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Opinión

  • | 2007/04/07 00:00

    Ciencia y espiritualidad

    A propósito de la Semana Santa, Diego Arias se pregunta en qué anda hoy el diálogo entre la ciencia y la espiritualidad

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En la Génesis del universo hubo reacciones nucleares que condujeron a la formación de elementos básicos, en la proporción justa, para que la vida orgánica, la nuestra, fuera posible. Un desarrollo distinto, de otra manera, habría dado origen a un mundo lleno de solo radiación. Podría alegarse que el suceso de la creación fue un evento meramente casual (vaya casualidad¡), pero nuevos desarrollos científicos nos colocan ante la inquietante posibilidad de que la existencia sea un hecho causal, con significado y propósito, en medio de un universo en que parecen regir el caos y la destrucción, pero también la creación y la armonía; todo lo cual hace posible que la vida sea manifestada, expresada.

Las tradiciones más antiguas, las de oriente y clásicas como la griega, buscaron y hallaron explicaciones a la condición humana. Lo hicieron a un mismo tiempo desde la ciencia matemática y astronómica pero igual desde las artes, la filosofía y la religión. Con increíble precisión y coherencia, desde ya hace más de 7.000 años la humanidad conoció que la existencia se compone de eventos, fuerzas, sucesos, tanto de la materia como de la energía, que se entretejen en una red de relaciones causales, con un propósito, infinitas e interdependientes.

Estos postulados tan básicos y esenciales han tenido hoy de parte de la ciencia moderna y especializada una confirmación fundamental. El físico David Bohrn, pionero de las investigaciones sobre el mundo quántico (partículas subatómicas) postuló que “hemos invertido el concepto clásico usual de que partes elementales e independientes del mundo pueda ser la realidad fundamental. Más bien decimos que la partes que en el funciona relativamente independiente son solo formas definidas y contenidas por el conjunto mediante la interrelación quántica que rige el universo”.

Antes que hubiese desarrollos en la física subatómica y se formulara la teoría general de la relatividad por Einstein, teníamos solo el modelo matemático de Newton para explicar el mundo. El modelo se apoyaba en nociones básicas como que el espacio era absoluto, inmutable y en permanente reposo. El tiempo era igualmente absoluto. Corría de manera lineal y previsible, junto a los sucesos, en segundos, minutos, horas y años. Pero cuando se estudia el nivel interior del átomo, los bloques de construcción más básicos de la realidad (quántums, quarks, etc) todos esos supuestos que explican la realidad a gran escala (la que vemos) dejan de ser válidos, pierden aplicación, cesan o colapsan. Las cosas no son el últimas como las vemos o parecen.

Lo que se conoce de la física quántica, que aun no es todo (tal vez poco) hace cada vez más plausible que encontremos una explicación comprensible de quiénes somos, por qué estamos aquí, los interrogantes sobre la existencia, la conciencia, el pensamiento, la creación material, el propósito de todo y, por qué no, el asunto de Dios y sus misterios. Durante siglos, con el advenimiento del modelo mecánico que Newton propuso para explicar el mundo y el enfoque que filósofos como Descartes propusieron colocando los fundamentos de la dicotomía materia-espíritu, se estableció también un ámbito separado para la ciencia y otro para la religión. Desde entonces, cada uno ha asumido su camino propio para intentar resolver el misterio de la existencia. Los diálogos entre ciencia y espiritualidad han sido apenas meros tanteos de una exploración posible. Pero los terrenos de la física quántica son hoy, sin duda, el lugar más favorecido para profundizar dicho encuentro.

Las implicaciones de todo esto no son solo filosofías o religiosas: son también prácticas y funcionales. Si como se ha constatado, el mundo quántico es un estado a un mismo tiempo virtual y material que contiene todo el potencial desde el cual emergen los acontecimientos y la realidad física –y lo hace solo por una participación de la conciencia– estaríamos entonces ante la posibilidad cierta de que un cambio de la conciencia, tanto individual como colectiva, pueda llegar a transformar el mundo. La física quántica nos dice que, esencialmente, todo en el universo es información y energía. Pero sin la participación de la conciencia todo ello seria mera información, datos sin posibilidad de organizarse para ser expresados creativamente.
Siempre nos hemos preguntado por que el mundo es como es: dividido, violento y trágico, en el que las guerras, hambrunas y discriminaciones han determinado históricamente el curso de lo que llamamos civilización. La física cuántica nos dice que sin un observador, sin una participación consciente la realidad no puede ser manifestada. ¿Será entonces que el mundo de hoy es el fiel reflejo de la conciencia colectiva de la experiencia humana? ¿Una proyección en relación directa con lo que hoy somos, con nuestra estructura y nivel de conciencia y evolución que nos hemos permitido?

Si la conciencia cambia el mundo reflejará también ese cambio, esa transformación. Esta no es una declaración ya solamente religiosa o espiritual. Es la base del nuevo conocimiento al que hemos llegado gracias a la física quántica. Allí hoy se encuentran ciencia y espiritualidad. Y si decimos que todo esta relacionado con todo, que hay una realidad única más allá del bien y el mal, la luz y la oscuridad, la creación y la destrucción –de la que somos parte– podríamos convenir entonces en que solo en nuestras propias manos, en ejercicio pleno de nuestro libre albedrío está la posibilidad de bajar el cielo a la tierra y darle sentido concreto a la redención que prometió el Mesías. Aun nos preguntamos: ¿por qué y para qué estamos aquí? Tal vez estamos aquí solo para hacer posible una experiencia material de la conciencia –breve en medio de lo eterno– pero sagrada, amorosa, pacifica y profundamente humana.
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