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Opinión

  • | 1992/02/10 00:00

    CARACAS II

    Y ASI, EN CALZONCILLOS, VOLVEMOS NUEVAMENTE A SENTARNOS A LA MESA DE CONVERSACIONES DE CARACAS.

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FRENTE A CIERTOS TEMAS, LOS COLOMbianos somos extrañamente contradictorios. No hay duda de que este es uno de esos momentos en que la arremetida guerrillera tiene al país indignado y ansiando la mano dura del ejército. Pero, simultáneamente, la encuesta de SEMANA indica que el 72.3% de esos mismos colombianos que se la pasan pidiendo bala en privado, en las salas de sus casas, a la hora de las encuestas son partidarios del diálogo con la guerrilla. Por eso el Gobierno, que no es ajeno para nada a las corrientes de opinión, como lo demostró a la hora de discutir la extradición, se ha comprometido, casi que incondicionalmente, con mantener la estrategia del diálogo.

La pregunta es cómo. Resulta irónica, para comenzar, que cuando más cerca se está de reanudar las conversaciones en Caracas, como es el momento actual, más interesada se muestre la guerrilla en hacer ostentación de su capacidad terrorista y su dominio militar. Dicho en otras palabras, para la Coordinadora es claro que para llegar a Caracas con una posición política fuerte tiene que salir de Colombia con una posición militar fuerte. Lo que me preocupa no es tanto que sentarse a dialogar con los guerrilleros suponga una violenta antesala, porque aunque pueda sonar absurdo. tiene su lógica. Me preocupa más bien que aparentemente el Estado ha perdido su capacidad de reacción, y que ya no hace diferencia que la guerrilla actúe o descanse, porque de todas maneras la actitud del Gobierno está condenada a ser la misma: sostener su disposición al diálogo.

De esta manera, mientras la guerrilla se fortalece, desplegando su capacidad ofensiva, el Gobierno se debilita exhibiendo su incapacidad defensiva. Y mientras el chantaje de la guerrilla incluye la amenaza de volar oleoductos, puentes, carreteras, patrullas militares, puestos de policía o atentar contra la población civil y secuestrar alcaldes, la única herramienta de chantaje del Gobierno es el diálogo de Caracas, con lo que la guerrilla sabe que es el propio Estado el primero que pierde.

Nuestra posición en un momento tan crucial como este, no habría sido tan débil si el Gobierno no hubiera cometido la gravísima equivocación de tomarse a Casa Verde. Antes de eso, la amenaza de realizar este operativo no sólo constituía una útil herramienta de chantaje institucional, sino que permitía mantener frente a la capacidad ofensiva y defensiva de nuestro ejército, una útil incógnita. Esta, desgraciadamente, le quedó despejada a la guerrilla, y para mal, cuando nuestros soldados entraron en Casa Verde sin haber logrado capturar a un solo guerrillero. De esta manera en lugar de que la toma de Casa Verde se hubiera convertido en una acción de recuperación de la soberanía del Estado se convirtió en una patética exhibición de debilidad. Como quien dice, ahí medimos fuerzas y nos dejaron en calzoncillos.

Y así, en calzoncillos, volveremos a sentarnos en la mesa de los diálogos en Caracas. Confieso que no veo claro cómo puede salir airosa una estrategia conjunta del Gobierno frente a dos grupos guerrilleros de facetas tan distintas como las Farc y el ELN.

Mientras el primero es esencialmente defensivo, y concentra sus esfuerzos en la proteccion de unos territorios agrícolas que se cree con el derecho de poseer por haberlos conquistado, el segundo es eminentemente ofensivo y en su plan, de hacer la revolución por sectores, ha comenzado por enraizar su influencia en los territorios petroleros. El problema es entonces que mientras la paz podría significar, para las Farc, quedarse a vivir donde ya está y mimetizarse en estos territorios el ELN continuaría expandiendo su influencia territorial en la paz de la misma manera que lo viene haciendo en la guerra: con alcaldes y concejales municipales propios, a través de los cuales ejerce un contundente dominia político.

Sin embargo, no es claro cómo puede salirse ahora el Gobierno del esquema de la Coordinadora Guerrillera, que precisamente ha sido buscado por los dos grupos subversivos como un mecanismo de fortaleza. Pero lo que sí podría evitar el Gobierno es llegar a Caracas a que la guerrilla se siente a darle cartilla sobre cómo salvar al país, en lugar de discutir el cese al fuego y eI proceso de desmovilización y reinserción. Para ello es necesario fijarle un plazo determinado a las conversaciones y una agenda muy puntual que impida que salgamos de Caracas peor de lo que comenzamos. El gran interrogante, sin embargo, es qué tan convencida está la guerrilla de que la revolución comunista es una especie en extinción, de que Fidel Castro es un dinosaurio, de que la Unión Soviética ya no existe Si ya no cree en la salida armada, la desproporción que existe entre la zanahoria y el garrote de la famosa fórmula no sería tan grave. Pero si la guerrilla todavía sueña con el éxito de las balas, lo más probable es que el resultado de las conversaciones en Caracas sea que el conflicto colombiano se salvadorice, hacia afuera y se "senderice" hacia adentro.
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