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Opinión

  • | 2010/08/24 00:00

    Cierre usted la herida

    Nuestro recorrido por Montes de María nos obliga a preguntarnos por la fragilidad de lo avanzado. El gobierno de Santos tiene el desafío de cerrar la herida de una vez por todas.

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La región de Montes de María fue considerada “zona roja”. Sus pobladores vivieron las crueles consecuencias del conflicto armado. El control guerrillero, los enfrentamientos de la fuerza pública con los insurgentes de las FARC y posteriormente, la arremetida paramilitar, significó una pesadilla para la población civil.

La carretera se cerraba cuando llegaba la noche, y pueblos como San Juan Nepomuceno, San Jacinto, El Carmen de Bolívar y Ovejas, quedaban aislados del resto del mundo, sumidos en la desolación de la guerra. Los transportadores de la zona cuentan sus encuentros con grupos de hombres y mujeres armados y calzados con botas. Aparecían en medio de la carretera, los detenían, hacían bajar a los pasajeros y de vez en cuando se quedaban con alguno que tuviera un apellido “prestigioso”. Las pescas milagrosas y las quemas de mulas cargadas estaban a la orden del día.

Los campesinos cuentan que en ocasiones veían el helicóptero disparando desde lo alto. La guerrilla y el Ejército se enfrentaban en una guerra que nació fracasada. Como todas las guerras. Todas sin glorias.

Más tarde llegaron los grupos paramilitares. Los enfrentamientos eran más complejos y se exacerbó la presión sobre los civiles. La Seguridad Democrática coincidió con los efectos de la arremetida paramilitar. Sangre corrió por los Montes de María. Un grupo armado llegaba a una casa de El Salado y pedía alimentos, el dueño de la casa corría a servirles como podía. Se llevaban un bastimento y alguna gallina. Luego otro grupo armado le hacía pagar al campesino acusándole de colaborar al enemigo.

Aún, hoy, pueblos enteros parecen recorridos solo por fantasmas. El desplazamiento dejó un camino de dolor y miedo que no le da suficientes garantías a la gente para que retorne. Allá dejaron sus tierras, su plantación y sus recuerdos de toda la vida, para ir a una ciudad en la que le pondrán un rótulo que reza “desplazados”.

Masacres como la de Chengue, El Salado y Macayepo, aún reposan en la memoria de la región. Amenazas, reclutamiento de menores, extorsiones, torturas, detenciones arbitrarias, violaciones a niñas y mujeres, todo se vivió en la región de Montes de María.
Muchos, como ocurre en el resto del país, agradecen a Uribe. La carretera se ha abierto y la gente puede viajar en sus carros particulares. La máxima perturbación es que se cierre el paso por algún paro de los estudiantes de El Carmen de Bolívar o por las inundaciones en Sincerín y Gambote. Sin embargo, la gente no olvida. La memoria colectiva del miedo merodea en la zona y se confronta con el rostro de los militares que hacen un retén en El Bongo. Tensos, con esa misma expresión de que seguimos en guerra.

Martín Caballero cayó. Juancho Dique y Mancuso están en prisión. De Cadena no se volvió a saber nada. ¿Dónde está el enemigo? ¿Existe aún? Nuestro recorrido por Montes de María nos obliga a preguntarnos por la fragilidad de lo avanzado. La política de seguridad del anterior gobierno pudo haber sido como una compresa sobre una hemorragia. El gobierno de Santos tiene el desafío de cerrar la herida de una vez por todas. Tal vez en ese momento los que viven del negocio de la guerra tendrán que jubilarse y los desplazados podrán regresar a la maravillosa tierra de los Montes de María.
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