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Opinión

  • | 2006/02/12 00:00

    Cartagena: el país de las maravillas

    "El reinado popular de la belleza en Cartagena es una metáfora de esa ciudad dividida entre amos y esclavos", dice María Antonia García.

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La fotografía en El Tiempo del 21 de noviembre es elocuente: la reina popular de Cartagena es casi una mofa, una burla abierta, comparada con el reinado nacional de la belleza. Y es una metáfora, también, de esa ciudad dividida entre amos y esclavos.

Traigo a colación el reinado de belleza porque es en estas celebraciones cuando se nota con más fuerza la diferencia dramática entre la sociedad intra muros y la sociedad extra muros de Cartagena. Nunca una muralla había dividido de manera tan cruel a una sociedad de herencia esclavista: allá los negros, acá los blancos. Allá la reina de los pobres, acá el glamour de la burguesía.

Todos lo piensan, pero nadie lo dice: ese reinado de los pobres es una versión grotesca y carnavalesca del donaire que se respira en el Centro de Convenciones. Desde sus tacones gastados, ella pareciera tocar el cielo. Su esbeltez es sólo el resultado de una alimentación precaria. Una belleza como la de ella en ese barrio no es el pasaporte al mundo de la farándula, sino al de la prostitución. Pero ella -sin intención de caer en la demagogia barata- cree que el país la ve con los mismos ojos y que no repara en su vestido humilde y en el barro que le unta los zapatos recién embetunados.

Hace pocos días se eligió Miss Colombia y un par de lectores de Semana.com pusieron el grito en el cielo por la naturaleza precaria y pretenciosa de las preguntas que les hicieron a las finalistas. Creo que, primero, en certámenes de esa naturaleza se puede exigir poco en materia de agudeza mental -no se trata de una competencia de matemáticas, sino de belleza-; segundo, la desproporción real reside en asumir las diferencias sociales de manera tan natural. Acá los desfiles fastuosos (financiados más de una vez por dineros mal avenidos) y allá la "negramenta con sus trapos malolientes". Porque esos términos le oí usar más de una vez a un cartagenero encumbrado.

En una visita corta a esta ciudad, la situación se logra camuflar bastante bien. Poco se alcanza a ver en una estadía de un par de semanas: el centro histórico parece detenido en el tiempo, con sus balcones y con los faros de luz tenue.

Uno podría hasta formarse la idea de una sociedad equitativa, justa, al encontrarse por la calle con morenas hermosas bailando el sanjuanero y el mapalé. Puede que hasta uno se tome una foto con alguna palenquera y su batea llena de frutas frescas. Y puede hasta producir asombro ver la afluencia benéfica de extranjeros en un país proscrito. Puede que pase, puede que uno se forme esa imagen, porque es la Cartagena que han inventado para los extranjeros. Es el paraíso del Caribe.

Sus cimientos se hunden, sin embargo, en una ciudad rodeada por cinturones de miseria que quintuplican el tamaño del centro histórico, en un turismo centrado en la prostitución y en el consumo de drogas, en una sociedad colonial anclada en un trozo de Caribe. Permanecer en Cartagena más de tres semanas, abrirse paso por sus calles aun en temporada baja, deshace el hechizo: no pocas de las niñas que se agitan al ritmo del mapalé en realidad son prostitutas. Ocurre lo mismo casi con cualquiera que atraiga la atención de un extranjero, así sean meseras o mucamas.
Muchas de las mujeres de minifaldas ínfimas y piel morena que pasean con un extranjero de unos 50 años son prostitutas, y varios de los hoteles que hay justo detrás de la afamada Plaza de Santo Domingo flexibilizan sus servicios, de manera que por 5.000 pesos un turista pueda acceder a una habitación modesta con su morena de turno.

Lo más extraño reside en la aceptación de la sociedad cartagenera, en el silencio permisivo frente a lo inocultable. Se habla de planes turísticos que se contratan en websites que ofrecen "the whole package" (el paquete completo) y esto incluye drogas y prostitución. Se habla, con miedo, de redes de italianos envueltos en todo tipo de negocios sucios.

Esta ciudad incrustada en el Caribe ofrece una segunda colonia en la que los blancos tienen derechos sobre las nativas. Ellas, urgidas por abandonar esa realidad de hambre, de segregación y de prostitución, se entregan sin miramientos, por unos pocos dólares, y tratan de complacer a los extranjeros al punto de que se las lleve con ellas a su país de origen. Cualquier parecido con Cuba o con Tailandia no es pura coincidencia. El turismo sexual es una realidad en Cartagena, y las mujeres provenientes de los barrios más humildes convencen a sus hijas de 11 y 13 años de que "está bien eso de complacer al extranjero", para que de pronto se las lleve bien lejos de ese infierno.

Es claro que esta no es la Cartagena del reinado de belleza, ni la Cartagena de las dos semanas de mar y de limonada de coco. Un sistema cruel e inequitativo rige esta sociedad concebida para el bienestar de los blancos y para el servilismo del resto de la población. Por eso no extraña que el recién elegido alcalde Curi haya convencido a sus votantes con una bolsa de mercado y con un ventilador. Y lo hace sin el menor recato, porque sabe que en vano irritaría sus cuerdas vocales recitando su plan de gobierno ante un pueblo iletrado y desnutrido. Más fácil dándoles lo que nunca han tenido: un poco de comida y electrodomésticos que ni siquiera podrán conectar en sus cambuches hundidos en la basura y en el barro.

De repente todo nos parece una broma de mal gusto, y quisiéramos pensar que el reinado popular de belleza es sinónimo de la integración cultural de las dos cartagenas. Quisiéramos pensar que todo es una pesadilla o, a lo sumo, el sueño "demasiado creativo" de una niña en una tarde soleada. Pero no, no es Alicia soñando con el país de las maravillas donde toda lógica se subvierte. Esa sociedad atrasada e hipócrita es una realidad que se cae por su peso.

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