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Opinión

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El presidente Hugo Chávez quiere _entre otras cosas_ ponerle a su país el nuevo nombre de
República Bolivariana de Venezuela. No les faltaba sino eso a los pobres venezolanos, que tanto han
padecido ya a manos de sus gobernantes, desde Páez hasta Caldera. Porque no hay nada que traiga tan
mala suerte _para un país, para un colegio de bachillerato, o hasta para una simple plaza de pueblo_ como
llevar el nombre del Libertador. Piensen ustedes en Bolivia, con su historia a la vez trágica y risible. Miren el
horror de Ciudad Bolívar, en las lomas peladas del suroriente bogotano. ¿Y han tenido la ocasión de
encontrarse en una curva de carretera con una flota Bolivariana? Parece como si el nombre de Bolívar
fuera una maldición.
O tal vez sea que, al contrario, los enemigos póstumos del gran hombre han querido sepultar su memoria
bajo lo peor que encuentran: los barrios más miserables, los países más desgraciados, los más mediocres
colegios de segunda enseñanza. Pobre Simón Bolívar, cuyo nombre ha sido usurpado siempre, y usado
siempre en vano, en falso, por los dirigentes de los países libertados por él: esos mismos dirigentes que hace
casi dos siglos celebraron con fiestas su muerte desolada cuando iba, huyendo de ellos, al exilio.
Pero sobre todo, digo, pobres venezolanos. Pues lo que su iluminado presidente se dispone a encasquetarles
ahora bajo la advocación bolivariana es un temible proyecto fascista populista. Más temible aún si es de
verdad 'bolivariano', pues de Bolívar toma lo peor: la tentación de la dictadura. "Desgraciados el pueblo que
obedece y el hombre que manda solo", reflexionó una vez Bolívar ante una asamblea constituyente que se
disponía a otorgarle una vez más todos los poderes; poderes que él, una vez más, se disponía a aceptar. Se los
dieron, los aceptó; y todos fueron desgraciados. Chávez copia sólo la mitad de Bolívar: no la reflexión lúcida,
sino la acción inútil (y dañina quizás). La acción sin la reflexión sobre su inutilidad: "El que sirve a una
revolución ara en el mar".
(Aunque tal vez habría que hablar más bien de la inutilidad de la reflexión. Y de la inevitabilidad de la acción).
Sin embargo, lo 'bolivariano' del presidente Chávez no está tanto en la inspiración ideológica, que además
de oportunista es sin duda superficial: no parece, por lo que dice y hace, saber mucho de la acción ni de la
reflexión de Bolívar. Se limita a utilizarlo, y a tergiversarlo. Por lo demás, lo característico de Bolívar es
el haber sido utilizado y tergiversado siempre, por los unos y para los otros, para esto y para aquello y para
todo lo contrario: para lanzar una marca de cuadernos escolares, para justificar un golpe de Estado, para
legitimar la subversión, para hacer un análisis histórico o para rebatirlo. Probablemente también yo lo esté
tergiversando ahora, al atribuirle al 'genio de la Gloria', a ese vital hombre de acción cuyo modelo fue el joven
Bonaparte, un nihilismo escéptico más propio del desencantado Marco Aurelio. Pero estas
interpretaciones son aquí secundarias. Lo que quiero decir es que lo verdaderamente 'bolivariano' de
Hugo Chávez no son sus ideas, sino su carácter. También él es un hombre de acción. También él es un hombre
que quiere "mandar solo".
Digo que su proyecto político para Venezuela es temible porque, aparte de 'bolivariano' en ese peligroso
sentido de la tentación dictatorial, es populista y fascista. Sus objetivos son populistas; y elogiables: sólo
entre los partidarios de la opresión tiene mala fama el populismo. Se trata de rescatar a los desheredados, a
los desposeídos, a los olvidados, a los pobres. A la gran masa del pueblo venezolano, relegada a la
miseria durante siglos (y no sólo durante los últimos 40 años, como dice Chávez, oportunistamente, para
exculpar al ejército del que él mismo proviene, tan corrupto como los partidos, cómplice suyo en estos 40 años,
y que, antes, gobernó a Venezuela tan desastrosamente como ellos durante otros 40: pero los métodos para
lograr esos objetivos son, no sólo populistas en el más grosero de los sentidos _la demagogia de las
promesas imposibles de cumplir, el azuzamiento de las bajas pasiones de la venganza y el rencor contra los
otros: la culpa es siempre de los otros_, sino además resueltamente fascistas: un Hombre, un Pueblo. Un
hombre que manda solo, jefe o caudillo _un "capitán de la Revolución", dice Chávez, que es coronel del
ejército_, y un pueblo que obedece, los dos mística y misteriosamente unidos sin necesidad de instituciones
intermediarias de equilibrio o de control: ni siquiera esa Asamblea Constituyente que Chávez llama
"soberanísima" y a cuyos pies pone su cargo humildemente (bolivarianamente) para que lo reelija a mano
alzada y apruebe sin rechistar una Constitución redactada de antemano por el propio capitán del pueblo. Y a
la vez, en la práctica cotidiana, una acelerada militarización de la sociedad: coroneles del ejército en todos
los altos cargos del gobierno, y educación militar para los niños de 8 a 16 años en todos los colegios. Y es
el ejército el que se ocupa de sacar muelas, de enseñar geografía, de proteger la fauna, de defender las
libertades, de manejar los pozos de petróleo.
Que ese proyecto _o, más bien, ese Hombre_ haya sido respaldado arrolladoramente por los votantes
venezolanos demuestra que es popular, pero no que sea sensato. Que el establecimiento político tradicional
de Venezuela haya merecido ser barrido por los electores demuestra que era inepto y corrupto, pero no
que su sustitución por el chavismo sea mejor. Que la enfermedad venezolana fuera innegable, y grave, y
tal vez insoportable, no significa que el remedio del presidente coronel sea bueno, aunque haya sido
inevitable. Sus métodos, muy probablemente, destruirán sus objetivos. Suele ocurrir así.
Hablo sólo de oídas. No vivo en Venezuela, ni conozco a fondo los resortes de su sociedad, y ni siquiera los
de su economía; y aún menos, claro está, los de su felicidad, si es que tal cosa existe. Pero así de lejos, y
así de oídas, me da la desagradable impresión de que la cosa no va a salir muy bien. Los dos, el hombre solo
que quiere mandar y el pueblo soberano que (por ahora) quiere obedecer, van a ser desgraciados ambos,
como intuyó Bolívar.
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