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Opinión

  • | 2014/02/07 00:00

    ¡Al diablo con el celibato!

    “El Celibato no es esencial para el sacerdocio, no es una ley promulgada por Jesucristo”. Declaración del Papa Juan Pablo II en julio de 1993.

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Es preferible admitir que los curas y las monjas se casen y tengan sus hogares dentro de las normas legales, que estar asistiendo a los más vergonzosos escándalos de amores clandestinos, casos de pederastia, homosexualismo y demás abusos sexuales, en las narices de sus mismos feligreses.

Hemos visto sacerdotes y jerarcas de la Iglesia Católica, muy celosos en el cumplimiento de sus deberes como verdaderos pastores y salvadores de almas, pero lamentablemente han caído en la tentación de tener sexo clandestino. Por este hecho su vida sacerdotal se frustra y finalmente van a parar al escarnio público o son expulsados de su vida religiosa.

Son miles los amores ocultos entre religiosos y religiosas, que tienen hijos y los mantienen en la clandestinidad, siempre bajo el temor de ser descubiertos y denunciados ante sus superiores, pero al morir dejan todo un manto de duda ante la feligresía a la cual pastorearon.    

La Iglesia Católica de todos los tiempos no ha sido muy clara en el manejo del celibato puesto que no está muy segura de que provenga de un mandato divino. Lo cierto es que a través de todos los tiempos hemos asistido a los más tenebrosos escándalos, por cuenta de las desviaciones sexuales, provocadas por curas, obispos, cardenales y monjas.   

Considero que con el actual Papa Francisco, que está dando muestras de querer reformar la Iglesia, este drama debe desaparecer y los curitas y monjas puedan disfrutar de los placeres del sexo, desde luego, que sin extraviarse por los laberintos de las laxitudes y los recovecos de las sacristías, seminarios y conventos, que son testigos mudos de sus muchos desvaríos.  

Los peores escándalos en la Iglesia Católica, están por cuenta del Celibato. Debemos aceptar que los curas y monjas son seres humanos y que como tal, padecen las tentaciones del sexo, que al no poderlos satisfacer legalmente, acuden a la clandestinidad cuando no es que se deslizan por los caminos de la homosexualidad y otras aberraciones sexuales.

Ya hemos visto cómo varios curas se encuentran en las cárceles, purgando condenas por abuso de menores, todo esto derivado de la promiscuidad a que son sometidos por sus superiores a través de una abstinencia sexual, nada conveniente para su salud y bienestar, que es aplicada a la tonta tolondra, sin medir las consecuencias sociales que de él se derivan.

Desde los inicios de la Iglesia Católica, en el siglo primero, el primer Papa San Pedro y los apóstoles escogidos por Jesús, en su mayoría eran hombres casados.  

¿Quién ha logrado comprobar que Jesucristo el hijo de Dios, que vino al mundo para salvarnos y que finalmente murió crucificado por culpa de nuestras bellaquerías, no se tiró sus canitas al aire? Muy posiblemente que sí. Todo esto fundamentado en que mientras el Celibato no provenga de un mandato divino, es muy proclive para que los sacerdotes y monjas caigan en la deliciosa tentación de violarlo. 

El inicio del celibato, fue en el año 325 con el Concilio de Nicea, que proclamó, que una vez ordenados, “los sacerdotes,  no pueden casarse”. Esto fue lo que se conoció como el Credo de Nicea. 

En el año 385 el clérigo Ciricio, abandona a su esposa para convertirse en Papa. Por tal motivo se decreta que “los sacerdotes ya no pueden dormir con sus esposas”, es decir, aquí es donde nace el celibato con los rigores conocidos a través de todos los tiempos
Sin embargo, las normas del celibato jamás se han cumplido, pero, todo aparece más rígido en los tiempos de la inquisición, cuando los curas y religiosas que lo violaban, recibían tremendos castigos que muchas veces los llevaban a la muerte.

En los siglos posteriores a su implementación, fueron varios los Papas, que antes de serlo, ya eran casados y existen testimonios de tiempos atrás, donde han sido varios los Papas hijos de Pontífices. 

Total que para ser sinceros, el Celibato no fue implementado por mandato divino, fue la doctrina de la Iglesia Católica, en uno de sus Concilios, la que lo elevó como dogma tan sagrado, que tanto los hombres como las mujeres dentro de las comunidades religiosas, deben practicarlo.  

Pero si hablamos de la Iglesia de los últimos tiempos y traemos a colación su doctrina social, encontramos que estos principios se contradicen con lo que se predica y no se aplica.

Es claro que el Concilio Vaticano Segundo, lo refrendó como una forma de agradar a Dios, y ser más perfectos en el cumplimiento de sus deberes  y ministerios sacerdotales. 

Si nos detenemos a analizar el celibato en nuestro medio social y religioso, encontramos que en cada parroquia de pueblo o ciudad, hay una historia de curas que contar, por violación a sus normas. 

¿Cuántos curas en pleno ejercicio sacerdotal, tienen amores clandestinos, procreando hijos, con ciertas damas de las parroquias? Sin embargo, esto se ha mirado como un pecado, que convertido en escándalos hacen temblar a las viejitas mojigatas y camanduleras. 

La mejor solución es que la Iglesia Católica acabe con esta figura para que quienes ejerzan el ministerio sacerdotal puedan contraer nupcias y así los creyentes podemos estar absolutamente seguros que se entregarán con más amor y humildad a trabajar por las comunidades a las cuales son designados por sus superiores. 

De otro lado la pederastia, por lo menos se controlará con mayor facilidad, puesto que con tal abolición se trazarán normas más rígidas para que quienes las incumplan sean sancionados sin ninguna consideración.

urielos@telmex.net.co
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