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Opinión

  • | 2017/06/12 14:06

    Populismo 2.0

    El populista le dice a su galería, cada vez más nutrida, que la voz del pueblo que él encarna, viene siendo la mismísima voz de Dios.

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El populismo es ese fenómeno político que polariza al mundo ya no entre izquierdas y derechas sino entre populistas y ¿pragmáticos? ¿serios? ¿razonables? ¿sensatos? Como quiera, se trata de una dinámica en la que se recurre al mito del pueblo como base del ejercicio de Gobierno, que es ejercido por alguien que dice saber lo que el pueblo quiere, escuchar lo que el pueblo dice y hacer lo que el pueblo ordena.

Infinidad de veces he escuchado en la vida la frase aquella de “Lo que le falta a este país es un líder”, una obviedad que justifica todas nuestras desgracias: la violencia, la miseria, la inseguridad, la inequidad. ¿Si ve el problema? Es que a este país lo que le falta es un líder que arregle las cosas.

¿Un líder como quién será? Pensaba yo cuando era chiquita, y me parecía que hablaban de alguien como una especie de rectora de colegio, pero con más poder; me imaginaba que la gente quería algo así como a un gran prefecto de disciplina, un maestro superior, una última palabra en la política, en el Gobierno y en la vida de todos. Extraños gustos, pensaba yo, querer que mande alguien en quien se delega la capacidad de pensamiento y de discernimiento, y sentirse a gusto con eso.

Pero llega el momento en el que se entiende por qué resulta tan complicado no estar de acuerdo con la premisa. Cómo no, si los lugares donde deberían estar destacados los líderes, están ocupados por ineptos, corruptos, hampones, clientelistas o lugartenientes de criminales. Con tamaña desesperanza en la política y la administración de lo público, se entiende que tanta gente espere que alguien haga alguna vez las cosas bien, y en su nombre; la gente quisiera tener a alguien en quien creer, alguien que ponga orden donde el desorden estorba, que ejerza autoridad, que proteja, que decida, que aliente.

Ese líder que piden los anhelos populistas, es el que sabe mantener altas las olas de indignación masiva, que sabe cómo llevar enverracados los votantes a las urnas, el que llama a poner las tripas en la deshonra al opositor, el que alimenta sus apoyos personales en los llamados a la grandeza del pueblo y a la máxima competitividad sin escrúpulos. Así ganó en Gran Bretaña la idea de salirse de la Unión Europea; así llegó a la Presidencia Donald Trump; así ganó en Colombia el No, el 2 de octubre.

Estos populismos son una fiebre de nueva ola, cantos de sirena aletargantes del pensamiento propio y crítico; un toque de mesías, un abrazo del padre inalcanzable. El populista le dice a su galería, cada vez más nutrida, que la voz del pueblo que él encarna, viene siendo la mismísima voz de Dios. Y el pueblo exultante le aplaude a rabiar.

Son populistas la senadora dizque liberal Vivianne Morales, que en su defensa al referendo ese nos encimó al marido al que tocó escucharle decir que era el representante de los deseos del pueblo como si alguien hubiera votado por él. Es populista Gustavo Petro, que considera su verdad como la única interpretación válida de los reclamos del pueblo, y descalifica sin miramientos a quien no la apoya. Es populista Alejandro Ordóñez, que se cree ungido por las llagas de Cristo. Será populista quien quiera que Uribe designe como candidato presidencial, porque deberá demostrar ante el patrón que lleva la marca populista del Centro Democrático en su ADN. Es populista el socialismo del siglo XXI que está acabando con Venezuela, y peor de populista es acusar de castrochavismo al oligarca de Juan Manuel Santos. Es populismo (¿o hijueputismo?) ir a un foro internacional a decir que en Colombia gobierna el narco y estamos al borde del colapso.

Para los populistas el pueblo es una masa uniforme e inequívoca, que entiende que el líder es el único que puede sacarlos del atolladero en que se encuentran; los populistas tienen la habilidad de hacer creer que no son ellos, sino el mismísimo pueblo a través suyo, quien gobierna. De ahí que quien no lo entiende así, deja de ser un opositor político respetable para convertirse en un peligroso antisocial. ¿Quién sino un enemigo del pueblo no apoya a al mesías que vino a salvarle?.

Por las decisiones que toman, los regímenes que montan y el poder que ostentan, los populistas están haciendo que despertarse cada día sea una pesada lucha de la sensatez contra los iluminados, esos que necesitan demostrar todo el tiempo que estamos llevados del putas y por eso todos, en coro de mortales amaestrados, debemos repetir sus mentiras como imbéciles, y clamar porque se enquiste en el poder su mano firme. Qué cansancio.

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