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Opinión

  • | 2017/07/12 08:48

    De los baños públicos a las redes sociales

    Por eso, por esa falta de policías o jueces en internet, hay que buscar formas creativas desde la educación y desde el poder que nos acerquen a consensos para la comunicación y el diálogo civilizados que pongan un muro de contención a los vertimientos de la cloaca.

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Uno de los inventos más maravillosos de este siglo ha sido internet porque nos ha vuelto más globales y ha democratizado la información. Se le compara con la invención de la imprenta. Por ella fue posible que floreciera la primavera árabe y que prácticamente no existan barreras para denunciar los atropellos de tiranos como Nicolás Maduro o que por los mensajes que circulan por las redes se pueda ayudar a salvar vidas cuando suceden tragedias como la de Mocoa. Ese es el mundo ideal. Pero también en la red existe el infierno, esa especie de laguna Estigia, el quinto circulo descrito por Dante en la Divina Comedia, llena de rabiosos, ofuscados y resentidos.

Las redes sociales, en su exceso de democracia, han reemplazado los baños públicos que se usaban antes para escribir groserías de los demás, por una cloaca donde se ataca de manera cobarde al que piensa diferente, se acaba con la honra de la gente, se usa como garrote político, se burla de quien se equivoca, y desde donde se amedranta y pierde fuerza el argumento para el diálogo civilizado. Un gran basurero la calificó el periodista Jon Lee Anderson. Desde allí se incita al odio y la violencia desde la trinchera del anonimato de manera impune sin que haya mucho qué hacer diferente a cerrar la cuenta o bloquear al agresor.

En las redes sociales la libertad de expresión está perdiendo sus límites que como sociedad habíamos postulado que no era absoluta. Le caen sin piedad a James Rodríguez, a Mariana Pajón o a Nairo Quintana. Toman venganza contra una profesora de una Universidad de élite o descalifican por qué sí o por qué no al periodista crítico o al amigo del gobierno. Los políticos han encontrado en las plataformas los nuevos campos de batalla para despedazar al rival por medio de aplicaciones que reiteran mensajes negativos o con la creación de ejércitos de cuentas falsas. El “humor negro” y ramplón de los memes le ha robado espacio a la caricatura aguda e inteligente y las cifras se manipulan para desvirtuar la realidad o para acomodar los resultados de las encuestas. El exceso de odio y la intolerancia van a la caza de personas de grupos minoritarios por su orientación sexual, política, religiosa o grupo étnico.

Este no es solo un problema solo de Colombia, pero en nuestro medio las condiciones para la agresión virtual se dan silvestres por la polarización que vive el país. Basta una frase o un comentario de alguien para que se desate la hoguera de las pasiones bajas que en 140 caracteres vuelven a las personas más activas en el mundo digital que en el físico. De manera automática aflora la agresión cuando sienten afinidad con algún debate que en nuestro caso se mueve entre la acusación al otro de ser “enmermelado”, “paraco” o “guerrillero”. Pero además un trino que dé titular se amplifica y desencadena aún más la polarización.

Por eso, por esa falta de policías o jueces en internet, hay que buscar formas creativas desde la educación y desde el poder que nos acerquen a consensos para la comunicación y el diálogo civilizados que pongan un muro de contención a los vertimientos de la cloaca. Una red más aséptica nos puede poner a salva de la advertencia que hizo hace un tiempo el filósofo italiano Humberto Eco: el "drama de Internet es que ha promovido al tonto del pueblo como el portador de la verdad".

* Rector Universidad Autónoma del Caribe

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