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Opinión

  • | 2014/05/31 00:00

    Centro, periferia y democracia

    Si gana el candidato uribista, no solo habremos escogido presidente, sino también cuatro años de más plomo, más hambre, más pobreza, menos educación y 650.000 pesos de salario básico.

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Aquí la cuestión no es la escogencia entre Santos y Zuluaga, ni ese dualismo feroz entre la guerra y la paz. Aquí el problema es de conciencia. El desarrollo de los pueblos no solo es medible en el terreno de la infraestructura, la industria y el comercio, factores que podrían determinar a duras penas el PIB pero no el desarrollo mental de las sociedades. El hecho de que el candidato uribista haya obtenido la mayor votación de Bolívar en Cartagena de Indias -la única ciudad de la costa norte donde ganó- no tiene nada que ver con la democracia, pero sí mucho con ese atraso mental de los cartagenero. No es una metáfora que la urbe de don Pedro de Heredia navegue todavía en los extramuros del siglo XVI y tenga 200 años de atraso con respecto a Barranquilla, su hermana menor.

Si observamos el mapa político que dibujan los votos obtenidos por Santos y Zuluaga, nos encontramos que el candidato del uribismo ganó en los departamentos del centro de Colombia y Santos lo hizo en la periferia. No hay que olvidar que el centro, en el terreno de los estudios socioculturales, es el espacio que instaura las reglas, que defiende la normatividad de las mismas y mira todo aquello que está por fuera de estas con desprecio. En este sentido la historia no miente: Roma invadió gran parte de Europa, Asia y África y llamó bárbaros a todos aquellos pueblos que, de una u otra manera, no pudo conquistar. La historia la repitió España con los nativos precolombinos y poco después la replicó Inglaterra con los del norte de América.

El centro impone las reglas y defiende, en muchos casos, con la fuerza de la espada su estricto cumplimiento. El centro es sinónimo de unas normas que pretenden conservar la línea recta y dibujar las bases sobre las que edifica la sociedad. Las mismas que mantuvieron durante muchos siglos a la mujer atada al espacio de la cama y la cocina y le dieron a la Iglesia Católica el poder sobre los otros credos. La periferia es leída entonces como el lado opuesto donde la normatividad se hace añico. No es de extrañar que las costas del país sean las regiones menos desarrolladas de Colombia pero propicias para el descanso y el ‘folclor’. Este hecho las ha convertido, en algunos casos, en espacios de recreación, ese primer estadio natural del hombre que –según Freud— se pone de manifiesto antes de alcanzar la razón.

Y es precisamente este último estadio el que diferencia al niño del hombre, el que nos permite abandonar la infancia para alcanzar la adultez. Quizá esto explique por qué nuestra democracia --a pesar de los años-- sigue estando en pañales, por qué Colombia sigue siendo el país más desigual de la región y por qué el candidato uribista haya afirmado que el salario ideal para el colombiano promedio es de 650.000 pesos, una suma que seguramente no le alcance a él para tanquear el carro, pero que considera justa para una familia que a duras penas sobrevive.
El centro, como dije, impone las reglas, reafirma las creencias y nos hace ver lo anormal como norma. Desde el centro se ha gobernado, literalmente, al país desde los inicios de la República y nos han enseñado desde los bancos de la escuela una democracia de papel, definida exclusivamente por el voto. Asimismo se han impuesto las guerras y moldeado, a conveniencia, la estructura mental de los ciudadanos y las estructuras del poder que gobierna el país. De ahí que miremos con normalidad la violencia que nos azota desde hace más de un siglo. De ahí que la economía funcione como un relojito suizo pero que a los ciudadanos de a pie nos vaya como a perro en misa.

Decir que la democracia es la voluntad de las mayorías es una expresión retórica que ha hecho carrera en las sociedades liberales pero que en fondo no define nada. La democracia implica libertad de escogencia, pero sobre todo libertad de conciencia. Y a esta solo se accede a través de la formación educacional del individuo. Pero en Colombia, como ha quedado demostrado a lo largo de los años, la educación es mala porque las políticas que la definen lo son. Si la educación es mala, la libertad de conciencia se contrae como un globo que se desinfla y la libertad de escogencia se limita.

Hace varios años, la Asociación Colombia de Psiquiatría reveló un estudio nada alentador para el país: cuatro de cada 10 colombianos tiene problemas mentales, lo que en otras palabras nos dice que un promedio de 18 millones de compatriotas sufren de algún trastorno que los hace actuar por fuera de los límites de la convivencia social. Si a esto se le agrega el estado de postración de nuestra educación y el 48 % de pobreza de los ciudadanos, podríamos concluir que la democracia colombiana debería estar en cuidados intensivos.

Por eso no me extrañó para nada los resultados de las elecciones del 25 de mayo, ni me extrañaría que el 15 de junio resulté ganador el candidato uribista. En este sentido, habremos elegido lo que quizá no nos merecemos: más plomo, más hambre, más pobreza, menos educación y 650.000 pesos de salario básico. Pero, desgraciadamente, así funciona la democracia.

En Twitter: @joarza
E-mail: robleszabala@gmail.com
*Docente universitario.
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