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Opinión

  • | 2017/04/27 14:47

    Ciudad silvestre

    Ciudades híbridas con ciudadanías tan incluyentes como la misma extensión de su biodiversidad.

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A casi 100 años de la municipalización de Barrancabermeja, recordamos cómo las selvas y las ciénagas del Magdalena tórrido se convirtieron en ciudad petrolera, derriba de montaña para criar ganado, puerto industrial del Río Grande, fuente de poblamiento y centro de expansión de una colonización que aún perdura. Con una economía de enclave la ciudad desarrolló una población y una cultura concentradas en la lógica del negocio petrolero, que dotó de un modo de vida a toda una región del país que busca evolucionar hacia una forma administrativa propia. Esto ha impulsado a repensar el territorio con otra perspectiva: más pronto que tarde el petróleo deberá dar paso a una nueva identidad, discusión que se aviva ante la expansión de la agroindustria y la ganadería, la memoria de la guerra, el renacimiento de los modos de vida anfibios, la selva que apareció llena de oro.

Eventos todos muy recientes pero vertiginosos que han constituido una ciudad atípica, un nuevo epicentro urbano cuya huella ecológica está tan fresca que aún la recorren los jaguares de noche en los predios de la Unipaz, la nadan de día los manatíes cuando los esquiadores no desbaratan la quietud de la ciénaga de San Silvestre, contaminada pero capaz de ofrecer bocachicos a una población hambrienta que no cría reses y se resiste a las lógicas de la desecación. Una paradoja ecuatorial, tal vez más cercana a Iquitos o Manaos, una ciudad selvática aún que se precipita al mismo colapso ambiental que todas si no reinterpreta sus lógicas pluviales, anfibias, forestales, llenas de conflictos que ojalá transiten hacia la construcción de una nueva identidad social y ecológica.

Cada ciudad colombiana enfrenta un reto equivalente al de Barrancabermeja, una decisión que hoy pasa por su Plan de Ordenamiento Territorial pero no se agota con este. Según la interpretación de la lógica con que se piensan urbanas en medio de la biodiversidad transformada por siglos de ocupación humana, nunca neutral ni desinteresada, cada ciudad debe decidir si se construye como un tablero de ajedrez con estancos de vida silvestre separados por cercados, la menos natural de las naturalezas, la más simulada, la más engañosa, o como un entramado de hábitats humanos y no humanos donde seamos capaces de replantear nuestra capacidad de convivir, no solo de visitar el mundo para luego seguir en nuestros asuntos. Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla, Bucaramanga enfrentan hoy, como muchas otras, decisiones de fondo acerca de la creación de áreas silvestres dentro de sus territorios. Las implicaciones de la escala, muy diferentes a las que nos llevaron a crear Parques Nacionales deberán incidir en su cualidad: las nociones de manejo clásicas de la biología de la conservación enfrentan otros sentidos ante la complejidad de los territorios construidos, los cuales proveen atributos tecnológicos a los corredores ecológicos, a la conectividad de los paisajes o a la noción de integridad, utilizadas en medio de imaginarios mutuamente excluyentes, a menudo arquetípicos y que solo son viables según quien controle las fuerzas de seguridad, prueba suprema de la insostenibilidad de nuestras civilizaciones.

Qué tan cerca deseamos y podemos tener a los jaguares, los manatíes, las tinguas o los venados no depende tanto de las cualidades biológicas de los territorios urbanos, interpretadas y reinterpretadas hasta la saciedad por la lucha de poderes, sino de la voluntad de construir ciudades en las que seamos capaces de convivir con ellas cotidianamente. Ciudades híbridas con ciudadanías tan incluyentes como la misma extensión de su biodiversidad.

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