Lunes, 20 de octubre de 2014

| 2013/08/14 00:00

Ceguera y ostracismo en el debate cultural

En Colombia, el arte es una disciplina de segunda pues se circunscribe en el espacio del ocio.

Foto: Joaquín Robles Zabala

En una oportunidad, ante un auditorio que lo escuchaba atentamente, el maestro Fernando Botero les aconsejó a los jóvenes artistas abandonar el país si querían que sus obras les fueran reconocidas.

La frase se insertaba, seguramente, en un contexto experiencial que se extendía a otros artistas de su generación que lucharon por sobresalir en medio de las vicisitudes de una sociedad que les cerraba las puertas y que consideraba que ser pintor, poeta o cantor era una vaina de maricas, drogadictos y bohemios. 

La historia de Gabriel García Márquez, Fernando Vallejo y Germán Espinosa, entre otros, podría enmarcarse hoy en los límites de la simple anécdota, pero dejó claro que en Colombia el arte es una disciplina de segunda, como lo es, sin duda, el oficio de maestro.

La razón puede resultar para algunos obvia, pues el arte se circunscribe en el espacio del ocio. Y el ocio, pensaban los abuelos, era el causante de todos los males de la sociedad, ya que existía la creencia generalizada de que este no servía para nada porque no era práctico ni lucrativo en la misma medida en que podían serlo profesiones liberales como el derecho o la medicina. 

Desde Platón hasta nuestros días, la pregunta sobre la utilidad del arte ha sido el caballito de batalla para que académicos y teóricos escriban decenas de libros que pretenden dar una explicación a unas manifestaciones culturales que buscan mostrar en todo su esplendor el mapa genético de la sociedad, pues todo producto cultural, nos recordaba Norbert Elias hace más de sesenta años, es como la huella dactilar de un momento histórico, el espejo donde se mira un grupo social en particular, pero sobre todo la manera cómo piensa, ve y actúa en ese mundo que le tocó vivir.

El florecimiento del arte en la Italia renacentista estuvo sujeto al desarrollo económico de la península, en particular de Florencia. El surgimiento del mecenazgo propició la aparición de figuras emblemáticas como la de Leonardo da Vinci, Rafael, Miguel Ángel y Sandro Botticelli, entre otros. Las legendarias familias Médici y Borgia, las mismas que Hollywood ha convertido en míticas series de televisión, se irguieron como albaceas de una generación de pintores y escultores cuyas obras siguen tan vigentes como en el momento en que fueron creadas.

Hoy, los mecenas desaparecieron y las instituciones fundadas por un Estado eternamente en crisis solo parecen funcionar en el papel. La historia del maestro cartagenero Leonardo Aguaslimpias, un boxeador que cambió los guantes por los pinceles y que se hizo popular por plasmar en sus lienzos figuras de mujeres de traseros voluminosos y cinturas angostas, parece un libreto de Fernando Gaitán para una nueva telenovela de RCN. Hace un par de meses, agobiado por las deudas económicas, enfermo y sin a quien recurrir, el pintor tomó la decisión de cerrar su taller, ubicado en la carrera 48 con calle 70 de la ciudad de Barranquilla. Y nadie, hasta el momento, ha vuelto a saber de él.

“En nuestro país es todo un camello vivir del arte”, les aseguró a sus amigos, entre sonriente y resignado, días antes de que desapareciera sin dejar rastros.

Pero la historia del maestro Aguaslimpias es solo el inicio de una cadena de ejemplos con los que podríamos ilustrar esta nota. Solo después de la muerte de Héctor Rojas Herazo -el creador de la memorable novela ‘Celia se pudre’, y quien para algunos estudiosos de la literatura moldeó el camino que llevaría a ‘Cien años de soledad’—se supo de las penurias económicas y de salud que presidieron su muerte. La promesa de una pensión, hecha años atrás por los burócratas que dirigían el desaparecido Colcutura, nunca se concretó y como la historia de ‘El coronel no tiene quién le escriba’, el maestro permaneció los últimos años de su vida a la espera de un dinero que nunca llegó

Algo similar podríamos decir de Manuel Zapata Olivella, autor de grandes novelas y cuya problemas económicos se hicieron evidentes al final de sus días, cuando una trombosis le paralizó parte de su cuerpo y el poco dinero que recibía por concepto de derechos de autor se iba en la compra de medicamentos y en el pago de enfermeras.

Hace poco, en una nota de un diario local, el escritor Óscar Collazos se lamentaba de cómo la cultura era la gran ausente en los programas de los distintos aspirantes a la alcaldía de Cartagena. Y lo era porque esta siempre se ha constituido en el patito feo de las distintas administraciones que ha tenido la ciudad de don Pedro de Heredia. A esto se le agrega el escaso prepuesto que se le asigna y el elevado nivel de corrupción que permea a todas las instituciones del distrito.

Claro que a esto podríamos abonarle el poco conocimiento que tienen los mandatarios locales sobre el tema. Y se agrava aún más cuando la dirección de un instituto como el de Patrimonio y Cultura de Cartagena [IPCC], encargado de darle vida a los proyectos y dinamizar los distintos eventos culturales del distrito, se asigna a dedo a personas poco calificadas para ocupar dicho cargo.

En las últimas administraciones, el despelote en este tema ha sido evidente. El robo sistemático del presupuesto es quizá el punto más visible del desarrollo cultural de la ciudad. Esto lleva, por lo tanto, que el concepto de mérito y transparencia que debe aplicarse a los proyectos presentados por los distintos proponentes que aspiran realizar un evento, ya sea la publicación de un libro, la investigación de un tema que afecta la vida de los ciudadanos o el montaje de una obra de teatro, se constituya solo en unas palabritas en el papel.

Por otro lado, resulta irrisorio para los trabajadores de la cultura de la ciudad la cuantía que el Instituto asigna para cada una de las modalidades de los concursos que convoca, tanto en becas como en géneros literarios. Y resultó irrisorio porque la mayor parte del poco presupuesto que se asigna, se desliza hacia las arcas de la burocracia, beneficiando directa o directamente a los distintos amigos de quienes tienen la obligación de promocionar y distribuir los recursos que les son asignados.

La anécdota contada por una poeta que estuvo seis meses yendo diariamente a la sede del IPCC para que le aprobaran la publicación de un libro, sin lograr siguiera una respuesta de los entonces directivos, nos deja ver apenas la punta de un problema que presenta múltiples aristas, pero también muchos baches y profundas diferencias en el concepto de obra de arte. 

Poco después, ese mismo libro fue seleccionado por una prestigiosa editorial española para ser incluido en un ambicioso proyecto editorial sobre poetas jóvenes latinoamericanos. Quizá a esto hacía referencia el maestro Fernando Botero. Quizá a la ceguera de nuestros dirigentes. Pero también al ostracismo mental que caracteriza a un país tradicionalmente conservador.


*Profesor de comunicación y literatura de la Universidad Tecnológica de Bolívar. 

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