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Opinión

  • | 2017/07/05 07:49

    Barajar las cartas

    Cartas de pícaros arrepentidos ya las tenemos en varios formatos: versión Odebrecht, versión Interbolsa, y ahora, con el aporte del ex fiscal Moreno Rivera, versión Fiscalía.

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La trampa empieza desde el encabezado: “Padre perdóname porque no supe lo que hice”.

Hábil el exfiscal Luis Gustavo Moreno Rivera porque con esas comillas (¿es de alguien más la frase o la auto-cita es fruto de la vanidad?) acude de manera retórica, para conmover, a la famosa oración que dicen escribió hace siglos San Lucas en su Evangelio (23,34): “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”, la primera de las Siete Palabras que dijera Cristo antes de morir.

Dicen que el exdirector de la Unidad Anticorrupción de la Fiscalía escribió esa carta justo al inicio del viacrucis que lo llevará de la cárcel La Picota hasta alguna prisión en Estados Unidos, si es extraditado. A primera vista parece una nota muy sentida pidiendo perdón, pero hay algo sospechoso porque tras el corto arrepentimiento inicial pasa a resumir su trayectoria profesional, exaltando sus estudios y logros en la lucha contra el crimen, además de desenmascarar carteles, como afirma, y poner “en evidencia sensibles problemáticas de la realidad jurídica de Colombia”.

Este último punto que señala es el único del que no cabe dudar, porque evidentemente Moreno Rivera arrojó nueva luz sobre la “problemática” del sistema judicial colombiano: está bastante podrido, la corrupción lo atraviesa de arriba abajo, desde los cargos más altos de la Justicia hasta tocar a los jueces municipales.

Nada de esto es nuevo; todo parece un vergonzoso remedo de un guion de serie de televisión. Y no me refiero a la corrupción de los delincuentes de cuello blanco, ni a la DEA destapando entramados, ni a los pillos que delatan a terceros para obtener beneficios. Hablo de la fórmula de enviar una carta pidiendo perdón al país, con tanto y tan sentido arrepentimiento que hasta se atreven a reflexionar sobre la vanidad y la codicia, el valor de ser recto, apreciar a la familia y procurar siempre la paz interior.

Eso sí, de devolver lo robado, lo lavado, los bonos logrados a través del desfalco a otros o por cuenta de cerrar los ojos frente a las maniobras criminales de sus empresas o entidades, dicen poco, pero maquinan bastante. Con cierta torpeza, ya al final de su carta Moreno Rivera deja ver otro de sus reales propósitos: que no le quiten los bienes adquiridos previamente, alegando que los logró con trabajo honrado.
Esas cartas de pícaros arrepentidos dan rabia. Ya tenemos varios formatos disponibles: versión Odebrecht, por cuenta del ex ministro Gabriel García; versión Interbolsa, de puño y letra de Jorge Arabia; ahora Moreno Rivera hace su aporte, como ficha destacada de lo que se denomina ya como el cartel de los fiscales.

La fiscal Fanny Vega no debería ser la única en declararse indignada con el “hoy sé que a cualquiera de nosotros le puede pasar”, como escribe el exfiscal, porque es ahí donde está la diferencia entre el criminal –más aún si es un privilegiado del poder y el dinero- y el ciudadano que sale a lucharla honradamente y decide no actuar de manera ilegal para aumentar su riqueza o estatus.

A cualquiera no le pasa; no todos los colombianos ni todos los funcionarios son unos hampones. A través del manoseo retórico, Moreno Rivera trata de bajarle la gravedad a lo que hizo y procura algo de empatía dejando latente esa tesis según la cual la corrupción es un cáncer que ataca a la sociedad, un pulpo que se va tomando todo, un algo externo e imparable ante el cual el débil y voluble individuo sucumbe, como poseso por un demonio que le roba voluntad y pensamiento. Labia de abogado reducir sus delitos a “mal comportamiento”.

Si el exdirector de la Unidad Anticorrupción hubiera puesto atención a lo que dijo el Papa Francisco a principios del año pasado, se habría ahorrado reescribir con tanto esmero a San Lucas: << “Hay un momento en el que el hábito del pecado o un momento en que nuestra situación es tan segura y somos bien vistos y tenemos tanto poder” que el pecado deja “de ser pecado” y se convierte en “corrupción“ >>. Moreno Rivera supo lo que hacía.
Y si en vez de pasarlo por el polígrafo lo hubieran puesto a escribir una carta pública sobre la ambición y la soberbia, tal vez Luis Gustavo Moreno Rivera no habría logrado llegar al punto al que llegó.

* @Polymarti en Twitter

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