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Opinión

  • | 2012/10/06 00:00

    Carta abierta a Lucumí Popó

    Un cuerpo élite de bacteriólogos le montó la Operación Lomotil. A lo mejor era de los Popó Blandón.

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Señor Daniel Barrera

Alias el Loco o Lucumí Popó

E.S.M

Apreciado señor:

Como se encuentra recluido en Venezuela, lo actualizo con algunas noticias insólitas de nuestro país: el presidente se somete a una operación de próstata y El Tiempo publica una infografía muy completa de su aparato reproductor bajo un insidioso título que afirma que el mandatario seguirá ejecutando sus funciones. El actor Naren Daryanani comenta en los medios que perdió un testículo en un partido de fútbol: debería aprender de los marcadores del Real Madrid, que, a diferencia de él, nunca dan una pelota por perdida. Álvaro Uribe afirma ser el Bruce Wayne del Valle de Aburrá, el Batman criollo, pese a que la única vez que se puso una capa fue en la serenata de tuna que le ofreció Lucerito Cortés: aquella vez los músicos le hacían el consabido chiste de que lo iban a capar, como si fuera Naren Daryanani, pero solo le ponían la capa, ¡bandidos!

Por si faltaran más noticias absurdas, leo en un recorte de prensa de la semana pasada que, para despistar a las autoridades, usted suplantó los papeles de un señor llamado Lucumí Popó. Y por eso le escribo.

Señor Barrera: no voy a reclamarle que haya dilapidado su vida traficando con sustancias prohibidas, asunto que considero repugnante pese a que no tengo mayor experiencia en el consumo de drogas. Solo he sido adicto a la pornomiseria por culpa de Protagonistas de Nuestra Tele, aquel reality que terminó hace poco y que embrutecía como el bazuco. Sufrí mucho: cada vez que comenzaba el programa, sentía que había llegado el tiempo de la cultura: suspendía mi lectura de Borges y me sentaba frente al televisor para seguir los sucesos de la Casa Estudio. Veía a una tal Manuela que, con una toalla enrollada en la cabeza, se olisqueaba discretamente la axila; a una tal Elianis que se comía el arroz con la cuchara mientras sembraba cizaña, y me entraba una bocanada de pornomiseria deliciosa. Al rato me invadía la culpa y prometía no desperdiciar mi tiempo de semejante modo. Pero era incapaz de alejarme de la pantalla: la telebasura me tenía atrapado. A mí, que siempre quise ser un intelectual, bailar en Quiebracanto, hablar con el acento francés de una Florence Thomas, siquiera de un Mario Jursich.

Me sentía impotente, como Naren luego del pelotazo. Y aunque superé mi vicio, imagino el horror de quienes no lo consiguen por su culpa, señor Barrera.

Pero ya se ocuparán las autoridades de darle su merecido. Lo que me motiva escribir esta carta, en realidad, es su cambio de nombre: que haya tratado de hacerse pasar por Lucumí Popó.

Señor Barrera: yo sé que los alias del delincuente colombiano no son los mejores. Hace unos días el ejército abatió a alias Chochagringa, un cabecilla de las Farc cuyos apellidos, imagino, son Cucalón Rubio; y hasta hace poco yo mismo pensaba que Fritanga o Gordolindo eran formas de referirse a Angelino.

También sé que los narcotraficantes criollos no tiene límites de ninguna naturaleza. Pero, ¿ponerse Lucumí Popó? ¿Es esa la seriedad de la mafia colombiana? ¿Son esos los narcotraficantes que merece el país?

Hace poco Pacho Herrera adujo una operación de hemorroides para demostrar que no había cometido un crimen. Y ahora usted resulta con semejante cambio de nombre por culpa del cual el único Loco Barreras que queda en el país es Roy.

Póngase la mano en el corazón y respóndame: ¿no tenía más lógica que el señor Lucumí Popó quisiera cambiarse el nombre por el de Daniel Barrera? ¿De verdad pretendía no levantar sospechas con ese apellido? ¿Cómo puede rebautizarse de semejante manera una persona que, como usted, se dedicaba al lavado? ¿Qué diría su exsocio, alias Jabón?

El mío es un llamado a la reflexión: es infame que haya sacado papeles con ese nombre y que no fueran papeles higiénicos, al menos. Pero más infame aún es el hecho de que los haya obtenido de una persona que, efectivamente, se llama así, y que ahora, por su culpa, quedó untado. Porque usted, señor Barrera, ensució a los Popó, una dinastía de honorable trayectoria que proviene, como su apellido lo indica, de un remoto pueblo español y cuyo escudo familiar - una bacinilla rodeada de castillos- es sinónimo de abolengo. Porque según estudios genealógicos, y aun fecales, el señor Lucumí era de los Popó bien, de los Popó de toda la vida: una admirable familia forjada a punta de esfuerzo y, sobre todo, de pujanza. Y usted, señor Barrera, manchó ese apellido.

Por fortuna, a las autoridades algo les olió mal cuando leyeron su cédula y, sin asco alguno, le siguieron el rastro. Un cuerpo élite de bacteriólogos analizó sus movimientos y montó la Operación Lomotil para evitar que usted quedara suelto: a lo mejor era de los Popó Blandón. Y ahora lo espera un frío pañal en Estados Unidos.

Sé que hay asuntos más importantes que ocupan la agenda del país: la próstata de Santos, el hematoma de Petro, la parálisis de Angelino. Otro día me ocuparé de ellos. Esta vez no podía guardar silencio. Esta vez, señor Barrera, necesitaba reclamarle el daño que le hizo a nuestra Marca País. Porque, ¿en qué país del mundo un mafioso se esconde bajo el apellido Popó para pasar desapercibido? La respuesta es Colombia.
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