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Opinión

  • | 2015/01/14 18:05

    Dos días, una noche

    Sandra acaba de salir de una incapacidad médica a causa de una fuerte depresión (...) Marion Cotillard es todo en esta película. Con cámara en mano, los hermanos Dardenne nos llevan en su fatigante carrera.

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Marion Cotillard nos presenta a una mujer enferma y vulnerable que enfrenta la angustia y vergüenza de su situación, pero que se encuentra de manera conmovedora con la dignidad y la esperanza.

La compasión y la justicia muchas veces pierden su condición de valores para ser simplemente palabras, sobre todo cuando la situación implica que nuestros propios intereses se vean afectados. En un mundo en el que nos hemos acostumbrado a crear ídolos, es muy fácil culpar a un sistema, solo que no nos damos cuenta que ese sistema es alimentado en gran medida por nosotros.

Sandra acaba de salir de una incapacidad médica a causa de una fuerte depresión. Descansa en su cama mientras hornea una tarta para sus dos pequeños hijos, una vida normal parece, una vida tranquila. Suena el teléfono y en ese momento es cuando se entera de que sus compañeros de trabajo han votado en contra de su reintegro, pues la otra opción es renunciar a la prima o bono de fin de año. Es viernes en la tarde y aun cuando Sandra muestra su faceta de mujer derrotada y algo cobarde, su esposo Manu la motiva a batallar para optar por una última oportunidad.

A partir de ese momento serán dos días y una noche. Un fin de semana en la que como vendedora puerta a puerta, Sandra se embarcará en una batalla contra el tiempo y contra sí misma. Ella se siente mendigando por una oportunidad. Siente pena por pedir que otros abandonen un dinero por el que han trabajado. Ella se enfrenta con gente igual de inocente, gente que como ella solo trabaja para mantenerse. ¿Quién es entonces el culpable?

Marion Cotillard es todo en esta película. Con cámara en mano, los hermanos Dardenne nos llevan en su fatigante carrera. Sandra es delgada, luce cansada, con el pelo desordenado y con la apariencia de alguien que ha decidido entregarse y dejar que otros tomen las riendas de su vida. Aunque el paisaje es soleado, las calles lucen solas y sin vida. Lo valioso es quizá que Sandra no se nos presenta como una heroína. Eso quizá habría hecho que la película se tornara en un cliché predecible. Ella da su lucha, pero la da siendo la mujer perdida y angustiosa que conocemos desde el comienzo, y eso es tal vez lo que más impacta y cautiva de este personaje.

Para muchos resultará monótono escuchar a Sandra en su búsqueda. Repetir en cada lugar al que visita la misma consigna, pero qué es la vida si no es eso, una rutina incansable por sobrevivir.

Alguien atrás en el cine dijo al terminar la película "Es algo muy normal, muy rutinario". Sí, precisamente es algo normal, pero por ser algo normal no quiere decir que sea aceptable.

Lo normal no debería ser que los poderosos pongan en la lucha a los pequeños siendo ambos contrincantes igual de vulnerables. Lo normal sin duda sería que nuestra compasión fuera superior a nuestras necesidades, necesidades que algunas veces no son en realidad nuestras sino las que nos han hecho creer que tenemos.

Una película que nos deja con un sabor un tanto amargo pero que sin duda nos invita a pensar un poco más en el otro.

En Twitter @CaroEscarlata

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