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Opinión

  • | 2009/08/02 00:00

    Chávez, el cara dura

    Ahora resulta que nosotros, los agredidos por su apoyo al terrorismo, salimos a deberle y debemos agradecerle que no nos expropie ni cierre las fronteras

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Cero y van tres veces que en los últimos cinco años Chávez rompe relaciones con Colombia. Parece que a él se le ha hecho costumbre hacerlo, y a nosotros soportarlo. Pero en esta ocasión Chávez ha 'pelado el cobre': la ruptura es una pura maniobra de distracción.

En efecto, con el hallazgo de tres lanzacohetes AT-4 suecos de propiedad del Ejército venezolano en un campamento de las Farc, el régimen de Chávez ha sido pillado con las manos en la masa. Ahora es absolutamente inocultable que el gobierno venezolano ha dado apoyo militar a las Farc. Este hecho es ratificado por el computador de 'Raúl Reyes,' que registra la entrega de esas armas a las Farc por parte de altos oficiales del Ejército venezolano. Allí 'Iván Márquez' le informa a 'Reyes' que ha recibido dos lanzacohetes y 20 misiles de manos del general venezolano Oliver Alcalá, quien promete entregar aun más. En esto también participa el general Hugo Carvajal. Esas armas han sido utilizadas contra helicópteros y lanchas de vigilancia fluvial de las fuerzas militares de Colombia.

No estamos, pues, ante el caso de unos fusiles o pistolas comprados por las Farc a unos soldados corruptos, cosa que ha ocurrido durante muchos años, incluso antes de Chávez. Ahora la participación de altos oficiales del Ejército y el tipo de armas entregadas involucran al gobierno venezolano. Y así lo confirman tanto su negativa a responder al reclamo que hace dos meses le entregó reservadamente la cancillería colombiana a la venezolana, como la descalificación de la denuncia pública colombiana, la renuencia a realizar una investigación y la elusión de una explicación solicitada por el gobierno sueco.

Ante esta sinsalida, Chávez opta entonces por romper relaciones con Colombia para desviar la atención. Más aun, se muestra hipócritamente indignado por semejante "agresión" y, astutamente, pasa al ataque: si el gobierno colombiano insiste en esas denuncias, expropiará las empresas colombianas radicadas en Venezuela y bloqueará el comercio binacional. Ahora resulta que nosotros, los verdaderamente agredidos por su apoyo al terrorismo, salimos a deberle y tenemos que agradecerle que no nos expropie ni nos cierre las fronteras. ¡Qué cara dura!

Colombia no puede ceder ante este chantaje. Nuestra seguridad nacional está por encima de cualquier otra consideración. Además, porque con la drástica reducción de los recursos fiscales de Venezuela por la caída de los precios del petróleo, con los problemas crónicos de desabastecimiento alimentario y con la inflación disparada, es muy poco probable que Chávez se atreva a cumplir sus amenazas. Las aguas del comercio bilateral seguirán por su cauce natural.

Pero no hay que olvidar que el trasfondo de esta crisis es la renovación del acuerdo de cooperación militar entre Colombia y Estados Unidos. Creo que haciendo públicas las pruebas de las alianzas de funcionarios y de altos oficiales de los Ejércitos de Ecuador y de Venezuela con las Farc, Colombia está advirtiendo que con la ayuda de la tecnología norteamericana en la lucha contra el terrorismo y el narcotráfico, contará con mayor capacidad para descubrir y denunciar esas alianzas. Al mismo tiempo estamos demostrándole al mundo que, con unos gobiernos vecinos tan amistosos con la guerrilla, necesitamos esa mayor capacidad de inteligencia que será aportada por la cooperación norteamericana en algunas bases militares colombianas.

No se trata de vigilar la alianza de Venezuela con Rusia, luego de que este último país rechazó muy diplomáticamente la oferta de Chávez para construir bases militares rusas en su territorio. Para Rusia, Chávez es sólo un cliente más. Ese país no tiene ni la intención ni la capacidad de hacer semejante proyección de fuerza a miles de kilómetros de sus fronteras, hoy tan inestables. Menos ahora con los acercamientos de Obama y Medvédev. Rusia no nos trasnocha.

No se trata, pues, de espiar a los vecinos, sino de vigilar las alianzas del terrorismo y el narcotráfico con los vecinos, sus gobiernos y sus Ejércitos. Esas alianzas afectan la seguridad nacional de Colombia, por eso nuestro país tiene el derecho soberano, y nuestro gobierno, el deber imperioso de neutralizarlas por lo menos haciéndolas públicas y denunciándolas ante la comunidad internacional, dada la nula voluntad de los vecinos para investigarlas, evitarlas y castigarlas.

Podremos dar estas explicaciones en el Consejo Suramericano de Defensa, siempre y cuando previamente Chávez y Correa expliquen los vínculos de sus gobiernos con las Farc; los acuerdos de Venezuela con Rusia, China e Irán, y, de paso, Lula también explique sus acuerdos armamentísticos con Francia, que incluyen, entre otras cosas, la construcción de un submarino de propulsión nuclear.
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