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Opinión

  • | 1983/05/30 00:00

    CENTROAMERICA: ¿QUIEN GANA, QUIEN PIERDE?

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La intervención de Ronald Reagan ante el Congreso norteamericano fue recibida con escepticismo, especialmente en el delicado campo de la opinión pública norteamericana que fue precisamente, donde se perdió la guerra del Vietnam, y en este sentido los observadores consideran que debe ser muy angustiosa la visión que tiene Reagan del futuro centroamericano: sólo así se justifica que esté arriesgando en forma tan peligrosa su prestigio por lo que en principio parecería ser un rincón tan geográficamente insignificante como El Salvador, cuyo ejército institucional no se caracteriza precisamente por su buen desempeño en el campo de los derechos humanos. ¿Qué determina, entonces, el urgente llamado de Reagan al Congreso, en espera de la aprobación de una ayuda por valor de 60 millones de dólares para el gobierno de El Salvador? Sencillo. El hecho de no poderse afirmar a ciencia cierta, en una guerra contra guerrillas, que el ejército institucional está ganando, sólo tiene una explicación: que está perdiendo. Y esa es la pura verdad de lo que ocurre en El Salvador.
El incidente de los aviones del Coronel Kadhafi sólo ayudó a completar el desolador panorama, haciendo todavía más escandaloso el papel nicaraguense en todo este proceso de desestabilización centroamericana. El hecho de que fuera Nicaragua el destino final del cargamento aéreo, unido a la sospechosa coincidencia de que los aviones de Kadhafi hubieran preferido tomar la ruta más larga, sobrevolando Brasil, en lugar de haber hecho el trayecto lógico, y más corto, de cruzar el Atiántico a través de Cuba, corrobora además ciertos rumores en el sentido de que Nicaragua estaría asumiendo algunas de las funciones de liderazgo que Cuba desempeñaba en el campo del entrenamiento y abastecimiento de la guerrilla en el Continente: particularmente con el M-19, al que se supone iba destinado parte del cargamento de Kadhafi, Castro se habría negado a colaborar durante un tiempo indefinido por consideración con la política de paz del Presidente Betancur; ello habría obligado a la guerrilla colombiana a buscar apoyo directo en Nicaragua país con el que en la actualidad estarían arreglándose las principales actividades del M-19, hasta el punto de que fue el coordinador de la junta sandinista, Daniel Ortega quien presentó a Kadhafi y a Bateman en Libia, permitiendo de esta manera que pudiera negociarse el abastecimiento de armas que estuvo a punto de culminar hace dos semanas en algún rincón del Caquetá.
Reagan, y en general los Estados Unidos, parecen llevar en todo este proceso las de perder. Ante el temor de que el continente centroamericano caiga en poder de los intereses de la Unión Soviética, Estados Unidos se ha visto obligado a hacer equipo con gobernantes de discutible idoneidad política y moral, que son en la gran mayoría los que aún sostienen las riendas de los países centroamericanos, la ayuda que el gobierno norteamericano viene brindándoles está, en gran proporción, destinada a incrementar la eficacia. del ejército y no a mejorar el nivel de vida de los habitantes del Continente promoviendo reformas de índole social y económica, lo que limita la intervención de los EE. UU. en Centroamérica a una campaña militar que intenta salir victoriosa en medio de la pobreza y la injusticia.
La ayuda proveniente de la URSS vía Cuba y Nicaragua, si bien igualmente destinada a fines militares, ha logrado sin embargo sofisticar de tal forma a las guerrillas centroamericanas, y especialmente a las salvadoreñas, que sus victorias no logran ser solamente militares sino también políticas: cuando se toman una localidad le otorgan excelente tratamiento a los civiles, pagan por su comida y hospedaje y liberan posteriormente a los soldados capturados, creándoles la idea de que es mejor rendirse, en una batalla, que dejarse matar en el intento de ganarla. Y aunque los dólares invertidos por EE. UU. en el ejército salvadoreño han logrado hasta cierto punto convertir a sus soldados en un disciplinado cuerpo de hombres sometidos a lo que se vislumbra como un mínimo código moral de conducta, continúa uniéndolos el común denominador de la corrupción y de la ineficacia, hasta el punto de que muchos de ellos venden sus armas a las guerrillas por los beneficios económicos que ello les reporta. No tienen mística, la moral anda por los suelos, sufren una aguda escasez de municiones, carecen de una defensa aérea y de una adecuada organización hospitalaria ambulante,y sufren considerables bajas y deserciones en la mayoría de oportunidades en las que se enfrentan directamente a las guerrillas.
Que esto,la ayuda económica de los EE. UU. al ejército no será suficiente para garantizar que El Salvador no correrá a mediano plazo el mismo destino de Nicaragua, es más que cierto. Pero todavía no es demasiado tarde para promover reformas económicas y sociales ,que conquisten a la población salvadoreña con la satisfacción de sus necesidades primordiales en vez de con la autoridad de las armas, que produce solidaridades tan temporales que jamás podrían permitir afirmars a ciencia cierta, quién es en realidad el que está ganando la guerra.
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