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Opinión

  • | 2012/09/29 00:00

    Carta a Nicolás Rodríguez Bautista

    No veo ninguna razón para que el ELN se quede por fuera de estas negociaciones. sería imperdonable que bajo cualquier pretexto se demoraran para incorporarse a la mesa.

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Nicolás, han pasado casi cinco años desde cuando nos encontramos en Caracas. Corría noviembre de 2007. Me sorprendió la noticia de que el presidente Hugo Chávez lo había invitado al Palacio de Miraflores para hablar de la posibilidad de que las guerrillas de Colombia firmaran una acuerdo de paz con el gobierno de Álvaro Uribe Vélez.

Entendí que también estaba invitado Manuel Marulanda Vélez, pero, debido a motivos de salud, estaría en su representación Iván Márquez.

Supe que Chávez estaba realmente emocionado y comprometido con las labores de mediación que le había encomendado Uribe y estaba dispuesto a jugársela toda para que se le pusiera un punto final a la guerra colombiana. Sentí que el ELN depositaba la confianza en las labores de acompañamiento y mediación que adelantaba el gobierno de Venezuela y quería llegar de la mano del presidente bolivariano a la vida civil.

Recuerdo palabra por palabra la conversación que durante dos días sostuvimos en compañía de Antonio García, Francisco Galán y Luis Eduardo Celis. No puedo olvidar que en algún momento usted dijo que estaba dispuesto a venir a Bogotá a firmar un acuerdo con Uribe para poner fin a la confrontación armada. Pedían, eso sí, que antes de aclarar los beneficios jurídicos y las reformas orientadas a superar las causas del conflicto, no se les exigiera la concentración en un sitio y la identificación de sus miembros como lo había planteado el comisionado Luis Carlos Restrepo en las conversaciones que habían sostenido en La Habana.

De vuelta a Bogotá le transmití al presidente el mensaje y publiqué en El Tiempo un artículo contando los pormenores de la conversación. Uribe se mostró dispuesto a reconsiderar las exigencias que el comisionado había hecho en Cuba. En esas estábamos cuando estalló de nuevo la controversia y la pugna entre Chávez y el mandatario colombiano y se rompieron los buenos oficios y la mediación del gobierno venezolano. Todo se fue al suelo.

Están vivas en mi memoria las persistentes alusiones de los dirigentes del ELN a las garantías políticas, a la necesidad de realizar transformaciones en la estructura agraria y a la urgencia de encontrar salidas a los cultivos ilícitos y al narcotráfico. Fueron temas recurrentes. También los cambios en las zonas mineras y petroleras.

Todo lo que buscaban hace cinco años se ha dado ahora. El presidente Santos y las Farc han trazado una hoja de ruta y han acordado una agenda que encuadra perfectamente en lo que ustedes anhelaban. Se negociará en medio del conflicto, sin una tregua temporal y sin acantonamiento de fuerzas, un programa de transformaciones. Se esperará a un acuerdo integral y completo para proceder al cese definitivo de hostilidades. Los gobiernos de Cuba y Venezuela acompañan el proceso.

No veo ninguna razón para que el ELN se quede por fuera de estas negociaciones. Sería imperdonable que bajo cualquier pretexto se demoraran para incorporarse a la mesa que el gobierno de Santos y las Farc han abierto en Oslo y en La Habana. Esta carta puede resultar innecesaria. Quizás ya el ELN está conversando con el gobierno y muy pronto aparecerá la noticia de que también van hacia la paz. Pero debo cumplir con mi obligación de insistir en que no dejen pasar el tiempo. Alguna vez milité en esas filas y desde cuando me vine a la vida civil no he dejado un solo día de rogar porque usted, viejo amigo, se decida a estampar la firma en un acuerdo que abra las puertas a la reconciliación.

¿Cuánto dolor ha causado la confrontación entre el ELN y el Estado después de nuestro encuentro? No menos de 1.000 muertos entre soldados, guerrilleros y civiles inocentes. Alguna vez pensamos que la tragedia de la muerte sería compensada por el honor de la victoria y por la mejor vida que vendría con la revolución triunfante. Es preciso reconocer que cuando nos vimos en 2007 usted ya sabía que no había heroísmo posible en esta guerra degradada y la ilusión de la victoria se había esfumado definitivamente. Lo espero acá Nicolás en una vida civil que no será fácil porque los fantasmas de la guerra y la intolerancia nos perseguirán para siempre.
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