Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 2002/05/26 00:00

Carter y Luciani

Con la derrota de Carter el ‘Establishment’ norteamericano respiró de alivio, como la Curia con la muerte de Juan Pablo I.

Carter y Luciani

La semana pasada estuvo de visita en Cuba el ex presidente norteamericano Jimmy Carter, y les causó problemas tanto al actual gobierno estadounidense —el de George Bush, hijo del otro George Bush— como al sempiterno gobierno de Cuba —el de Fidel Castro, que sigue siendo Fidel Castro—. Al uno porque hizo declaraciones condenando el bloqueo económico a la isla que Bush quiere reforzar; y al otro porque, por primera vez en 40 años, la prensa y la televisión cubanas se vieron obligadas a publicar, en boca de un ilustre visitante extranjero, que hay muchos cubanos del interior que quieren que las cosas cambien. Sólo al Papa de Roma se le había permitido hablar sin censura en Cuba, en su visita pastoral de hace dos años. Pero se limitó a decir que había muchos cubanos del interior que querían rezar. Y sí, bueno. Pero lo de Carter, aunque no sea un Sumo Pontífice en activo sino un simple ex presidente de los Estados Unidos, iba más en serio.

Creo que la intempestiva intervención de Jimmy Carter tendrá efectos importantes, y tal vez benéficos, tanto sobre la política norteamericana hacia Cuba como sobre la política interior del gobierno cubano. Contribuirá a la apertura externa y a la apertura interna. Pero no voy a hablar de eso, sino del personaje.

Con Jimmy Carter —Jimmy what? o ¿Jimmy qué? preguntaban con estupor la prensa y los políticos de Washington en 1976, cuando sorpresivamente resultó elegido presidente de los Estados Unidos un desconocido cultivador de maní que era gobernador de la remota Georgia… Con Jimmy Carter, digo, pasó un poco lo mismo que cuando salió del Cónclave convertido en papa Albino Luciani, por esa misma época (en 1978). ¿Albino qué? se preguntaban perplejos los cardenales de la Curia y los editorialistas del L’Osservatore Romano. Por pura equivocación, el Espíritu Santo había puesto en el trono de San Pedro a un cristiano creyente y practicante. Albino Luciani, Juan Pablo I, fue tal vez el primer Papa de convicciones verdaderamente cristianas que había tenido la Iglesia Católica en los últimos, digamos, mil años. Lo de Carter fue igual. Por pura equivocación, el pueblo norteamericano había llevado a la Casa Blanca a un presidente demócrata. Desde… por lo menos desde Abraham Lincoln. No a un miembro del Partido Demócrata; de esos ha habido muchos (y Lincoln, por su parte, era republicano). Sino a un político que creía de veras en la democracia, y quería ponerla en práctica.

Lo del papa Luciani se solucionó pronto: lo mataron (quizás el propio Espíritu Santo) al cabo de 33 días. Lo de Carter fue más difícil: tal vez se pensó que estaba todavía demasiado fresco el asesinato de Kennedy y que andar matando presidentes todos los días daba una deplorable imagen de república bananera. Así que hubo que tolerarlo cuatro años enteros. Cuatro años durante los cuales pasaron cosas tan inusitadas como la democratización de América Central, promovida por Carter, y el avance hacia un acuerdo justo en el conflicto del Medio Oriente, con los acuerdos de Camp David patrocinados por Carter. Había que pararle los pies a ese loco, o iba a acabar llevando al mundo a la libertad y la paz.

Así que se logró impedir su reelección mediante un contubernio contra natura entre el candidato republicano Ronald Reagan y los ayatolas iraníes. Contubernio que consistió en que, a cambio de la promesa de venderles armas y desbloquear las cuentas congeladas en los Estados Unidos de la fortuna robada por el Sha de Irán, los ayatolas se comprometieron a prolongar el asedio de la embajada norteamericana en Teherán hasta que se celebraran las elecciones en los Estados Unidos, para que Carter, desacreditado, las perdiera. Así se hizo. El oscuro arreglo, al parecer, fue obra del entonces candidato republicano a la vicepresidencia, George Bush (padre). Ganó Reagan, que procedió a incumplir su parte del convenio con los iraníes. Y el Establishment norteamericano respiró de alivio, como había respirado de alivio la Curia romana con la muerte súbita de Juan Pablo I.

Porque no hay nada más contrario a los intereses temporales de la Iglesia de Roma que la doctrina de Cristo, en cuyo nombre ha edificado durante 1.500 años (desde su alianza con el emperador Constantino) su riqueza y su poder. Y no hay nada más contrario a los intereses del Establishment norteamericano que la idea de la democracia, en cuyo nombre ha conquistado en 200 años (desde Monroe) su imperio universal.

Nota sobre otra cosa: Mi columna no salió aquí la semana pasada porque cerraron la edición anticipadamente, y lo mío llegó tarde. Por lo visto tenían que publicar una encuesta, y no pensaron que lo cualitativo (la opinión) fuera más importante que lo cuantitativo (los números), ni que lo segundo pudiera convertirse en lo primero. Es gente joven, que ha visto a Bush en la televisión pero no ha leído a Marx. Por eso las elecciones colombianas de hoy las va a ganar Bush. O sea, Uribe.

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