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Opinión

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Cientos de personas del norte de Boyacá y Santander le escriben una carta a Manuel
Marulanda, jefe de las Farc, recordándole palabras suyas y de sus lugartenientes: que las Farc no
secuestran. Pero si se la escriben es con motivo de un secuestro cometido hace ocho días por las Farc: el
del viejo médico Humberto Báez, creador y director durante tres décadas del hospital deSoatá. El comandante
'Alonso' del frente 45, que se llevó al doctor Báez después de haberlo citado "para una urgencia" en el vecino
pueblo de Capitanejo, le espetó luego a la familia: "Si lo quieren de vuelta, paguen una contribución
económica". Y cuando la familia alegó en descargo del secuestrado sus 34 años de dedicación a la salud de
todos, guerrilleros incluidos, en esta vasta región del río Chicamocha olvidada hasta por la guerrilla misma,
que sólo hace unos meses se presentó por allá con sus uniformes nuevos para boletear cultivadores de
tabaco, saquear tractomulas y tomar cerveza gratis en las tiendas de la carretera, el comandante 'Alonso'
respondió brutalmente:_ Son 34 años de explotar al pueblo. Así que multipliquen. Vayan contando la plata,
y cállense la jeta.El comandante 'Alonso' iba armado, y la familia no. Como no lo iba tampoco el doctor Báez
cuando lo citaron en Capitanejo y se presentó con su fonendoscopio. Es la ley del fusil. La explicitó hace
unos días Jorge Briceño, el 'Mono Jojoy', jefe militar del grupo guerrillero: sólo los fusiles imponen respeto.Eso
es verdad, sin duda. O, más bien, a esa última verdad cruda hemos llegado en Colombia a fuerza de no
pensar con la cabeza, sino con el fusil. Las monstruosidades cometidas por el 'establecimiento' y sus
gobiernos a punta de fusil han provocado las barbaridades cometidas a punta de fusil por la guerrilla, que a su
vez han generado los horrores cometidos por los paramilitares a punta de fusil. Y la combinación de todo eso
nos ha metido a todos los colombianos en un callejón de sangre del cual no vemos más salida que la que
pueda abrirse a punta de fusil: el mío, el suyo, los nuestros. O incluso los ajenos. Porque son cada vez más
los colombianos que, en su afán insensato pero comprensible de revancha, sueñan con recibir la 'ayuda' de los
fusiles extranjeros.Esa verdad expresada como única por el 'Mono Jojoy', la de que en último término sólo los
fusiles son capaces de imponer respeto, tiene largas raíces. En esta misma región del Chicamocha en
donde las Farc acaban de secuestrar a un médico nacieron hace 50 años dos símbolos siniestros de la
Colombia de hoy, desmoralizada por las armas. En Chulavita, vereda del municipio de Boavita que se
despeña sobre el cañón del río, fue reclutada la policía 'chulavita' con que los gobiernos desencadenaron la
política desnuda del fusil para defenderse del pueblo; y en Boavita misma nació Jorge Briceño, el 'Mono
Jojoy' (¡jo joooy!, gritan, mientras aran con bueyes, los campesinos de la zona), teórico y práctico del fusil
como método para defenderse de los gobiernos. Tal vez no sea una simple coincidencia geográfica esta que
marca la chulavitización de Colombia.Pero los fusiles no sólo sirven para imponer respeto. Imponen, en primer
lugar, miedo. Son los fusiles del miedo, y no los del respeto, los que en su arrogancia cada día más
despectiva están usando las Farc, no ya frente a los gobiernos, sino sobre los colombianos. Tan ciegas ellas
mismas como los gobiernos que combaten, han renunciado a ser respetadas: sólo les interesa ser temidas.
Por eso no se comportan como lo que pretenden ser _un ejército de liberación_ sino como todo lo contrario:
un ejército de ocupación en un país sometido por el miedo. Por eso están ganándose a la gente del hampa,
que colabora con ellas; y a la otra gente le exigen solamente que cuente la plata del rescate, y que se calle
la jeta. Conozco todas las razones de la guerrilla colombiana. Muchas de ellas las entiendo, y algunas las
comparto. Las podría resumir (como lo he hecho muchas veces) en la sola palabra autodefensa: esa misma
autodefensa que se muerde la cola y genera autodefensas contra las autodefensas. Pero cuando veo los
métodos que asume hoy esa guerrilla para imponer sus razones, y los métodos que tales métodos suscitan
en respuesta, me aterrorizo. No sólo por mí, sino por el futuro que le espera a una sociedad _ si así puede
llamarse_ gobernada por la ley del fusil. Y además de terror, siento indignación y asco, tanto en lo físico como
en lo intelectual y en lo moral.Es por indignación y por asco que, ante casos como el del secuestro del
doctor Báez que acabo de contar, me niego a callarme la jeta.
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