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Opinión

  • | 2017/05/04 09:28

    Cimitarra sostenible

    El caso de Cimitarra es solo uno entre cientos de los experimentos que transitar hacia modos de vida más sostenibles deberá emprender Colombia en los próximos años

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Paradójico territorio de la cuenca del río Carare, que nace en Boyacá y no del río Cimitarra, que baja por la orilla opuesta del Magdalena hasta Cantagallo, este municipio santandereano posee un área similar a la de todo el Atlántico, pero con una densidad poblacional sustancialmente menor: entre 14 y 16 hab/km2, seguramente producto de su juventud pues celebró en días pasados 50 años de vida municipal. En una búsqueda rápida en la web es difícil encontrar información de calidad o un buen mapa de un territorio clave en la historia del poblamiento reciente y del conflicto social y ambiental colombiano: predominantemente selvático, fue colonizado y deforestado casi en su totalidad en la segunda mitad del siglo 20 para construir ganaderías que hoy dominan el paisaje (y la política), combinadas con cultivos de palma, caucho, cacao y guanábana entre otros productos agropecuarios. La erosión, el régimen climático ecuatorial y las historias de uso del suelo combinadas con los planes de construcción de una eventual represa en el alto Carare constituyen hoy día fuentes de preocupación o de oportunidad para la construcción de un territorio sostenible, de acuerdo con las manifestaciones de los participantes del “Primer foro de biodiversidad de Cimitarra” organizado por el Colegio Integral del Carare hace apenas unas semanas, para quienes la educación progresa, pero no las perspectivas de trabajo en la región.

Después del Sogamoso y el Cauca, el Carare y el Suárez son los ríos que mayor carga de sedimentos aportan al Magdalena y las noticias de ampliación de minería de carbón con ferrocarril renovado y de esmeraldas cuenca arriba, o la construcción de una hidroeléctrica contrastan con la las propuestas de la Asociación de Trabajadores Campesinos del Carare, que sobrevive tras 28 años de trabajo en la región y haber recibido el Premio Nobel de Paz Alternativo en 1990. Hoy, Cimitarra está lista para convertirse en un territorio innovador si aprovecha su resiliencia y, sin perder la memoria, invierte la tendencia degradativa de sus recursos, la pérdida de fertilidad de sus suelos, el incremento de los riesgos climáticos, la disponibilidad de agua de calidad, su patrimonio biogenético. Es decir, si su perspectiva de desarrollo se basa en la restauración dirigida, la recuperación de una parte de sus selvas en forma de sistemas productivos alternativos y proveedores de servicios ecosistémicos especialmente bajo la forma de métodos silvopastoriles y de bosques de paz, una apuesta que puede estar enmarcada perfectamente en la agenda de economía verde que empezará a regir en Colombia cada vez con mayor vigor. Al frente, entre Yondó y Cantagallo, la antigua Zona de Reserva Campesina ya cuenta con un plan de desarrollo sostenible con un horizonte para el año 2022 y una propuesta de conservación de la Serranía de San Lucas muy promisoria.

El caso de Cimitarra es solo uno entre cientos de los experimentos que transitar hacia modos de vida más sostenibles deberá emprender Colombia en los próximos años, algunos en manos de los actores del postacuerdo, algunos en las de fuerzas más convencionales, algunos incluso en las de quienes insisten en negar la llegada del antropoceno con su cambio climático, pero también con sus nuevas perspectivas de equidad de género, de democracia digital, de conciencia de biodiversidad. Para los centenares de jóvenes del Colegio Integrado, las cosas son promisorias: tienen maestros comprometidos, saben que su futuro aún está en sus manos y que este depende del manejo ambiental de su territorio. Amanecerá y veremos.

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