Sábado, 21 de enero de 2017

| 1999/09/06 00:00

CHAVEZ A LA CARTA

CHAVEZ A LA CARTA

Quizás por los problemas que nos acongojan, los colombianos hemos desarrollado una
liviandad cotidiana como una fórmula para escapar del mal. Pero todo tiene su límite. No puede ser que los
medios de comunicación le dediquen más despliegue a un Miss Universo, con enviados especiales, cobertura
de varios días y transmisión en directo de la noche de coronación, que a la Asamblea Constituyente que
acaba de instalarse en Venezuela, que tiene un propósito clarísimo: convertir, por la vía democrática, al
presidente Hugo Chávez en un dictador constitucional.
Semejante bobadita, aquí al lado, cuando según el dicho "si en Caracas estornudan da gripa en Bogotá",
nos ha parecido a los colombianos un asunto de rutina. No nos ha llamado la atención que el fenómeno
Chávez esté haciendo aparecer anticuados toda la politología moderna y los parámetros del derecho
público, ni que esté a punto de conseguir lo que ni Bolívar, su alter ego, logró a pesar de toda su gloria: hacer
una Constitución completamente a su medida.
No sólo se quedó con el control del 85 por ciento de los miembros de la Asamblea Constituyente, sino que su
esposa y su hermano Adán forman parte de ella. (¿Qué tal el escándalo que se armaría en Colombia si a Nohra
y a Juan Carlos se les ocurriera hacerse elegir siquiera en la junta directiva de un club?).
Y sin que aún se haya aprobado un renglón de la nueva Constitución, ya existe una auténtica revolución en
Venezuela: con sus programas de radio y televisión y con su periódico, ha establecido un contacto directo y
permanente con el pueblo, para resolver problemas que van desde una cirugía o la obtención de un empleo,
hasta la de un vestido de matrimonio.
Pero eso no es nada. Ha establecido una nueva casta entre la sociedad: la de los militares deliberantes, que
no sólo forman parte fundamental del nuevo gobierno sino que ahora se dedican a lo que Chávez ha
denominado "el nuevo papel cívico-militar" de su Ejército. Las nuevas Fuerzas Armadas manejan un
presupuesto de 900 millones de dólares para crear medio millón de nuevos empleos por medio de la
construcción de obras públicas. En los colegios el modelo de educación civil comienza a ser reemplazado
por uno militar. Hay 173 militares en puestos claves del gobierno y se dice que su 'sanedrín' lo compone un
grupo de 20 oficiales de su mayor confianza.
En resumen, Venezuela es hoy un país entregado a la militocracia a mando de un presidente militar con
infinito liderazgo, que conjuga la inteligencia y el populismo en todos los verbos posibles. Con dos fallidos
golpes de Estado a sus espaldas ("me rindo, pero por ahora", dijo proféticamente después de que casi logra
tomarse el Palacio de Miraflores), es realmente irónico que Chávez haya escogido el camino democrático
para tomarse el poder, convertirse en el hombre más poderoso de la historia de Venezuela y estar a punto de
encarnar el modelo de dictador constitucional que seguramente surgirá de los seis meses de
deliberaciones de la Asamblea Constituyente. Y sin embargo, ofrecer, por ahora, todas las garantías de la
democracia, entre ellas la libertad de prensa y la libertad de expresión, a pesar de que los medios
venezolanos lo fustigan a diario, y de que incluso la obra de teatro más exitosa de la temporada, La
reconstituyente, es la sátira más violenta contra el hombre que controla todos los hilos del poder.
Y viene entonces la pregunta del millón: frente a este panorama, Colombia, ¿qué? Es ahí donde es asombrosa
nuestra indiferencia. Por un lado, la creciente influencia de Chávez sobre la guerrilla colombiana
_Venezuela, de manera escandalosa, se ha declarado "neutral" frente a nuestro conflicto_ ya hace que Fidel
Castro sea un viejo 'gagá'.
Pero por otro, la inclusión en su modelo de Constitución que le presentó la semana pasada a la Asamblea
Constituyente advierte claramente que Venezuela considera nulos de ahora en adelante los laudos y
tratados que hayan desconocido, lesionado o disminuido su soberanía e integridad terrirorial.
A mí no me extrañó para nada la aparición de dicho artículo en la nueva Constitución venezolana. Era el
cuadro que faltaba para completar las expectativas que Colombia debe tener, o temer, con respecto al
gobernante de nuestro vecino país.
Al fin y al cabo, dos y dos siguen siendo cuatro...

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