiones --dormir y comer--, esta columna se mantuvo durante dos meses en licencia de maternidad.
De regreso a las tablas, y con unas ganas enormes de desempolvar las teclas de la máquina de escribir, desperezar el cerebro y ahuyentar los espiritus del ocio, me veo en la obligación de afirmar que un hijo es la cosa más maravillosa del mundo, especialmente en los raticos en los que está despierto y deja de llorar.
Se llama Juan. Con escasos dos meses de existencia, esta minúscula personita que observa atentamente el mundo con una frescura envidiable, ha escrito el capítulo más profundo de los que he leído en mi vida contra la falacia de la igualdad de sexos, llevándome a comprobar en carne propia que una mujer puede ser igual a un hombre hasta el día en el que acepta que la contraten como madre.
Largas noches de insomnio --no precisamente voluntario--, me han permitido recoger muy serios argumentos en contra de la tan cacareada sabiduría de la naturaleza. Una de las principales quejas que quisiera tramitar ante la secretaria del sindicato de madres es la relacionada con el hecho de que, por más de que lo haya diseñado la naturaleza, el parto es un invento a medio inventar, y francamente no entiendo cómo las mujeres jamás le hemos exigido a la ciencia que haga algo para que el sistema con el que están acostumbrados a venir los niños al mundo ingrese en la era del computador.
Junto con el mecanismo del parto, los cuentos de hadas también parecen haber resistido las más tenaces embestidas de la evolución de la humanidad. La Bella Durmiente continua dormida, Blanca Nieves sigue fiel a los siete enanitos, el Gato con Botas no se decide todavía a montar una zapatería, y Caperucita Roja insiste en visitar periódicamente a su abuelita, a pesar de que el lobo sigue comiéndoselas a ambas, y el cazador liberándolas de las tripas del lobo para obligarlas a vivir felices para siempre.
Pero quizás en torno al purismo de los cuentos de hadas estamos pasadas las madres del mundo de constituir un frente unido, por el propio bien de nuestros hijos. Recientemente en la Universidad de Princeton, en EE.UU. --el Estado norteamericano destina una parte del presupuesto nacional para que lops gringos se entretengan en pendejadas semejantes--, un grupo de intelectuales se reunió con el propósito específico de trascendentalizar el cuento de Caperucita Roja, y las conclusiones no pudieron ser más descorazonadoras.
Casi todos los presentes concluyeron que la historia de Caperucita era una evocación del sexo y de la violencia. Para muchos el lobo representaba el macho predatorio, el demonio, el peligro que encierra este perro mundo. A Caperucita la acusaron de haber propiciado su propia violación, y a la caperuza roja la asociaron con las artes de la brujería, cuando no afirmaron que simbolizaba la menstruación, agravada esta interpretación con la de que el celo con el que Caperucita cuidaba el contenido de su pequeña canasta de comestibles era una transposición del cuidado que le inculcan las madres a las hijas, en el sentido de conservar la virginidad.
Alguien se atrevió a decir que el cuento de Caperucita Roja trataba de mostrar el sexo como un acto canibalístico destinado a crear en la audiencia infantil femenina odio y prejuicios contra los hombres. Pero el colmo fue el de un arquitecto, asistente al simposio, que afirmó jocosamente que el problema más grave de la historia de Caperucita no era de origen freudiano, ni feminista, ni literario, sino una simple falla de diseño: la debilidad del cerrojo de la casa de la abuelita.
¿Con estas interpretaciones de los cuentos de hadas, quién puede temerle a la vida real?
Pero el verdadero problema de los bebés de esta década es que debajo del brazo no traen un pan, sino un programa de computador.
Y si agarran a la mamá aferrada a la teoría de que no hay necesidad de estudiar cibernética hoy si se puede estudiar mañana, los grandes problemas generacionales de esta década no consistirán en que los hijos tendrán madres incomprensivas sino analfabetas.
El pequeño Juan, con toda su minúscula humanidad, me ha obligado entonces a repasar el cuento original de Caperucita y a ajustar los ingresos familiares para comprar un computador. Ahora, en las largas noches en vela, le he tomado un aprecio especial al lobo y he aprendido a recitar de memoria el ABC del "Basic", pero en medialengua. Juan simplemente me mira, con sus grandes ojos ingenuos, en los que con la absoluta objetividad de una madre --que es quizás la más respetable de las objetividades--, presiento la futura Presencia de un ser que tendra de Einstein, de Gandhi y de Michael Jackson todo lo que ellos mismos fueron y además todo que les faltó para llegar a lo que hubieran querido ser.--
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