Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1996/09/09 00:00

CARAMELO ENVENENADO

CARAMELO ENVENENADO

Si no tuviese un viso de indignidad, nuestra política exterior parecería un sainete. Combina vociferaciones en público y genuflexiones en privado, desafiantes nacionalismos y humillantes concesiones a espaldas del país. Buscando indulgencias, es incoherente y por momentos vergonzosa.Los ejemplos sobran. Tras el apoyo de Nicaragua, el presidente Samper ofreció a doña Violeta Chamorro abrir diálogos en torno al Tratado Esguerra Bárcenas. Luego, al recordársele la vieja tesis colombiana de la intangibilidad de los tratados, dio marcha atrás. Inútilmente, por cierto, pues ahora su propio Ministro de Justicia, a propósito de la extradición, supedita dichos tratados a la norma constitucional, que es precisamente la tesis defendida por Nicaragua. Incongruencias.Más reciente, una humillada genuflexión ante Venezuela. Por discretas vías diplomáticas, Colombia ha expresado de tiempo atrás inquietudes por la venta de armas del ejército venezolano a guerrilleros colombianos, por la tesis de la persecución en caliente, por el patrullaje unilateral de la Armada venezolana en las aguas del golfo que son aún objeto del diferendo, y por algunos atropellos a nuestros barcos pesqueros. El afecto hacia el hermano país no excluye la franqueza que su gobierno se permite con nosotros cuando tiene reclamos que hacernos. Así, en toute innocence, el consejero Guillermo Uribe dijo lo que todos, colombianos y venezolanos, sabemos de sobra. ¿Qué hace nuestro gobierno? Lo destituye, agacha la cabeza y pide apresuradas excusas.El desaire no para ahí. La infortunada María Emma Mejía, a quien el presidente Samper le confía misiones imposibles, vuela a Caracas para obtener que éste sea recibido por Caldera. La solicitud es cortésmente rechazada. De todas maneras, Samper hace escala en Maiquetía, y sólo puede entrevistarse con el canciller Burelli. Nunca, en la historia de los dos países, un presidente colombiano se había hecho acreedor a tal vejamen.Otras genuflexiones: luego de que Washington le quitara la visa, el presidente Samper, dándole salida a su orgullo sólo en la plaza de Chaparral, se precipita a enviar a Estados Unidos a su nueva Canciller y al ministro Esguerra. Y ahí el sainete llega a su punto más extravagante. Mientras los enviados del Presidente, en busca de oxígeno, aceptan abrir en privado el debate de la extradición (sin definir su posición, desde luego); mientras admiten en principio el abordaje de naves colombianas en aguas internacionales y están a punto de entregar, sin reciprocidad alguna y sin que expertos la negocien, la carta de las patentes industriales; mientras aceptan todo eso y acogen dócilmente una agenda legislativa impuesta por Washington para luchar eficazmente contra el narcotráfico, Horacio Serpa cubre la humillante realidad de un gobierno acorralado con diatribas nacionalistas de hipnótico efecto.Y luego, ¡cuántas invitaciones sugeridas y rechazadas! La de Aznar, que no aceptó ver a Samper. Tampoco el Rey. Ni siquiera permitieron en España que el avión presidencial _distinción reservada a los jefes de Estado_ aterrizara en el aeropuerto militar Arjona Torrijos. Japón cancela una invitación al Presidente colombiano, obtenida de tiempo atrás. El gobierno, interesado en recuperarla, ofrece apoyar la propuesta japonesa de montar una planta de tratamiento del río Cali, desconociendo la norma de licitación abierta. Y otra humillación, ésta en el Grupo de Rio: Colombia solicita una protesta (por la suspensión de la visa) y sólo obtiene una discretísima nota expresando ¡preocupación! por este hecho. La verdad: a nuestro Presidente sólo le queda, entre sus colegas latinoamericanos, un anfitrión caluroso y espontáneo: Abdalá Bucaram. Por algo lo llamaron ¡el loco!Ni siquiera la invitación a Francia tuvo el honroso significado que el gobierno le atribuye. No por tenderle la mano al presidente de Francia y por pisar las alfombras del Elysée, visitantes como Samper, Hassan II o el Primer Ministro de la China, reciben de Chirac un aval moral a sus respectivas políticas. Lo que jugó en este caso fue una excusa (la presidencia de los no alineados), la oferta inconsulta de comprar helicópteros y de otorgarle a empresas francesas el contrato para purificar las aguas del río Bogotá. En suma, se trata de una costosa estrategia política y comercial, orquestada por el controvertido publicista George Attal, y no de un gesto de solidaridad del gobierno francés hacia el gobierno colombiano. Tal es la dura realidad... Ante estos hechos, los amigos de María Emma se preguntan: ¿por qué aceptó un cargo tan aventurado? Ofreciéndole el caramelo de la Cancillería, Samper quiso capturar su buena imagen enfrentándole a Noemí una Noemí liberal. Grave error: el balance de Noemí fue excelente e indiscutido. El de María Emma difícilmente podrá ser bueno, pese a su voluntad. Tiene todo para desempeñar bien este cargo, salvo una cosa: gobierno. Es que los caramelos que ofrece el presidente Samper son peligrosos. Resultan envenenados. Y si no, que lo digan Santiago Medina, Fernando Botero, Guillermo Perry y el propio Rodrigo Pardo. Todos, en su hora, recibieron el suyo y ahora, de seguro, lo lamentan.

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