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Opinión

  • | 2014/11/06 00:00

    Carcelazos inútiles

    Si la penalización como castigo por el consumo de drogas fuera el remedio, “los últimos 40 años de cárcel habrían arreglado el problema”, dice el ministro de Justicia.

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Pasaron inadvertidas, o probablemente fueron desdeñadas, pero encuentro de la mayor importancia las declaraciones dadas por el ministro de Justicia, Yesid Reyes, en entrevista reciente a Caracol Radio. No sería de extrañar que por su contenido controversial al desnudar las debilidades de algo que se convirtió en un tabú, estas no hubiesen tenido mayor eco. Crudos y progresistas sus juicios, seguramente podrían lastimar la susceptibilidad de ciertos sectores y personajes caracterizadamente moralistas y retardatarios.

“Si yo puedo quitarme la vida con veneno -dijo- o puedo quitármela con alcohol, cigarrillo o sustancias prohibidas, esa es una decisión que hace parte de mi autonomía”.

Y es que cuando leí esta entrevista y unas palabras suyas en la clausura del Encuentro “Alternativas al Encarcelamiento para Delitos relacionados con Drogas”, llegué a pensar que de recogerlas para esta columna, podría estar cayendo en una trampa y terminar haciendo el ridículo. Casos se han visto, como el sucedido a La Hora de la Verdad con un supuesto texto de Vargas Llosa que obligó a su director, el exministro Fernando Londoño Hoyos, no a explicar la farsa y el abuso sino a arroparse con un triste mutis por el foro. O a Pachito Santos cuando, citando el portal de sátira Actualidad Panamericana, espacio dedicado a mamarle gallo a la actualidad nacional con textos exagerados o patrañeros, creyendo que lo decían en serio, quiso tirarse al alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, con una inventada opinión del neurocientífico Rodolfo Llinás quien, según el portal, al no poder descifrar las tarjetas Tullave para usar el SITP, decidió más bien tomar un taxi.  

Al exponer su criterio en relación con el consumo de drogas y la política represiva y carcelaria vigente para combatir esta epidemia, se aplica el doctor Reyes en variados argumentos que imagino que de ser presentados como alternativa en algunos cerrados escenarios políticos y religiosos, podría provocar a quienes le escuchen una rabieta con peligrosos visos de arritmia y paros cardíacos.  

Advirtiendo la razón por la cual habría de excluirsede la discusión sobre el consumo de estupefacientes el derecho penal, y tras reiterar la inutilidad de la cárcel como castigo puesto que si ese fuera el remedio, “los últimos 40 años de cárcel habrían arreglado el problema”, el jurista pide sondear mecanismos alternativos manifestando a su vez con contundencia que “cada persona es libre de consumir tabaco, alcohol, marihuana, no hacer deporte y hasta en un extremo, quitarse la vida”, con lo que le daba una puntada a la que será su posición frente a la palpitante controversia de la dosis personal recreativa o el empleo terapéutico de la marihuana, ahora tema candente en el Congreso de la República y en diversas esferas de la vida nacional.   

Por ello insiste: “No tengo ninguna duda de que el simple consumidor no tiene nada que ver con el derecho penal. No tiene sustento que alguien se pueda matar disparándose, pero que no se pueda matar consumiendo drogas, no tiene sentido cuando está haciendo uso de su autonomía y su individualidad. De ahí en adelante admito que hay grados de intervención, pero estoy convencido de que para todos ellos la cárcel no es la única solución…”

Pues bien, como ya se ha dicho en tantas ocasiones, el Estado, antes que perseguir, hostigar y penalizar al consumidor, lo que debe hacer es prevenirle con eficaces campañas pedagógicas sobre los daños generados por su uso, de la misma manera que hoy por hoy lo hace con el tabaco o el alcohol. No veo cómo el Gobierno pueda “obligar” bajo la amenaza de multas o cárcel a una persona a que, por ejemplo, ni se inyecte heroína en el oscuro sótano de su casa, ni meta coca o marihuana en aquella restringida rumba campestre, ni consuma en la privacidad de su hogar grasa o azúcar y sal en abundancia, también generadoras de muerte. Ni tampoco veo cómo pueda el Estado, como lo dice con socarronería el ministro, “obligar” con intimidaciones al ciudadano a llevar una vida sana ejercitando el deporte o alimentándose con esto y aquello que les puede proporcionar un mejor bienestar físico. Los gobiernos tendrían perdida esta batalla de antemano, sin importar las retaliaciones que pueda anunciar, o los tajantes decretos que a bien tenga expedir, o las leyes que logre hacer aprobar.

No debemos olvidar que regularmente la prohibición y la obligatoriedad terminan convirtiéndose en una abierta provocación que excita e incita a la gente a violarlas.     

Y para quienes duden de esta vanguardista argumentación del ministro Reyes en lo tocante a la tarea por combatir con severidad el uso y abuso de las drogas, he aquí estas palabras textuales suyas en la referida entrevista: “Si yo puedo quitarme la vida con veneno o puedo quitármela con alcohol, cigarrillo o sustancias prohibidas, esa es una decisión que hace parte de mi autonomía.” Y, como ya vimos, va más allá señalando que así como el suicido no es un delito, y sabiendo que el tabaco, el alcohol y las drogas también matan, ni aquel ni estas deberían llegar a ser objetos de penalización.

Pero no. Esto no es un descache ministerial. Lo dicho por el señor ministro de Justicia es serio y centrado, y revela su interés en dilucidar la visión sobre un tema grave con discernimientos que comparto plenamente. Comenzó su gestión esbozando una verdad irrebatible. Ojalá se anime y con la misma franqueza le dé continuidad a su discurso y le abra poco a poco el camino a la única solución realista y definitiva contra el tráfico y el consumo de estupefacientes, como es su legalización. Y para ello sólo falta que en algún momento irrumpan la oportunidad y las condiciones esperadas, como ya le empezaron a llegar a la marihuana, bien para su consumo recreativo, bien para su uso terapéutico.
 
guribe3@gmail.com
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