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Opinión

  • | 2003/11/10 00:00

    Cirugía mayor

    El escenario es demasiado amargo para que no me tilden de alarmista, pero es demasiado probable para seguir aplazando el timonazo

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Uribe fue elegido para ganarle la guerra a la guerrilla, y esa es la gran prioridad de su gobierno. Pero la crisis financiera que se viene hará imposible lograr ese objetivo, y por eso hace falta cambiar harto más que la cara del Ministro.

Digo que la crisis viene, porque el Plan B con que salió el gobierno apenas le da largas a la quiebra. Digo que la quiebra impedirá ganar la guerra, porque esta guerra cuesta y se demora. Y digo que faltan cosas, porque falta un sacudón fiscal de envergadura.

La prueba de que el gobierno anda pensando en aplazar la quiebra es la famosa congelación de gastos y salarios que el referendo impondría por dos años. Si pensara en ir al fondo del asunto, habría propuesto cambiar lo del salario "vital y móvil" y otras finezas que plantea la Carta y usa la Corte para impedir que el gobierno corte el gasto.

Y el proyecto de reforma tributaria tan sólo es un refrito de borradores pensados para tapar huecos y adoptados para curar sustos a lo largo de estos años. Por ahora se trata de levantar 2,8 billones anuales en impuestos misceláneos. En la reforma de hace 11 meses se trataba de conseguir 2,6 billones. Con la emergencia de hace 15 meses se buscaban dos billones. Y todo sin contar las seis reformas tapahuecos de Samper y Pastrana.

Colombia lleva pues 10 años tratando de apagar a baldados el incendio. El resultado neto es deprimente: el déficit fiscal se mantiene cerca de 3 por ciento del PIB; y sobre todo, el déficit sería 27 por ciento si el gobierno no hubiera echado mano al viejo truco de endeudarse. La deuda pública saltó de 28 a 52 por ciento del PIB en siete años y por eso, de cada cinco pesos que recibe en impuestos, el pobre Estado colombiano debe gastar cuatro en atender la deuda.

Así que Colombia va hacia un default y lo que falta por saber es cuándo. Con una dedicación ejemplar y una indudable competencia técnica, cada equipo económico se esfuerza por estirar la cuerda un poco más -dos años, unos meses- en la esperanza de que algún factor "exógeno" o "endógeno" vuelva a ponernos en la buena senda.

Pero esos esfuerzos ortodoxos y bienintencionados no arreglan el problema porque en realidad son parte del problema, parte del mecanismo de la "trampa financiera" donde Colombia quedó atrapada.

Esa trampa consiste en que uno no alcanza a pagar sus deudas y entonces aparente que sí puede pagarlas para que no le cobren todas de una. Aparentar significa enviar las señas correctas es decir, hacer el ajuste o apretón que garantice el pago de la deuda por un tiempo más; pero el mismo apretón implica frenar la economía o sea perder capacidad de pago en el futuro. El corto plazo derrota así al largo plazo, y el delicado y admirable oficio de nuestros magos es vivir de aplazar el largo plazo.

Cuando se está en la trampa financiera, uno depende del humor de los inversionistas. Los gobiernos, por miopía o por angustia, no atinan sino a cuidar el humor de los inversionistas, así con ello dañen la economía y agudicen los conflictos sociales. Es el espejo obvio de Argentina, Ecuador o Bolivia, en efecto, de todo el vecindario, con la excepción de Chile porque es serio, y de México y Brasil a medias porque su quiebra sería demasiado grave para USA.

Colombia tiene el añadido, el enorme añadido de la guerra. Penuria o no penuria, hemos tenido que duplicar el gasto militar en esta década y aún no hemos pasado a la ofensiva: atacar la guerrilla en sus refugios podría costar el doble de dinero -sin mencionar el fin del Plan Colombia, ni contar los gastos extramilitares-.

¿Colombia hecha Argentina y con una guerrilla desbordada? El escenario es demasiado amargo para que no me tilden de alarmista, pero es demasiado probable para seguir aplazando el timonazo.

Escapar de la trampa financiera implicaría un ahorro suficiente para hacer descender el peso de la deuda. Este ahorro no se logra con alzas regresivas en el IVA. Se logra con un revolcón fiscal, que incluya cosas como la flexibilización de salarios oficiales, el ajuste automático del presupuesto al tamaño del PIB, la reliquidación individual de las pensiones, el alza draconiana del catastro para los municipios a cambio de bajar las transferencias, el arancel a las importaciones, el golpe a la evasión (hoy 34 por ciento) o el alza del impuesto a la renta (que en los países de la Oecd genera 65 por ciento del ingreso fiscal y en Colombia no llega a 35 por ciento).

Y es que los ricos de un país en guerra deben asumir el costo de la guerra. ¿Será que Sabas apunta a lo contrario?
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