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Opinión

  • | 2012/08/29 00:00

    "Carlos Urrutia entiende como pocos la cultura americana"

    Palabras de Diego Muñoz en el homenaje de la Cámara de Servicios Legales a Carlos Urrutia Valenzuela, nuevo embajador de Colombia en EE.UU.

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AGOSTO 28 DE 2012
 
Estamos reunidos esta noche para rendir homenaje, entre amigos, a nuestro colega Carlos Urrutia Valenzuela. Para exaltar su ilustre carrera. Para celebrar su nombramiento como Embajador de Colombia ante el Gobierno de los Estados Unidos, porque al exaltar a uno de los más destacados representantes de nuestro gremio, el gobierno nacional nos está exaltando a todos nosotros.
 
No hay, quizas, juicio más severo que el de los propios pares. Sin embargo, la respuesta a esta convocatoria y la presencia de todos ustedes esta noche, constituye la mejor evidencia del veredicto aclamado de la admiración, del aprecio y del respeto que profesamos por Carlos.

Todos podemos destacar el mérito de haber entendido el cambio de los tiempos, de haber advertido la forma en que soplaban los nuevos vientos nuestra profesión y de haber liderado, con el concurso de un elenco destacado de colegas, el proceso de proyección y crecimiento de una una firma familiar, de apenas 4 o 5 abogados cuando él llegó a mediados de los 70, hasta colocarla en el lugar de preeminencia que tiene hoy Brigard & Urrutia en el contexto de nuestra actividad profesional.

Pero quisiera referirme en esta ocasión a una faceta menos evidente, que constituye la verdadera esencia subcutánea de lo que es Carlos Urrutia: el gran colega. Creo que se podría argüir, sin mayor exageración, que parecería que Bentham, al delinear sus principios deontológicos, tenía en mente personalidades como la suya.
 
Su trayectoria profesional ha sido una de lealtad con sus clientes y colegas, de respeto en su proceder y, en particular, en el manejo de posiciones antagónicas. De tratar de convencer antes que prevalecer, de atender con celosa diligencia y absoluta consagración los encargos profesionales, de actuar siempre con dignidad y con todo el decoro, de actualizar disciplinadamente sus conocimientos, de observar mesura y ponderación en sus intercambios, de guardar el secreto profesional con absoluto rigor, de nunca comprometer su independencia y de buscar soluciones amigables antes que litigios riesgosos. No creo que exista uno solo de nosotros que tenga un reclamo frente a la conducta de Carlos al otro lado de una mesa de trabajo. En suma, creo que Carlos personifica no sólo el perfil del abogado ejemplar, sino el del “buen padre de familia” que, de manera abstracta, nos trataron de infundir en nuestros días de facultad.
 
Y qué decir de su buen criterio. Hay quienes suelen tener en mente un reducido grupo de personas como referentes de conducta y de acción, para tratar de iluminarse en las diferentes encrucijadas de la vida y poderse preguntar, in pectore, ¿qué harían esas personas en circunstancias similares? Y en mi caso, como estoy seguro que les ocurre a muchos de ustedes, les debo confesar que Carlos Urrutia es una de esas personas.
 
Por todas esas condiciones humanas, es difícil registrar un nombramiento más acertado. Rara vez se logra una coincidencia tan precisa y un calce tan ajustado entre los requerimientos del cargo y el perfil del designado.
 
En primer lugar, porque Carlos entiende como pocos el ethos y la cultura americana. Sus estudios de bachillerato en Williston Academy y sus años universitarios en Johns Hopkins, le legaron no solo un inglés impecable, sino la asimilación de los valores, las costumbres, los conceptos y la forma de vida de la sociedad americana. Se podría afirmar que estamos ante un Embajador plenamente bicultural, que podrá utilizar ese instrumento para tender un puente firme entre nuestras dos naciones, entre nuestras dos culturas.

Igualmente, por que a la usanza anglosajona, llega al servicio público como coronación de una carrera exitosa. La experiencia de más de 35 años en el ejercicio de una práctica legal destacada, negociando contratos, entendiendo las necesidades de la contraparte, identificando el momento oportuno para avanzar sus planteamientos, buscando espacios de convergencia, representando inversionistas y esperando pacientemente alcanzar los objetivos propuestos y las metas trazadas, constituyen el mejor bagage y un instrumento formidable para enfrentar sus tareas en una coyuntura donde la agenda bilateral transita del enfasis en la lucha contra las drogas hacía la profundización del comercio y la inversión bilateral.

Ese largo y exitoso trasegar, probablemente, no le ha dado poder, pero si toda la autoridad: la moral, la intelectual, la social. Esa autoridad y su talante patricio lo proyectarán en Washington como un “Elder Statesman” o un “Wise Man” colombiano, como lo fueron -en su momento para Estados Unidos- un Charles Francis Adams, un Dean Acheson, un MacGeorge Bundy, un John McCloy o, más recientemente, un Cyrus Vance.

Pero además, parecería que la diplomacia es el destino atávico de su sangre. Pensaría que no son muchos los colombianos que puedan presentar una cadena de 4 generaciones en los más altos cargos de la diplomacia nacional. Su bisabuelo, Francisco de Paula Urrutia, fue embajador en Ecuador. Su abuelo, Francisco José Urrutia Olano, fue canciller de la República en los gobiernos de Rafael Reyes y de Carlos E. Restrepo y embajador ante Ecuador, Bolivia y la Liga de la Naciones. Su tío, Francisco, fue embajador ante las Naciones Unidas y ante los gobiernos de Venezuela y los Estados Unidos. Y ahora le llega el turno a Carlos. En suma, les ha tocado encabezar más de 10 misiones diplomáticas a lo largo de 150 años.

Si la ciencia naciente de la Epigenetica -que estudia la manera en que la experiencia de los ancestros se transmite a través del complejo sistema químico de los genes- tiene algún fundamento, estamos ante uno de nuestros más experimentados diplomáticos.

Por ello, se podría decir que los Urrutia, como las mariposas Monarca, se mueven con toda destreza, propiedad y composición de lugar entre América del Norte y América Latina a partir de la transmisión genética del conocimiento intergeneracional.

Y, last but certainly not least, porque Carlos cuenta con Nani Restrepo como coequipera extraordinaria para lucirse en este encargo. Su inteligencia, su refinada elegancia, su don de gentes y sus amables maneras, hacen de ella la compañera ideal para lidiar al alimón esta nueva faena de la vida.

Como pueden ver, es como si Carlos se hubiera preparado a lo largo de los años para redondear su destacada carrera en esta meta. O para ponerlo en palabras de T.S. Eliot, de la llegada de Carlos a Washington se podría decir: “Y el propósito de toda nuestra exploración vital, será llegar a donde empezamos y conocer el lugar por primera vez”.
 
Los que conocemos su carácter, los que hemos calibrado su inteligencia equilibrada y justa, los que hemos observado la disciplina y la perseverancia con que acomete sus proyectos, los que lo hemos visto actuar en situaciones tensas y complejas, no albergamos duda de que Carlos habrá de descargar sus obligaciones con calificación de honor.
 
Al emprender esta nueva etapa, Carlos Urrutia nos deja expuesta su trayectoria profesional emblemática, para que la tengamos como ejemplo inspirador y paradigma de emulación, en cada uno de los días que nos quede a quienes venimos atrás en este noble ejercicio del derecho.
 
Los invito ahora a levantarse y brindar por el éxito de esta nueva misión, porque ese éxito también será el nuestro y el de toda Colombia.
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