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Opinión

  • | 2015/07/10 10:26

    “Ciudades de papel”, Jake Schreier, 2015

    Una película para jóvenes cuando se vuelven adultos hecha también para adultos cuando se vuelven jóvenes.

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El primer amor es ese que por lo general no es muy correspondido, que se alimenta del ímpetu juvenil, de la inocencia de la vida, de creer en la ilusión y de vivir la fantasía, de tal forma que para cuando se rompa todo ese mundo, es decir, se pase a ser adulto, el proceso y la transición misma han dejado muchas vivencias y con ello se abren nuevos horizontes. La vida continúa con la fuerza del joven adulto, refleja la vida de quienes tienen esos años, recuerda la vida de quienes ya no tienen esos años pero que también experimentaron situaciones similares.

Ese parece ser el sentido del guión que parte de la novela homónima escrita por John Green y dirigida por Jake Schreier en su segundo largometraje, narración de la cual la película extrae momentos muy especiales, ya sea en algunos diálogos tan sencillos como profundos sobre la concepción de la vida en ese tránsito de joven a mayor, como también en lo cotidiano de la vida estudiantil, de saber dibujar esos momentos aparentemente triviales que componen el transcurrir de los días y que, como toda buena comedia, está llena de gags, de enredos y de burlescos que matizan el lado dramático de la vida y del mundo actual, del buscarse a sí mismo y no hallarse.

Todo esto a través de una larga secuencia hacia los comienzos de la película que define la estructura del relato mismo, que vincula a los dos protagonistas y que está hecha para fascinar al público juvenil para el cual se dirige principalmente y que la fábrica de sueños permite e hipnotiza. Es la fantasía de poder realizar una venganza por parte de una jovencita despechada, que es engañada por su novio con su mejor amiga y que los otros amigos también lo saben pero no dicen nada.

La aventura de una noche de travesura y enojo, de osadía y decepción, de rompimiento y amargura, contado todo ello con mucha diversión, a través de unas imágenes muy bien logradas en las que se filtra más que rencor, mucho de desencanto y escepticismo, como también de volver a comenzar y de retomar las preguntas del sentido de la vida y la existencia, esas que se abandonan tan rápidamente en esta sociedad de consumo y de patrones establecidos férreamente.

Una producción con buenos recursos y filmada con grandes medios técnicos, los cuales por lo general suelen estar ausentes o bastante reducidos cuando se trata de una comedia de jóvenes, sólo destinada a retratarlos en diferentes momentos de su acontecer diario. Otro mérito de la película y del guión es que se encuentra completamente alejada de cintas tipo “Porkys” y similares, con las que se asocia este tipo de films juveniles y que el cine comercial saturó con estas comedias simplistas, a su vez que de manera muy reductiva simplificó todo el mundo juvenil a sólo la búsqueda de sexo y primeras incursiones al respecto. Hay mucho más en el mundo de los jóvenes y esta cinta lo demuestra muy en detalle.

Un poco de peripecias, de aventuras y diabluras, hasta con algo de road movie con diversos romances, con toques de misterio y suspenso, es decir, varios ingredientes que entregan un buen producto, y en especial con ese trasfondo relacionado con el encuentro consigo mismo, que tras la apariencia de una comedia rosa presenta diversas variantes, una de ellas el final mismo, que no es trágico ni fatal, tampoco feliz y complaciente, simplemente muy acorde con el relato, con los temas tratados y con el deseo de una vida más íntegra, más plena, sin tanto estereotipo y superficialidad.

Una película, aparentemente, hecha sólo para jóvenes, que conlleva esa ficción, pues también está hecha para adultos que quieran revivir aquel período, que quieran volver a buscar el sentido de la vida, porque lo esencial de la existencia que aparece en aquellos años, se puede olvidar o extraviar por el sendero y es bueno volver a retomar todo ello. Nunca es tarde. La película también invita pues es más que un rato de entretención.
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