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Opinión

  • | 1988/02/15 00:00

    CARMENCITA Y LA DIACRONIA

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La otra vez, cuando se estaba acabando el año, escribí unas pequeñas tonterías sobre la gente que inventa palabras, las cuales se incorporan con su vida propia al torrente espumoso del idioma.
A los pocos días publicaron, en esta misma revista, una carta breve y certera de Antonio Panesso Robledo, a quien profeso una admiración casi devota no sólo por el contenido de su columna diaria en El Espectador, sino, precisamente, por su formidable poder de síntesis para decir las cosas que dice. Los parlanchines solemos envidiar a la gente concisa por la misma razón que los gordos envidian a los flacos: a causa de lo que nos sobra.
Panesso aclara, apoyándose en los venerables ancianos de la linguística, que el término diacronía no se utiliza -como yo pensaba- para calificar las nuevas palabras que van naciendo en los partos dolorosos del lenguaje, sino para referirse a la forma variable que adquiere el sentido de esa palabra con el transcurso del tiempo.
Ya entendí, por fin, yo que soy tan bruto y cerrado de mollera. En la época de antes una zanahoria era una cosa que servía para comer, buena para la vista, apetecida por los conejos y para hacer una horrible sopa de enfermos. Ahora, en cambio, los muchachos saben que una zanahoria es una amiga simplona y desabrida, exageradamente cauta y remilgada, que no va a discoteca y no se atreve a mover la colita. Esa transformación es una diacronia. Para lo que ha quedado la pobre zanahoria.
A mí me parece, ya que estamos metidos en este embrollo, que el verdadero valor de las palabras consiste en que la gente las comprenda sin necesidad de ponerse colorada de la verguenza. No se trata de pauperizar el idioma sino, de volverlo sencillo y práctico, hasta donde sea posible.
Eso me recuerda una vieja y hermosa historia que ocurrió en San Bernardo del Viento, cuando yo apenas levantaba una cuarta del suelo, y que ha quedado grabada para siempre en la memoria del pueblo. Carmencita, pequeña y zandunguera, briosa como una potranca, tenía un nido de amor por el cual pasaron tres generaciones de aldeanos. En su estera descosida y salpicada de sudor aprendieron sus primeras maromas amorosas los jóvenes del vecindario.
Una noche, en la cantina de Carmencita, que también era una especie de club para celebrar bautizos y conmemorar matrimonios, le pegaron un botellazo a un parroquiano necio que destripó el tocadiscos de baterías. El Mono Ardila, que era el juez promiscuo y ahora es un sesudo magistrado del tribunal de Montería, extendió boletas de citación sin contemplaciones y convocó a medio pueblo a su despacho para la rigurosa investigación del boltellicidio.
Carmencita, con una flor de arrebatamachos en el pelo, los cachetes pintarrajeados con achiote y polvo de arroz, se presentó a rendir su declaración con un aire majestuoso. Mi compadre Carmelo Conde Naar, que era el secretario y tenía los apellidos precisos para administrar justicia, empezó a escribir en la máquina. Le preguntó a Carmencita su nombre y su profesión, y el juez Ardila, temiendo que ella dijera cualquier barbaridad sobre su oficio, se apresuró a ordenar: "Ponga ahí que la dama es una meretriz".
Carmencita se lo quedó mirando con la boca abierta. "¿Mere qué, doctor?", le preguntó. Y armó una pelotera fenomenal con el argumento de que ella no se dejaba poner palabras que no entendiera. El juez, nervioso y preocupado, añadió: "Entonces, secretario, escriba que se trata de una mujer de vida fácil". Carmencita saltó como un león herido. "¿Fácil? ¿A usted le parece muy fácil desnudar a un borracho a las tres de la mañana, con sueño y sin haber comído?"
El juez se sintió acorralado por la tesis de Carmencita. Mi compadre Conde Naar comenzó a sudar. "Se levanta la sesión", dijo el juez, "mientras el secretario va donde el doctor Lepesqueur a que nos preste un diccionario". Fueron por el libro. Crecía el gentío en el despacho. "Mientras reanudamos -dijo el Mono Ardila, en tono conciliador, dirigiéndose a Carmencita- a mí me parece que podemos decir que usted es mujer de vida alegre". Carmencita lo miró con lástima y, meneando la cabeza, agregó: "¿Le parece muy alegre, doctor, acostarse por plata con un hombre al que no ha visto nunca, y que probablemente no verá más?". En ese momento llegaron con el diccionario. Ante el silencio de la audiencia, el Mono Ardila buscó una página. "Ponga ahí, secretario -ordenó con una sonrisa de triunfo- que la declarante es una hetaira". Carmencita se levantó de un brinco y agarró su cartera de lentejuelas. "Si me pone eso- le gritó al juez, en tono amenazante- lo demando por calumnia".
Calmándola, el juez le explicó: "La palabra es griega, señora". Carmencita replicó: Puede ser el Papa, pero a mí no me dice usted así".
El juez perdió los estribos. Increpó a Carmencita con el dedo. "¿De modo -le dijo- que usted lo que quiere es que yo ponga ahí que usted es una puta?".
Carmencita sonrió satisfecha. "Así es, doctor -musitó-. Eso es exactamente lo que yo soy".
Y, radiante de la dicha, encendió un "Pielroja", se sentó de nuevo, cruzó una pierna con coquetería y se dispuso a rendir su declaración, mansamente.
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