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Opinión

  • | 2007/01/13 00:00

    Chávez y la teoría de la interdependencia

    El líder venezolano no es el mandatario ideal, pero expresa a la mayoría excluida. Como dijo Bill Clinton, hoy los destinos de los pueblos están amarrados y no se puede dejar a medio mundo por fuera del desarrollo y, luego, esperar su tolerancia.

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Luego de visitar Venezuela, el periodista John Pilger publicó en mayo pasado en el diario británico The Guardian un reportaje que retrata con acierto de dónde sale la gran popularidad de Hugo Chávez. Contó, por ejemplo, la historia de Marvis Méndez, una viejecita de 95 años que aprendió a leer recientemente y estaba descubriendo las matemáticas. Dice Pilger que ella “ha visto un desfile de gobiernos presidir el robo de miles de millones de dólares del petróleo, muchos de estos girados a Miami, al tiempo que la más vertical caída en la pobreza nunca vista en América Latina: de 18 por ciento en 1980 a 65 por ciento en 1995, tres años antes de la elección de Chávez”.

Doña Marvis le dijo al periodista cómo ve el gobierno chavista: “No importábamos como seres humanos. Vivíamos y moríamos sin educación y sin agua potable, y comida que no podíamos comprar. Cuando nos enfermábamos, los más débiles morían. En el oriente de la ciudad, donde están las mansiones, éramos invisibles, o nos temían. Ahora puedo leer y escribir mi nombre, y mucho más; y sin importar lo que digan los ricos y los medios de comunicación, hemos plantado las semillas de una verdadera democracia, y estoy dichosa de vivir para ser testigo de ello”.

Cuando esta señora dice que “antes no importábamos” o “éramos invisibles”, expresa la profundidad de lo que encarna el fenómeno político de Chávez. Y a quien le he oído explicar mejor esa idea de la exclusión y sus costos es, paradójicamente, a Bill Clinton, cuando vino a Bogotá a dar una conferencia para empresarios. El ex presidente de Estados Unidos presentó su idea de la interdependencia global. Lo que se haga o se deje de hacer en el lado rico del mundo trae consecuencias en el pobre. “No se puede dejar a medio mundo por fuera del crecimiento y del bienestar y esperar que sean tolerantes. Tenemos que incluir a todos. Cada persona cuenta, cada una tiene un papel qué jugar, una responsabilidad”. El costo de no hacerlo, dijo, es un mundo inseguro, lleno de enemigos. Por eso, aseguró, no basta sólo abrir las puertas del comercio, hay que hacer un esfuerzo enorme dentro de cada país y entre países para incluir a todos los excluidos. O, como dijo Chávez esta semana, para construir “una nueva geometría del poder en el mapa”.

América Latina creció en las últimas décadas en forma monstruosa, con unas partes hiperdesarrolladas y otras atrofiadas. Tenemos el deshonroso récord de vivir en subcontinente más desigual del planeta. La modernidad, la sofisticación tecnológica, el refinamiento cultural conviven con la miseria, la ignorancia extrema, la indignidad. La mitad o más de las personas son, como se sentía doña Marvis, “invisibles”, “no cuentan”.

Este desarrollo dispar no es sostenible. O por lo menos no lo es sin pagar costos muy altos. En Colombia la gente ha agarrado el atajo de la ilegalidad y la violencia para “incluirse” a la brava. En Centroamérica los jóvenes hijos de la guerra y nietos de las remesas, crearon las Maras –tristemente, cada vez más utilizadas por bandas mafiosas en su beneficio–. En Río de Janeiro se levantaron los barrios de los excluidos en una mezcla de rabia y criminalidad. La respuesta de las elites latinoamericanas a estas expresiones no suele ser la inversión social masiva, la transferencia de poder y de responsabilidades a las comunidades, sino la mano dura. Quizá porque es la que le representa menor sacrificio a los que gozan los privilegios del crecimiento. No exige reformar el sistema de impuestos para que sea más equitativo, ni castigar duramente el tráfico de influencias que drenan los erarios.

En Venezuela y Bolivia (y probablemente en Ecuador también), el crecimiento injusto terminó estallando de otra manera más política. De ahí salieron Evo y Chávez. Con la ventaja para el mandatario venezolano de que ha tenido la plata con qué hacerle sentir a la gente “invisible” que ahora importa. Con su misión Robinson consiguió que prácticamente cada venezolano supiera leer y escribir, aunque fuera su nombre. Con la Ribas ha multiplicado el acceso a la secundaria, y con la de Madres de Barrio paga el trabajo doméstico de las mujeres más pobres. Pero lo más importante es que el habitante del barrio marginal se cree partícipe de su cambio. Por eso el ex militar de boina roja ha ganado ocho elecciones en ocho años.

En otras palabras, el costo de la desidia de años de los gobernantes miopes y egoístas de Venezuela es Chávez. Es un costo porque, a pasos agigantados, el folklórico líder se está volviendo un dictador. Arrancó su tercer período de gobierno anunciando estatizaciones, cierre de medios opositores, mayor concentración de poder en su puño y otra reforma constitucional para quedarse definitivamente en la Palacio de Miraflores. Y la magnitud de la corrupción y el despilfarro de su gobierno sólo se sabrán cuando mermen las millonadas que hoy le entran por el petróleo.

Chávez no es el mandatario ideal. Es arbitrario y peligrosamente poco tolerante con sus críticos. Su gobierno es poco transparente, no rinde cuentas y a su alrededor se está creando una casta parásita de ex militares, parientes o amigos del régimen, muy parecida a la que se ha visto en las dictaduras de todos lados, desde Stroessner hasta Stalin. Pero Chávez es la expresión legítima de una gran mayoría excluida, que no era considerada ciudadana, ni respetada como seres que podían construir un futuro común con los demás venezolanos. Por eso es tan popular. Puede que los críticos del caudillo venezolano tengan razón, que lo suyo es pura demagogia, y que a la larga, cuando los capitales espantados por el socialismo dejen de invertir y se dispare el desempleo, quienes llevarán la peor parte van a ser los venezolanos más pobres. Pero por ahora, y comparado con lo que han vivido bajo gobiernos anteriores, con Chávez los más pobres van ganando más que nunca antes.





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