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Opinión

  • | 2018/01/10 14:31

    La manera sobre la materia

    Llama la atención que alguien que asegura que su escogencia para un cargo público tan importante fue meritoria, cometa tantos errores de redacción en un par de cuartillas.

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En la viña del Señor hay de todo, reza un conocidísimo adagio: buenos y malos, ricos y pobres, negros y blancos, bonitos y feos, rectos y torcidos. En el arte, como en cualquier otra disciplina, también. Fue el filósofo y semiólogo francés Roland Barthes quien afirmó que “no puede haber una escritura liberal si el pensamiento de la sociedad que la produce no lo es”.

En otras palabras, no se puede dar lo que no se tiene, ni enseñar lo que no se sabe.

Si es cierto que la escritura y la lectura son dos operaciones opuestas, pues mientras que en la primera se codifica y en la segunda el proceso es contrario, la realidad de los hechos nos dice que son caras opuestas de la misma moneda. El gran Truman Capote, creador de la novela de no-ficción, aseguró en una entrevista con la periodista Pati Hili que hay una diferencia entre escribir y escribir bien, y una más sutil, pero abismal, entre escribir bien y el arte escritural. Un periodista es, ante todo, un lector. Periodista que no lee, no escribe. Y si no escribe, no es periodista, solía decir Felipe S. Colorado, un legendario profesor de la Universidad de Cartagena, creador del ya célebre taller literario Candil.

Un lector, sin importar las categorías identitarias planteadas por Cortázar o por cualquier otro teórico del lenguaje, no es tonto. La escritura no es solo un mecanismo de comunicación, sino también una manera de dejar plasmado en el papel ese conjunto de elementos axiológicos que definen culturalmente a un grupo social en particular. Las normas gramaticales y el lenguaje son el puente que contribuyen a plasmar los conocimientos, los hechos o las perspectivas que alguien tiene de la vida o del mundo. Pero también nos habla de ese diálogo que el “escritor”, sin importar que hagamos referencia a una columna de opinión, un artículo científico o una extensa obra literaria, ha mantenido, a lo largo de su vida, con otros escritores. Es decir, estos nos dejan ver sus niveles (superficiales o profundos) de lectura, pero, sobre todo, la riqueza escritural representada en el lenguaje y en eso que el autor de A sangre fría llamó “la manera sobre la materia”.

Las dos réplicas del gerente de Telecaribe -publicadas en este mismo espacio a raíz de mis denuncias por los hechos de corrupción que desde hace cuatro años vienen dándose en el canal regional de la costa norte colombiana, y que los lectores pueden consultar en la web de la revista- son solo una clara muestra de cómo no debe escribirse un texto, mucho menos si este va a ser publicado en un medio tan leído por los colombianos como es la revista SEMANA. Negar los hechos de corrupción, como lo hace cualquier “perseguido político”, no es lo que me asombra, pues es sabido que el objetivo de mentir es casi siempre ocultar una verdad o manipular la realidad para crear otra más llamativa, sino que alguien que asegura que su escogencia para un cargo tan importante fue meritoria, cometa tantos errores de redacción en un par de cuartillas. Pero, además, tenga un título de periodista.

En mi artículo anterior escribí que el único nombre de la terna presentada que no tenía maestría ni experiencia en administración era este señor, pero no dije quiénes eran los gobernadores que conformaban la controvertida junta directiva que catapultó a Buelvas a la gerencia de este canal.

En una nota del diario cartagenero El Universal, en su edición del 12 de julio de 2013, se puede leer el titular “Se posesionó nuevo gerente de Telecaribe ante el Gobernador de Sucre”. El gobernador de entonces era el inefable cacique Julio Guerra Tulena, uno de los miembros más viejos de ese legendario y nefasto clan politiquero que ha desangrado durante varias décadas a la administración departamental y tiene a Sucre sumido en un atraso eterno, cuya salud está en cuidados intensivos y los pobladores no tienen un acueducto a la altura de sus necesidades, pues el agua solo llega a los hogares cada tres días en un lapso de tres horas.

Pero el asunto no termina ahí. Hoy la Fiscalía General de la Nación lo investiga por un dosier de delitos ocurridos durante su administración, que, según informó el ente investigador a El Tiempo, “incluye irregularidades en la contratación para comprar uniformes para los médicos del Hospital Universitario de Sincelejo, un convenio entregado a dedo para celebrar fiestas patronales y multimillonarios pagos a IPS cuestionadas por tratamientos a enfermos mentales que no existían” (19/03/2017).

El vicepresidente de esa misma junta era un señor que el país conoce hoy muy bien y que por esa época desempeñaba el cargo de gobernador de Córdoba. Hago referencia a Alejandro José Lyons Muskus, cabeza visible de uno de los escándalos de corrupción más grandes que ha vivido la costa Caribe después del atraco monumental a la Refinería de Cartagena, Reficar. Lyons no solo se embolsilló más de 100.000 millones de pesos del presupuesto destinado a la inversión y al funcionamiento del departamento, sino que creó toda una red de tráfico de influencias y una extensa mafia que, según la Fiscalía, llevó al asesinato del entonces director de regalías Jairo Zapa Pérez.

Otro nombre que figuraba en esta pulcra junta directiva de Telecaribe era Luis Miguel Cotes, mejor conocido en el mundo de la política local samaria como el Mello y presidente, a su vez, del Consejo Superior de la Universidad del Magdalena. Cotes hace parte hoy de ese abanico de 15 de los 32 gobernadores del país investigado por sus numerosos actos de corrupción y su presunta relación con un puñado de jefes paramilitares, entre los que se destacan alias Jorge 40.

Pero ninguno de los nombres que figuraban en este listado de ‘honorables señores‘, sobresale más que el de Juan Francisco Gómez, conocido con el alias de Kiko Gómez, condenado recientemente por la justicia colombiana a pagar 55 años de prisión por los asesinatos de la alcaldesa de Barranca, Yandra Brito; su esposo, Henry Ustáriz, y su conductor, Wilfrido Fonseca. A lo anterior habría que agregarle los más de 780.000 millones de pesos que se perdieron de regalías por los conceptos de gas, carbón y petróleo destinados a la educación, salud y agua potable de los guajiros durante los años de su administración.

Tener como electores a un grupo de personas cuestionadas por sus actos de corrupción y asesinatos, no se constituye, desde mi punto de vista, en un acto meritorio que le permita a alguien sacar pecho. Mucho más cuando los competidores por el cargo al que se aspira tienen un recorrido brillante y demostrable en la administración, comunicación y, por supuesto, en lo académico. La pregunta que podrían hacerse entonces los lectores de este espacio es: ¿de qué méritos habla el señor? Continuaré con el funesto listado de hechos de corrupción en una próxima oportunidad.

Twitter: @joaquinroblesza
E-mail: robleszabala@gmail.com
*Magíster en comunicación.

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