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Opinión

  • | 2010/11/27 00:00

    Carta abierta al Presidente de Panamá

    Salve al doctor Uribe. Salve a sus amigos, instálelos en el mismo condominio. Las reuniones de copropietarios recordarían los consejos comunitarios.

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Permítame solidarizarme con usted, presidente Martinelli, y ofrendarle el más sonoro de mis aplausos por darle asilo a la doctora María del Pilar Hurtado. No se deje amilanar por el rechazo que ha despertado tan noble iniciativa: en Colombia tenemos la creencia de que la única mujer que merece vivir en un asilo es Noemí.

En un primer momento estuve en desacuerdo con su decisión: comenzó la tapadera, pensé. Incluso cuando alguien hablaba del 'Tapón del Darién', suponía que se referían a usted.

Pero eso era antes, estimado Presidente, cuando era un miserable resentido. Ahora me he vuelto una persona sensible, compasiva con los políticos colombianos. Pobres. Hay un plan para desacreditarlos a todos. A todos. Mire el caso de Samuel Moreno, por ejemplo: tuvo que instalar una pista de patinaje frente a su oficina para que no queden dudas de que lo mejor que sabe hacer como alcalde es patinar. Y mire el caso del Partido Verde: una revista científica publicó que el alcohol era peor que la droga con el único fin de desprestigiar a Luchito.

Pero los que más me preocupan son los uribistas, víctimas indefensas que merecen toda nuestra solidaridad.

Por eso, no solo aplaudo que reciba a la doctora Hurtado, sino que lo invito a que acoja a otros patriotas que también están en peligro. Acójalos, señor Presidente. Son grandes personas. Convénzalos de que se vayan para allá. Reciba a Sabas 'el Cabezaehuevo' Pretelt; haga que Pachito se autonombre corresponsal en Panamá; invite a ese faro moral que es César Mauricio Velásquez; convenza a Fernando Londoño y a Ernesto Yamhure de que empaquen tirantas y escopetas, y aterricen allá. Y dé la bienvenida al filósofo más importante que ha dado Colombia después de Francisco Maturana: el doctor José Obdulio Gaviria, gran sostén del uribismo: un sostén casi tan grande como el que tuvo Laura Acuña antes de que tomara la lamentable decisión de retirarse las prótesis.

El doctor José Obdulio puede cumplir un gran papel en el canal de Panamá. Sabe mucho de canales. Acá intrigaba para tener uno. A mi juicio era un propósito innecesario: la verdad es que en Colombia no solo no hace falta un nuevo canal, sino que sobra uno de los dos que hay. Pasan series idénticas, novelas igualitas, se copian todo el tiempo el uno al otro: sobra uno.

Reconozco que espiar opositores no es muy elegante, y es cierto que durante el periodo de Uribe periodistas, magistrados y políticos de la oposición fueron seguidos muy de cerca por el gobierno, hasta el punto de que los detectives sabían dónde compraba las sudaderas de toallita Cecilia López y cuáles eran los horarios en el Ipler de Juan Manuel Galán.

Pero, doctor Martinelli, entiéndalos: como grandes intelectuales, los uribistas ponen a funcionar la inteligencia por instinto.

Ayúdeme a salvarlos de este país ingrato.

Pero, sobre todo, ayúdeme a convencer al doctor Uribe de que él también se asile en Panamá. Que se saque de la cabeza esa tonta idea de seguir haciendo política en Colombia, un país que no le ofrece garantías: el congresista de la Comisión de Acusaciones que lo investiga, para que usted se dé cuenta, es de apellido Bocanegra. ¿Es serio que a uno lo juzgue alguien con ese nombre? ¿Hace el señor Bocanegra honor a su apellido, como la doctora Hurtado? ¿Puede un Bocasucia, como Uribe, ser juzgado por un Bocanegra?

Salve, pues, al doctor Uribe de esta horrible persecución de la que es víctima. Salve a sus amigos, que merecen una vejez tranquila. Instálelos a todos en el mismo condominio. Las reuniones de copropietarios recordarían los consejos comunitarios. En el salón comunal, el doctor Uribe haría un balance de los orinales de su apartamento; contrataría a sus hijos para que sacaran la basura al shut; gastaría todo el presupuesto en celadores y le regalaría los jardines a la familia Dávila Abondano.

Pero irían a la playa libres y felices, como se lo merecen. Puedo verlos: puedo ver a la señora Hurtado en un bikini mínimo, a Sabas en una tanga diminuta. José Obdulio, ya sin presiones, corre desnudo por la arena y apenas se tapa la porquería con una mano, como lo hizo Gregorio Pernía en inolvidables fotos artísticas. César Mauricio, tenso pero emocionado, trata de ver qué tan Moreno es Bernardo con el rabillo del ojo, contrario a Sabas, a quien se le alcanza a ver el ojo del rabillo. Uribe nada en el mar sin hundir la cabeza y luego echa sus carnitas al sol sin ponerse bloqueador: ¿para qué lo necesita, si de todos modos vive ardido? Después da una declaración en la que aprueba la figura, ya no del asilo, como esta semana, sino de la doctora Hurtado, cuyas curvas voluptuosas recuerdan las de Yidis: salvo la de aseguramiento, que le luciría muy bien, ambas tienen medidas similares.

Sálvelos, Presidente, de la severa justicia colombiana. Estos próceres de la patria no merecen padecer las rigurosas penas que les dictarían en Paloquemao: podrían darles hasta un mes de casa por cárcel y tendrían que usar unos incómodos brazaletes electrónicos a los que ellos mismos deben ponerles las pilas, porque el Inpec carece de presupuesto.

Evíteles ese calvario. Cúbralos, pues, con la bandera panameña. Nos dolerá en el alma perder para siempre la guía del doctor Uribe. Pero le aseguro que sabremos reponernos.
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